«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

jueves, 23 de abril de 2015

El discurso unitarista en el partido y el Estado; Equipo de Bitácora (M-L), 2013


«He aquí otra de las características fundamentales de las organizaciones bajo la estela del «socialismo del siglo XXI» en donde caen y recaen en errores básicos; resulta absurdo que una organización multiclasista pretenda abanderar el proceso al socialismo negando la lucha de clases y negando la necesidad de una unidad ideológica marxista-leninista,  pero muchas de estas organizaciones así lo piensan también para el conjunto de la sociedad. Es más para disipar cualquier duda tanto en la militancia más combativa como en los burgueses de dentro de la organización, para dejar de facto claro su proyecto «nacional y progresista»; se acude a la unidad como la quinta esencia del proceso, citemos un ejemplo de este esperpento del que hablamos:

«La victoria de Chávez, que es la de la mayoría, nuestra victoria le conviene a los dueños de las grandes empresas privadas, a la gran burguesía». (...) La clase media alta debería votar por Chávez porque somos garantía de tranquilidad familiar». (Hugo Chávez; Declaraciones, 7 de octubre del 2012)

Este supuesto «descubrimiento» se llega a declarar como una superación del marxismo-leninismo, y se niega las experiencias históricas del socialismo científico:

«El socialismo bolivariano nosotros tenemos que construirlo en el marco de la constitución bolivariana, nosotros no tenemos previsto la eliminación de la propiedad privada, ni la grande ni la pequeña. (...) El socialismo del siglo XXI es la democracia, nosotros no estamos hablando de la dictadura del proletariado, eso fue hace 100 años y miren en lo que terminó la Unión Soviética, ahí no hubo socialismo ni hubo nada». (Hugo Chávez; Entrevista realizada al candidato Hugo Chávez por los periodistas Vanessa Davies, Vanessa Sánchez y Ernesto Villegas, 4 de octubre del 2012)

Sólo un iluso, un antimarxista como Mao Zedong, o estos ideólogos neo-revisionistas, podrían plantear un Estado socialista en alianza con la burguesía nacional:

«¿El poder político puede ser compartido en pie de igualdad por «varias clases revolucionarias», si una de estas clases tiene en poder los medios de producción y de reproducción de su existencia cuando estos medios les faltan a las clases que producen la riqueza, la clase obrera y el campesinado trabajador en este caso? Los marxistas sólo pueden responder a esta pregunta negativamente». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007) 

Vincent Gouysse declararía algo bastante obvio sobre la sociedad revisionista-burguesa china, que es igualmente aplicable hoy para las sociedades revisionistas-burguesas del «socialismo del siglo XXI»:

«La concepción marxista de la sociedad humana nos enseña que la base económica material de la sociedad determina la superestructura ideológica, jurídica y política. No se puede apartar del ejercicio de poder político por mucho tiempo a una clase social que tiene el poder económico y desempeña un rol social mayor». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

Este discurso de proponer un Estado en el que exista la unión de las masas trabajadoras con la burguesía nacional, y de respeto a la constitución burguesa que legitima la propiedad privada y por tanto la explotación burguesa, no presenta ninguna doctrina política nueva, es el nuevo reformismo adaptado a nuestro tiempo. Lo único que «descubre» al partido estas tesis es la posibilidad de que extrañamente aniden revolucionarios y contrarrevolucionarios, explotadores y explotados en un mismo entorno, tanto en el Estado como en el partido, y de lo único real que persuade entre los revolucionarios del partido es el hecho de que este partido jamás les llevará al socialismo sino a un esquema social prostituido en donde prima la paz entre clases antagónicas: ellos creen que pueden permitir que en su sociedad convivan todas las clases sociales y llamarla socialista, aunque siga existiendo explotadores y explotados y sus contradicciones, aunque siga existiendo la perpetuación de la propiedad privada y continúe la alianza de estos partidos reformistas con las clases explotadoras. Resulta obvio que este  esquema de sociedad no es el socialismo que teorizaron Marx y Engels y pusieron en práctica Lenin y Stalin. Como venimos insistiendo, esto supone una evidencia clara de negación de la lucha de clases, entre explotadores y explotados intentando conciliar a los dos bandos antagónicos:

«Entre otras cuestiones, en las posiciones sobre el significado y la aplicación de la teoría de la lucha de clases se distinguen los marxistas-leninistas de los revisionistas. Los marxistas-leninistas consideran la lucha de clases como la principal fuerza motriz en la sociedad de clases y libran a través de métodos radicalmente revolucionarios bajo la base del carácter irreconciliable de esta lucha, una pugna contra los enemigos de clase, su política e ideología. Los revisionistas a diferencia de ellos, siguen la política de conciliación con los enemigos de clase internos y externos, una política de extinción de lucha de clases, no sólo en los casos en los que la niegan abiertamente, sino también en los casos en que aceptan esta lucha con palabras, formalmente». (Nexhmije Hoxha; Algunas cuestiones fundamentales de la política revolucionaria del Partido del Trabajo de Albania sobre el desarrollo de la lucha de clases, 27 de junio de 1977)

He aquí que surge la necesidad de preguntar. ¿Cuál es el socialismo que se pretende o supone construir bajo esas características? ¿Podrá brotar el verdadero socialismo de una condicionalidad teórico-práctica tan errática? Evidentemente que no: esto nos queda más claro además cuando vemos además que bajo esta condicionalidad se pide a los militantes que hagan su crítica al partido pero sin que ésta rompa con esa «unidad» que el partido establece entre clases explotadoras y clases explotadas, en tanto que dicha crítica no ponga en tela de juicio la democracia burguesa y su legalidad que se ampara en la constitución burguesa de dicho país.

Para empezar, hay que decir, que la unidad de una organización marxista-leninista, nace de la cohesión de sus miembros respecto a su ideología. Los bolcheviques, como marxistas revolucionarios que eran, se distanciaron tempranamente de los reformistas mencheviques que no veían necesario exigirles a los miembros de su partido y a los candidatos una afinidad ideológica clara:

«Para establecer y consolidar el partido, significa que debemos establecer y consolidar la unidad entre todos los socialdemócratas rusos [así se llamaban los marxistas revolucionarios, hasta que tras la Primera Guerra Mundial se autodenominaron comunistas, para diferenciarse de la socialdemocracia de la II Internacional - Anotación de Bitácora (M-L)], y, por las razones indicadas anteriormente, esa unidad no se decreta, no puede llevarse a cabo por ejemplo mediante una reunión de representantes que se comprometen a firmar, sino que debe de ser algo trabajado. En primer lugar, es necesario trabajar por la unidad ideológica sólida que debe sin más dilación eliminar la discordancia y la confusión, que –seamos francos– reina entre los socialdemócratas rusos en la actualidad». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Declaración del Consejo de Redacción de Iskra, 1900)

Entonces esta exigencia no es una aspiración que nace porque nosotros seamos simples tozudos, sino porque responde a la necesidad histórica que tiene cada país de reunir en su organizar a los elementos conscientes más avanzados de la clase obrera, y por tanto a que dominen teóricamente el marxismo para poder así, acceder y conseguir los futuros objetivos fijados dentro de la organización revolucionaria comunista. Y este tipo de organizaciones trabajan por lograr la unidad ideológica entre sus miembros desde un inicio.

Cuando Lenin planteaba la discusión para fijar su programa político jamás lo hizo con la idea de unir bajo él y su partido a todas las corrientes reinantes, sino para pulir y demarcar las líneas divisorias entre marxismo por un lado, y revisionismo y reformismo, por el otro. El deseo que nace en una persona o grupo de querer alzar la bandera de la dichosa «unión» con elementos con los que se tiene contradicciones irreconciliables, sólo corresponde a un deseo oportunistas que intenta aglutinar en su seno a aduladores; lo que finalmente, y hablando aquí del caso concreto de un partido, crearía una camarilla. También, podría ocurrir que otros acepten formalmente su programa –o exigencias mínimas–, pero que no se verificara si dicho militante lo cumple, lo que crearía una organización de masas abierto a cualquier elemento dando lugar a mayores contradicciones. En ambos casos expresados de desarrollo oportunista de un partido, la organización debido a su eclecticismo nadará en un mar de contradicciones donde sus miembros no se pondrán de acuerdo tanto en objetivos cercanos como la toma del poder –por la existencia de diferentes órdenes táctico-estratégico para ejecutar la acción, por diferencias en la concepción de las fuerzas motrices o aliados–, como en los objetivos lejanos como la implantación del socialismo –por haber diferentes concepciones de «socialismo» o supuestos medios para llegar a este–. Lo mismo que estamos diciendo para el partido, podría decirse para cualquier tipo de coordinación que pretenda realizarse: de tales intentos saldrían las mismas consecuencias a causa de su eclecticismo ideológico. Volvamos a Lenin:

«Como hemos dicho, la unidad ideológica de los socialdemócratas rusos está aún por crear, y para ello es, en nuestra opinión, necesario tener una discusión abierta y global de las cuestiones fundamentales de principios y tácticas planteadas por los «economistas», bernsteinianos y «críticos» de hoy en día. Antes de que podamos unir, y con el fin de que podamos unirnos, debemos en primer lugar, trazar líneas firmes y definidas de demarcación. De lo contrario, nuestra unidad será puramente ficticia, la cual  ocultará la confusión reinante, por ello es necesario aglutinarnos para su eliminación radical. Es comprensible, por tanto, que no tenemos la intención de hacer nuestra publicación un mero almacén de diversos puntos de vista. Por el contrario, vamos a llevar a cabo esta labor en el espíritu de la tendencia estrictamente definida anteriormente. Esta tendencia puede  ser expresada por la palabra marxismo, y no hace falta añadir que defendemos el desarrollo coherente de las ideas de Marx y Engels y enfáticamente rechazamos las equivocadas, imprecisas, y oportunistas «correcciones» que Eduard Bernstein, Peter Struve, y muchos otros han puesto de moda». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Declaración del Consejo de Redacción de Iskra, 1900)

Por ello recordamos con este breve escrito que:

«¡La unidad es una gran cosa y una gran consigna! Pero la clase obrera necesita la unidad de los marxistas y no la unidad de los marxistas con los enemigos y los falseadores del marxismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Unidad, 1914)

La unidad entre los miembros de un partido comunista solo será factible pues, en base a una unión ideológica centrada en el marxismo-leninismo y en la lucha para defender su perversión contra distorsionadores de todo pelaje:

«La experiencia muestra que solo sobre la base de una lucha sin piedad contra el oportunismo y revisionismo de toda huella es posible preservar, fortalecer y continuar temblando la unidad marxista-leninista. Desde esta concepción, los «argumentos» de aquellos que quieren sofocar y extinguir la lucha contra el oportunismo y el revisionismo bajo el pretexto de «evitar polémicas» y preservar la «unidad» carecen de fundamento; de hecho, son centristas, antimarxistas y estafadores. El Partido del Trabajo de Albania y los demás partidos marxista-leninistas hermanos rechazan firmemente tales intentos. Ellos han librado y están librando una lucha de principios sin compromisos contra todos aquellos que han traicionado el marxismo-leninismo y dividen así la unidad revolucionaria, sean soviéticos, yugoslavos, italianos, franceses, españoles, chinos u otros». (Agim Popa; Los partidos marxista-leninistas; la fuerza motriz del movimiento revolucionario actual, 1978)

Cuando uno no se adhiere uno a los principios marxista-leninistas más básicos y elementales como estos que acabamos de ver, se incurre en los planteamiento incorrectos de este tipo sobre el concepto de lo que debe ser la unidad; un pensamiento sin visión marxista-leninista, sin una visión de clase proletaria, que ha dado lugar a que casi cualquier organización haya podido declararse bajo las ideas del «marxismo-leninismo» y se «abrace» como «camarada de partido» a cualquiera que se diga «marxista-leninista», aún cuando estos distintos individuos responden entre sí a una lógica teórico-práctica de distintos ideales burgueses y pequeño burgueses. Un modelo organizativo bajo una corrupción ideológica a cual se ha sumado el «socialismo del siglo XXI» para crear su concepto de unidad.

Como organizaciones que hemos dicho que en la práctica y a veces incluso en la teoría niegan la necesidad del centralismo democrático y la unidad ideológica, es común ver como en los partidos del «socialismo del siglo XXI» se desarrolla un régimen de partido en que no hay ninguna necesidad de probar a sus miembros para afiliarse, donde puede entrar y salir quién lo desee sin muchas trabas, por lo que reinan un montón de tendencias ideológicas dentro del partido. A consecuencia de este liberalismo, vemos una lucha entre fracciones y facciones dentro del partido; y muchas veces, como en otros casos de partidos revisionistas y reformistas envueltos en tales reglamentos, continuas escisiones y la pronta o tardía disolución del partido [1].

Resulta de extrema necesidad comprender el porqué los partidos revisionistas no actúan bajo las normas de partido marxista-leninistas si se dicen revolucionarios, porque prefieren los métodos reformistas de organización, esto es sencillo: ya que los partidos reformistas sólo aspiran a las «reformas sociales», en consecuencia no necesitan de las normas marxista-leninistas puesto que no pretenden la consecución de tareas tan colosales e importantes para el proletariado como la revolución proletaria y la dictadura del proletariado:

«Pero de aquí se desprende que la existencia de fracciones es incompatible con la unidad del partido y con su férrea disciplina. No creo que sea necesario demostrar que la existencia de fracciones lleva a la existencia de diversos organismos centrales y que la existencia de diversas organismos centrales significa la ausencia de un organismo central común en el partido, el quebrantamiento de la unidad de voluntad, el debilitamiento y la descomposición de la disciplina, el debilitamiento y la descomposición de la dictadura. Naturalmente, los partidos de la II Internacional, que combaten la dictadura del proletariado y no quieren llevar a los proletarios a la conquista del poder, pueden permitirse un liberalismo como la libertad de fracciones, porque no necesitan, en absoluto, una disciplina de hierro. Pero los partidos de la Komintern, que organizan su labor partiendo de las tareas de conquistar y fortalecer la dictadura del proletariado, no pueden admitir ni el «liberalismo» ni la libertad de fracciones». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Fundamentos del leninismo, 1924)

Recapitulemos porque los conceptos de partido y unidad de los «socialistas del siglo XXI» son absolutamente distintos a los que los bolcheviques establecieron como partido; ellos entendían la organización del partido:

«Que se ha propuesto dirigir al proletariado en lucha debe representar no una aglomeración casual de individuos, sino una organización monolítica y centralizada, a fin de que se pueda dirigir su trabajo de acuerdo con un plan único». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; La clase de los proletarios y el partido de los proletarios, 1905)

Previamente abordamos lo referente al reclutamiento y la importancia de la composición social; ahora aproximémonos un poco a las cualidades personales, Lenin decía:

«Nuestra tarea es cuidar de la firmeza, la disciplina y la pureza de nuestro partido. Debemos esforzarnos para elevar más y más el título y la importancia del miembro del partido». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Informe al IIº Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, 1903)

¿Es permisible reclutar a todo simpatizante en el partido? Como ya hemos visto anteriormente ni mucho menos:

«Hasta hoy nuestro partido se parecía a una hospitalaria familia patriarcal dispuesta a admitir a todos sus simpatizantes. Pero después que nuestro partido se ha transformado en una organización centralizada, se ha despojado de su carácter patriarcal, tomando por entero el aspecto de una fortaleza, cuyas puertas únicamente se abren para los dignos». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; La clase de los proletarios y el partido de los proletarios, 1905)

Veamos otro ejemplo en el marxista-leninista húngaro Mátyás Rákosi:

«Existe el peligro creciente de que las organizaciones de partido y la disciplina crezcan más débiles, que el nivel ideológico se deteriore como resultado del rápido crecimiento de las filas del partido. Grandes números no son siempre un signo de gran fuerza. La historia del movimiento obrero húngaro es muy instructiva al respecto. (...) El camarada Stalin ya señaló lo peligroso de convertir al partido en una dispersa, amorfa, formación que se pierde en un mar de simpatizantes y borra la línea de demarcación entre el partido y la clase y desvía la tarea del partido de levantar a las masas desorganizadas al nivel de un destacamento de vanguardia. (...) Hace cuarenta años Lenin advirtió en contra de ser «dispersos», en contra de extender ampliamente el título de miembro del partido, en contra la idea de desorganizar de confundir a la clase con el partido». (Mátyás Rákosi; El partido: La vanguardia, 1948)

Como dijimos, la máxima disciplina férrea de los partidos marxista-leninistas no excluye el debate, repasemos con los documentos del marxista-leninista español Pedro Checa:

«La disciplina más férrea, en nuestro partido, no excluye la diversidad de opiniones ni la crítica de la actividad de los órganos dirigentes del partido. Por el contrario, en el cuadro de las organizaciones del partido, en la célula, en la conferencia, en el congreso, todo militante tiene el derecho –y aún el deber– de criticar, de aportar sus sugestiones, sus iniciativas, sus propuestas. En el partido existe libertad de discusión sobre todas las cuestiones, aun las más importantes, en tanto no se tome una decisión. Una vez terminada la exposición de opiniones encontradas, liquidada la crítica y adoptada, una resolución, la minoría debe subordinarse a la mayoría y la unidad de voluntad y de acción incondicional de todos los miembros del partido debe regir toda la actividad de éste». (Pedro Checa; Que es el partido comunista, 1937)

En cuanto al tema de la unidad, y su relación con los fraccionalismos internos, expliquemos que es una fracción y porqué un partido comunista no puede permitir tal fracción:

«Nuestro partido, en interés de la revolución, no puede convertirse en esos conglomerados monstruosos de tendencias, de grupos y opiniones que caracteriza a los partidos socialdemócratas, que muchas veces paraliza su acción. Al abigarrado mosaico ideológico, político y táctico, peculiar a la socialdemocracia, nuestro partido opone su cohesión monolítica, su construcción en un solo bloque, basado en la disciplina de fondo y no de forma; opone su lucha consecuente contra las ideologías extrañas al marxismo-leninismo, contra las fracciones y las tendencias fraccionales.  ¿Qué es una fracción? Una fracción es un grupo que se organiza o funciona al margen de las normas establecidas en los estatutos del partido –célula, radio, asamblea, conferencia, etc.– a base de una plataforma propia y de una disciplina interior. Claro que las fracciones no nacen como tales ya hechas. Se crean a través de los grupos, los núcleos de militantes amigos, las tertulias, etc., que a través de coincidencias en la crítica o en la lucha contra determinados camaradas u organismos del partido, van tomando forma y desarrollo.  La primera manifestación de fraccionalismo en el partido debe ser combatida con toda energía, y la unidad y la cohesión de nuestros efectivos, la confianza mutua completa entre los miembros del partido –que no excluye la vigilancia política consecuente– y un trabajo verdaderamente colectivo que exprese realmente la unidad de la voluntad de la vanguardia proletaria, debe presidir toda nuestra actividad». (Pedro Checa; Que es el partido comunista, 1937)

Veamos una aclaración, sobre la lucha de clases en el partido referido a la cuestión de la posible creación de fracciones y la línea política del partido comunista:

«Esta experiencia de la lucha contra los enemigos y su actividad traidora en el seno del Partido demuestra que, objetivamente, hay un gran y permanente peligro de creación de tendencias fraccionalistas y líneas oposicionistas antimarxistas en las filas del partido de la clase obrera. Al mismo tiempo, demuestra que el surgimiento y la cristalización de estas tendencias y líneas no son inevitables. Pueden ser frenados en su camino y preservarse y fortalecerse la unidad. (...) Por lo tanto, la lucha de clases en el seno del partido marxista-leninista no puede ser caracterizada como una lucha entre líneas opuestas, y menos aún puede considerarse a esta «lucha de líneas» como un fenómeno objetivo. La lucha de clases en el seno del Partido es, en verdad, un fenómeno objetivo, como la lucha de clases en general, pero no es necesariamente una lucha entre dos líneas opuestas. La experiencia de la lucha en el seno del Partido del Trabajo de Albania confirma esto muy bien: esta lucha siempre ha sido emprendida en defensa, aplicación y enriquecimiento, en el calor de la acción revolucionaria, de una única línea marxista-leninista, y no ha sido una lucha entre dos líneas. No se debe confundir la lucha entre los dos caminos con la lucha entre dos líneas. La lucha entre el camino socialista y el camino capitalista de desarrollo, que incluye la lucha entre la ideología proletaria y la ideología revisionista, es una ley objetiva, mientras que la lucha entre líneas políticas opuestas es un fenómeno subjetivo, que surge y se desarrolla sólo en ciertas condiciones, cuando el Partido permite que se creen tendencias fraccionalistas y líneas antimarxistas en su seno. Estas tendencias y líneas revisionistas oposicionistas, por lo general, logran cristalizar cuando el partido de la clase obrera no emprende una correcta, resuelta y consecuente lucha de clase en sus filas, en todo momento». (Ndreçi Plasari; La lucha de clases en el seno del partido: Una garantía de que el partido seguirá siendo siempre un partido revolucionario de la clase obrera, 1978)

A diferencia de todas estas normas marxista-leninistas de partido, estamos cansados de ver como generalmente en las organizaciones del «socialismo del siglo XXI», para ellos no es necesario hacer una selección demasiado exhaustiva para admitir a nuevos miembros y como practican la técnica socialdemócrata de «puertas abiertas» para admitir a nuevos miembros en el partido. Tampoco le dan importancia alguna a la necesaria cohesión ideológica. Ni ven urgente purgar a quienes conforman fracciones dentro de la organización, siempre que estos no cuestionen el orden existente ni intenten juzgar o retirar del poder a la dirigencia traidora.

¿Qué decir a los militantes de estas organizaciones que han visto y sufrido en sus carnes como muchos presuntos revolucionarios se han integrado en un X partido como buenos arribistas para hacer carrera y sacar provecho del carnet de partido, y de su integración?:

«Todo esto muestra que junto con los miembros honestos y fieles que constituyen la gran mayoría de las bases del partido, hay unos elementos accidentales de carácter desmoralizador y arribista que se han infiltrado en el partido para fines puramente personales y egoístas. Esta gente crea una atmósfera malsana, debilita la disciplina y extiende el virus de la desintegración. Esto conduce a organizaciones «enfermas», rasgadas por riñas internas entre grupos diferentes que compiten por posiciones. Tales cosas no pueden ser toleradas en un partido comunista –la vanguardia de los trabajadores–. Por esta razón de peso deben ser tomadas rápidamente medidas drásticas para purgar el partido de todo los elementos ajenos, accidentales, desmoralizadores y arribistas. En mayo de 1948, el Politburó del Comité Central decidió suspender la inscripción de nuevos miembros de partido hasta el final del año en curso. La XVIº sesión del Pleno del Comité Central del partido celebrada en junio de 1948, confirmó esta decisión y decidió proponer al presente congreso la introducción de socios de candidato y medidas para la regulación de la composición social del partido. Este también decretó purgar al partido de elementos remotos y accidentales». (Georgi Dimitrov; Informe en el Vº Partido Obrero (comunista) Búlgaro, 18 de diciembre de 1948)

Es sabido, que de estos elementos se aprovechan precisamente los que estimulan el liberalismo en el partido, los que no ven necesidad de cohesión ideológica, centralismo democrático, etc. ya que usan a estos vacilantes y oportunistas elementos para auparse a la cima del partido.

Con el desarrollo de estos dos fenómenos y bajo el «amplio» paraguas de la unidad, la organización multiclasista termina desarrollando una unidad ecléctica en cuanto a los fundamentos teóricos, así, naciendo esta doctrina precisamente en Latinoamérica afloran una serie de argumentos programáticos inspirados en el idealismo filosófico judeocristiano que los ideólogos y demás actores del «socialismo del siglo XXI» pretenden y presentan como socialistas.

Todos estos fenómenos, muy sabidos entre los partidos comunistas que han caído en el revisionismo, entrañan una consecuencia incontrovertible, la perdida de la autoridad de la vanguardia en dichas organizaciones, lo quisieran o no y lo acepten o no; y es bajo ese hecho que se ha de entender la aparición de robustos movimientos de retaguardia que en algunos casos han asaltado con éxito el poder político sin mejor solución para las masas.

Estos movimientos de «retaguardia» nacen bajo la coyuntura generada por la política del unitarismo dentro de las tesis de «izquierda» que incorpora a las filas a la pequeña burguesía y a la burguesía que se desarrollan hasta conquistar el poder de estas organizaciones, en este saco podríamos meter a los propios partidos del «socialismo del siglo XXI». Cuando eso ocurre, las masas obreras, los militantes, ya no se ven representados por el partido comunista que debía de ser de vanguardia y en consecuencia de clase, este hecho concreto los empuja a nuevas formas organizativas que permitan alcanzar respuestas a sus inmediatos problemas; digamos que resultan de la búsqueda de alternativas, estos han cobrado tal importancia que como ya hemos expresado, en algunos casos incluso se desarrollaron hasta alcanzar el poder del Estado, es el caso del Movimiento al Socialismo en Bolivia. Hay que añadir, que el ascenso de estos movimientos que cogieron el rebufo de la apatía de los militantes de los viejos partidos comunistas. Este «nuevo esquema político» hizo que los viejos partidos comunistas revisionista –jruschovistas, maoístas, eurocomunistas y similares– ahora sostengan las tesis de los partidos «socialismo del siglo XXI» en el poder, ¡incluso declaran que los programas del «socialismo del siglo XXI» son de gran parecido a lo que ellos llevaban proclamando décadas!

Todo esto que venimos exponiendo rompe con la lógica organizativa del marxismo-leninismo, con el añadido real y comprensivo de que a estas organizaciones no se les puede exigir, o de ellas no se puede esperar que actúen como vanguardia: primero porque sencillamente sus integrantes han estado bajo la influencia del revisionismo y de la cultura capitalista, y segundo, directamente sus miembros desconocen las leyes del desarrollo histórico. Al mismo tiempo ocurre otro fenómeno, la organización de «vanguardia», bajo la lógica del unitarismo descrito, actúa incorporando a estos movimientos o a sus dirigentes mediante la concesión de cargos con el objeto de asimilarlos para sus propósitos, lo que ha dado lugar a otra deformación de las tesis del socialismo, y es que estas organizaciones al ser absorbidas por las organizaciones políticas, incorporan a sujetos en todos los niveles del partido y que al carecer de una justificación político-ideológica del socialismo han terminado entendiéndolo desde la cultura existente, incluida la religión dominante, lo que trajo consigo el nacimiento y fortalecimiento del neo-socialismo cristiano.

Pero los seguidores del «socialismo del siglo XXI», como hemos visto, no han cumplido con las expectativas de un partido comunista y han especulado continuamente con el discurso unitarista entre explotadores y explotados: sobre todo se ha creado la idea de que la revolución social acaba con la liberación del imperialismo y la ampliación de ciertos derechos cívicos y ciertas mejoras laborales, por tanto llaman a la reforma del sistema recogido y establecen que el único enemigo del proceso por tanto es el imperialismo y la sección de la burguesía que se postra ante él, dejando de lado entonces, cualquier referencia marxista a la democracia proletaria y la dictadura del proletariado y a lo que supone la existencia de la burguesía nacional y la contradicción que crea entre el trabajo y el capital. Por tanto, como otros procesos revisionistas ya vistos, sobre todo en Asia y África, estos partidos que hablan de «socialismo» se quedan estancados en las tareas antiimperialistas, antimonopolios y antifeudales –las cuales como veremos en siguientes capítulos ni si quiera han resueltos–. Creen que con tener cierta libertad respecto al imperialismo –en parte uniéndose a otros imperialismos–, con rescatar el 51% de una empresa privada –que no elimina la usurpación de la plusvalía por la clase burguesa–, creando la empresa mixta o realizar una reforma agraria que reduzca, pero no elimine, el latifundio; ya están en el supuesto socialismo, su dichoso «socialismo», como diría irónicamente Enver Hoxha sólo quedaría colocar a la puerta el cartel: «país socialista».

Y en el caso concreto del Frente Sandinista de Liberación Nacional, el discurso unitarista ha llegado a unos puntos de traición a los intereses de la clase obrera, y del resto de clases trabajadoras, sólo equiparable al cometido por el revisionismo eurocomunista de Santiago Carrillo. En este caso, además de lo antes descrito, hemos visto como se ha desarrollado un supuesto discurso de «paz y reconciliación nacional» que se ha encaminada a tejer alianzas con la Contrarrevolución Nicaragüense –ahora denominados en su propaganda «Resistencia Nicaragüense»–, e incluso se ha llegado a dar reconocimiento legal como demuestra la Ley Nº 796, 13 de junio del 2012 a la lucha de este grupo de mercenarios –así catalogados por la Corte Internacional de Justicia o Tribunal Internacional de Justicia en el caso Irán-Contras– que actuaban bajo los intereses y directrices del imperialismo estadounidense. En tanto, podemos afirmar que la dirigencia del Frente Sandinista de Liberación Nacional legitimó mediante ley la lucha de la extensión armada de la Guardia Nacional Somocista, y en consecuencia ha dado legitimidad a la intervención imperialista y todo lo que significó. La ley expresa:

«Artículo 1: Día Nacional de la Resistencia Nicaragüense. Se declara el 27 de Junio de cada año, «Día de la Resistencia Nicaragüense, la Paz, la Unidad, la Libertad y Reconciliación Nacional», en reconocimiento a los hombres y mujeres que participaron en la guerra que se llevó a cabo desde mil novecientos ochenta al 27 de junio de mil novecientos noventa, fecha en que se hizo efectiva la desmovilización en la ciudad de San Pedro de Lóvago, capital de la Paz, y que optaron por la construcción de una sociedad en armonía». (Ley Nº 796, 13 de junio del 2012)

El día dedicado a la contrarrevolución nicaragüense por fuerza de ley es el 27 de junio:

«Artículo 2: Promoción. Las diferentes autoridades de gobierno, fuerzas y sectores de la sociedad nicaragüense, las organizaciones de los ex combatientes de guerra de la Resistencia Nicaragüense y Resistencia Indígena Nicaragüense -YATAMA, promoverán la conmemoración del 27 de Junio de cada año, con el objeto de preservar y desarrollar una conciencia generacional de los valores de unidad y reconciliación nacional que permita el fomento y desarrollo de una cultura de paz y tolerancia entre los nicaragüenses.» (Ley Nº 796, 13 de junio del 2012)

¿Qué significado tiene tal día y tal mes para el sandinismo? En ese mes se conmemora el nacimiento del comandante en jefe Carlos Fonseca Amador, la gesta heroica de la insurrección nacional contra la dictadura somocista, el día del maestro, el día del padre, el asesinato de Bill Stewart, la masacre del Chaparral donde fue herido el comandante en jefe Carlos Fonseca Amador, mes en que también se produce la fundación del Frente Sandinista de Liberación Nacional, la toma de Raiti del 23 de Junio de 1963 donde Silvio Mayorga —fundador del FSLN— resulta herido, mes en el que cayó Jorge Navarro, Francisco Buitrago, Iván Sánchez, Boanerge Santamaría, Modesto Duarte y Faustino Ruiz; también en este mes se conmemora el asalto al Banco Nacional por la escuadra Igor Úbeda. También, el 27 de Junio, William Díaz Romero, Gabriel Cardenal y otros compañeros sandinistas fueron sacados de la cárcel de la Loma de Tiscapa para ser ultimados. El 19 de junio de 1987 más de dos compañías formadas por «cachorros de Sandino» –eran los soldados que cumplían con el servicio militar obligatorio a la edad de 16 años– del Batallón de Lucha Irregular Ramón Raudales fueron totalmente desarticuladas, los heridos fueron ultimados. No podemos menospreciar el hecho de que los «cachorros» no cuentan con un día conmemorativo en el calendario a diferencia de los contrarrevolucionarios.

Pero vayamos más allá, debido a que tal procedimiento puede ser entendido por alguno de los lectores como una incorporación al tejido social de la contrarrevolución, que en cualquier caso no justifica que se reconozca sus luchas contrarrevolucionarias, y que por lo demás no se trata de casos aislados; veamos algunos ejemplos para comprender la extensión de esta política de unidad con los sectores más reaccionarios:

1) Pedro Joaquín Chamorro Cardenal: Se trató de un dirigente oligárquico-burgués opositor al régimen somocista; el eje fundamental de sus ideas era la eliminación de Somoza pero dando continuidad al somocismo, manteniendo intacto el sistema de explotación del mismo. En la actualidad elevado a la categoría de héroe nacional por el gobierno sandinista.

Se lee:

«Evocando (…) Al Mártir de la Libertades Públicas, Doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal». (Constitución política de la República de Nicaragua; Preámbulo, 1987)

Pero veamos que significó el sujeto en cuestión desde el punto de vista de la lucha nicaragüense en contra del somocismo:

«Citemos el caso de la invasión que estuvo bajo el control de la camarilla derechista de la oposición y que tenía como figura principal a Pedro Joaquín Chamorro. Vemos claramente que esa fuerza fue derrotada, aunque no presentaron un programa revolucionario y más bien contaba con el respaldo de las fuerzas proyanquis del interior y del exterior del país». (Carlos Fonseca Amador; Volviendo a Carlos Fonseca Amador: «La Lucha por la Transformación de Nicaragua», 1960)

Y luego:

«Las fallas organizativas no logró superarlas la UNO, y así ocurrió en junio de 1959 la invasión llamada de Olama y Los Mollejones, encabezada por Pedro Joaquín Chamorro, Luis Cardenal y Reynaldo Téfel. La lucha armada en Nicaragua requiere inusitados sacrificios que solamente se pueden soportar siendo dueños los combatientes de una alta moral, nacida del profundo interés en el derrocamiento de la tiranía, la transformación de la miserable y horrorosa vida que flagela a nuestros amados compatriotas. Tales elementos no podían darse en las personas mencionadas, ligadas a las fuerzas económicas que han compartido en considerable proporción con la dictadura la explotación del pueblo». (Carlos Fonseca Amador; Volviendo a Carlos Fonseca Amador: «Breve análisis de la lucha popular nicaragüense contra la dictadura de Somoza», 1960)
Luego manifiesta:

«Hoy que Johnson se atreve a hundir más su hocico en Nicaragua y toda Centroamérica, el sector capitalista de la oposición encabezado por los políticos conservadores, Pedro Joaquín Chamorro y Fernando Agüero, le dirige súplicas serviles. Ahora vemos con mayor claridad que Somoza, Chamorro y Agüero son zorros del mismo piñal capitalista y neocolonial. A su vez los falsos revolucionarios que hojean los libros revolucionarios sin realizar las acciones correspondientes, forman parte de la recua cómplice de la tragedia que sufre la nación». (Carlos Fonseca Amador; Volviendo a Carlos Fonseca Amador «Yanqui Johnson: Go Home», 5 de julio de 1968)

2) Cardenal Miguel Obando y Bravo: Incluido por el actual gobierno liderado por Daniel Ortega Saavedra en la constitución política, lo que deja ver que no hay separación iglesia-Estado. Profundamente anticomunista; dirigió la iglesia que fungió de aliada del somocismo. Tras el triunfo de la Revolución Popular Sandinista organizó un encuentro en Venezuela cuyo propósito era impedir el asenso al poder de las fuerzas entendidas como revolucionarias, promocionó activamente a las fuerzas políticas burguesas como nuevos dirigentes del país. Se sabe que durante la organización y desarrollo de la contrarrevolución jugó un papel relevante en la captación de ayuda financiera y logística para tales criminales. Durante los procesos electorales tomó partido por las fuerzas antisandinista, empleando el púlpito, y su influencia en el pueblo nicaragüense derivado de la tradicionalidad cristiana, como tribuna política interfiriendo en los procesos electorales a favor de su candidato. En la actualidad es una de las figuras recurrentes y omnipresentes en los eventos políticos del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

La constitución expresa:

«Evocando (…) Al Cardenal de la Paz y la Reconciliación, Cardenal Miguel Obando y Bravo». (Constitución política de la República de Nicaragua; Preámbulo, 1987)

3) Edén Pastora –comandante cero–: Fue un conocido comandante sandinista de ideología socialdemócrata, participó en la lucha de liberación y en el triunfo de la revolución, formó parte de la estructura del recién formado Ejército Popular Sandinista. Finalmente se separa del Frente Sandinista de Liberación Nacional y forma una guerrilla contrarrevolucionaria, el ARDE –Alianza  Revolucionaria Democrática–, que contó con la financiación del Departamento de Estado y la CIA estadounidense. Actuaba en la parte sur de Nicaragua, infiltrándose desde Costa Rica, en donde proclamó por un breve período la República Libre de San Juan del Norte. Y aunque este ha insistido que era parte de una estrategia del ejército, lo cierto es que su actividad armada supuso el asesinato y desplazamiento de miles de campesinos; además de un intento de eliminación física del sujeto por un comando afín FSLN. En la actualidad ha sido incorporado a la estructura del Estado nicaragüense para dirigir el dragado del Rio San Juan de Nicaragua.

Podríamos continuar, pero estos tres casos son muy explícitos, y nos permiten hacernos una idea del punto de inflexión que ha alcanzado el Frente Sandinista de Liberación Nacional en su degeneración progresiva trasladada, en este caso, a su discurso y praxis unitaria en el partido y el Estado.

Esta odas a la «reconciliación nacional, no tienen una sola diferencia con los lemas demagógicos de «superar las viejas rencillas nacionales», de «no remover el pasado» o de «construir una España de todos», proclamados por Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri; todos ellos recogidos en el programa de su «reconciliación nacional» de 1953. Esta «reconciliación nacional» sería oficializada un año después y a posteriori sería la punta de lanza del revisionismo eurocomunista durante la llamada «transición española» de 1978 que:

1) Legitimaría  el régimen de democracia parlamentaria burguesa y capitalismo, como «mejor expresión posible de libertad y democracia»,

2) dejaba impune los crímenes del franquismo-falangismo, cometidos durante la guerra civil y la dictadura fascista, para «no crear tensiones innecesarias»,

3) abogaba por un entendimiento de todas las fuerzas «democráticas», de derecha e izquierda para crear una cultura española que hiciera posible el no desencadenamiento de una próxima guerra civil.

Veamos brevemente unas frases:

«España se encuentra ante una coyuntura en la que si las fuerzas de derecha y de izquierda tienen en cuenta la dura y terrible lección de la guerra y de la etapa fascista, es posible poner fin a un largo período histórico de pronunciamientos, guerras civiles e intervenciones extranjeras, e inaugurar una nueva era de paz civil. La reconciliación nacional de los españoles es una posibilidad real y una necesidad impostergable». (Partido Comunista de España; Por la reconciliación nacional, por una solución democrática y pacífica del problema español, 1956)

Santiago Carrillo diría:

«Los que defendimos sinceramente, en un campo u otro [de la guerra civil de 1936-1939], una causa que creíamos justa, somos capaces, cuarenta años después, de respetarnos, de estimarnos como hombres y de cooperar para hacer una España libre y pacífica, sin vencedores ni vencidos». (Partido Comunista de España; Mundo Obrero, 27 de enero de 1977)

¿Se imaginan a Lenin hablando como si fuera una «eventualidad» la lucha del ejército blanco zarista contra el ejército rojo bolchevique en 1922? ¿Se imaginan a Iósif Stalin hablando como Ronald Reagan de que los nazis alemanes luchaban simplemente en la Berlín de 1945 por la patria? ¿Se imaginan a Enver Hoxha llamando a la conciliación con los ballistas en 1944 y calificando de «causa justa» su lucha conjunta con los ejércitos alemanes? Pero no hablemos sólo se guerras y revoluciones victoriosas para los comunistas. ¿En serio alguien se podría imaginar al heroico Nikos Zachariadis hablando de que «ahora es posible la reconciliación» con el bando monarca-fascista cuando llegó la democracia burguesa en Grecia? ¿El señor Santiago Carrillo acaso pretendía vendernos que era perfectamente defendible haber apoyando el «bando nacional» y la «causa» franquista-falangista como hicieron la gran burguesía, los terratenientes, la jerarquía católica en 1936: como pensaban en la Alemania hitleriana, el Portugal salazarista y la Italia mussoliniana? ¿Por qué el señor Carrillo olvida el análisis de clase a la hora de hablar de la guerra civil, sus bandos, y a quién representaban, si se decía por entonces marxista? ¿Nadie de los carrillistas se dieron cuenta que tanto a los zaristas rusos, ballistas albaneses, los franco-falangistas españoles como los monarco-fascistas griegos eran apoyados y financiados exteriormente por la reacción internacional de cada época? ¿Cómo se atreve a igualar ambos bandos y ambas causas? ¿Acaso es mentira que sigue existiendo, después de años de su amada democracia burguesa, el bando de los «vencidos» como reflejan los miles de cuerpos sin identidad sepultados en las cunetas de todo el territorio español?

Así pedía el voto el revisionista Partido Comunista de España en las elecciones parlamentarias burguesas de 1977, que además daba legitimidad al nuevo régimen burgués preconcebido por los viejos franquistas:

«Al emerger a la luz pública, en la legalidad proclama: no más guerras civiles, ni revanchas, ni violencias. Reconciliación nacional, democracia para todos. El paso pacífico de la dictadura a la libertad ha de ser obra de todos los españoles de voluntad democrática y conciencia patriótica. Que las futuras cortes sean constituyentes para que la soberanía popular sea la que establezca las leyes que garanticen los derechos y deberes cívicos y las normas institucionales». (Partido Comunista de España; Mundo Obrero, 8 de junio de 1977)

Esto estaba bastante lejos, de las concepciones marxista-leninistas de José Díaz sobre lo que suponían las clases explotadoras que luego apoyarían al General Franco durante la guerra civil:

«¿Qué España representan ellos? Sobre este asunto, hay que hacer claridad. (...) No es posible que continúen engañando a estas masas, utilizando la bandera del patriotismo, los que prostituyen a nuestro país, los que condenan al hambre al pueblo, los que someten al yugo de la opresión al noventa por ciento de la población, los que dominan por el terror. ¿Patriotas ellos? ¡No! Las masas populares, vosotros, obreros y antifascistas en general, sois los patriotas, los que queréis a vuestro país libre de parásitos y opresores; pero los que os explotan no, ni son españoles, ni son defensores de los intereses del país, ni tienen derecho a vivir en la España de la cultura y del trabajo». (José Díaz; La España revolucionaria; Discurso pronunciado en el Salón Guerrero, de Madrid, 9 de febrero de 1936)

Por lo tanto, como decía José Díaz, los comunistas desean ver a su país libre de parásitos y explotadores, mientras los reformistas meten a los explotados y explotadores en el mismo saco de «patriotas» y permiten que continué la explotación del hombre por el hombre en el capitalismo, sea bajo la democracia burguesa o bajo la abierta dictadura terrorista del fascismo.

Enver Hoxha describiría así el nacimiento de estas deformaciones ideológicas del revisionismo carrillista y su oficialización dentro del revisionismo español:

«En 1954 se llevó a cabo el Vº Congreso del Partido Comunista de España. En este congreso afloraron los primeros elementos del espíritu pacifista y de reconciliación de clases de lo que constituiría poco más tarde la plataforma del revisionismo español y que encontraría su perfecta expresión en la obra ultrarevisionista y traidora de Carrillo. Adoptando la vía jruschovista de transición pacífica al socialismo, el Comité Central del Partido Comunista de España, en junio de 1956, con motivo del vigésimo aniversario de la guerra civil hizo público un documento, en el cual estaba formulada la política de «reconciliación nacional». El Partido Comunista de España se pronunciaba por un acuerdo entre las fuerzas que 20 años atrás habían combatido en formaciones opuestas». (Enver Hoxha; Eurocomunismo es anticomunismo, 1980)

A estas alturas, no nos hace falta explicar ni nos vamos a parar a explicar que supuso para la lucha de clases en España la introducción de teorías reformistas de Santiago Carrillo de este tipo. Estos puntos, como somos testigos, de unión con los viejos bandos opuestos de la guerra civil, que representaban a las clases explotadoras, antagónicas y reaccionarias, son profundamente idealistas, carece de cualquier análisis marxista, por ello en el caso nicaragüense actual como en el caso español en su día, pretender que ahora bajo el marco de una democracia burguesa, la contradicción antagónica con el viejo bando de la guerra civil y sus clases sociales desaparecen son meras ideas pacifistas y reformistas que nada tienen en común con el marxismo. A modo de lección universal, y en base a los resultados de la colaboración de clase propuesta por el revisionismo en nombre del marxismo, ideas que recuperan los neo-revisionistas del «socialistas del siglo XXI»; debemos recordar que la colaboración de clases significa: disipar cualquier línea entre clases sociales, borrar el concepto de partido proletario, y borrar la definición marxista de Estado, en tanto se pretende negar la dominación de una clase sobre otra y general la idea del idealista término medio que tanto les gusta proclamar.

Por lo ya expresado podemos concluir que esa «unidad» general, entre clases antagónicas que se da dentro de una organización dentro del «socialismo del siglo XXI» que dice ser y debería ser de clase proletaria, se encamina únicamente a crear las condiciones para que el capitalismo tenga continuidad. Estas puede ser resumidas en:

1) Negación de la lucha de clases tanto dentro del partido como dentro de tal Estado: esto conduce a la práctica de la integración de clases antagónicas, explotadores y explotados, dentro de la misma organización que «pretende la construcción del socialismo», este socialismo –que no es tal– nunca lesionará los intereses de la burguesía que ejerce en la dirigencia. Recordemos que con esta práctica muchos elementos burgueses y pequeños burgueses, incluso la mayor parte de ellos, tienen puestos y cargos estratégicos en la propia dirigencia.

2) Formulaciones económicas que pretenden la «integración del capitalismo en el socialismo»; en tanto dan eterna validez a la «ley del valor», al «máximo beneficio», a la «anarquía en la producción»; esto se resume en la continuación de las relaciones de producción capitalistas. Así mismo, se desarrollan formulaciones que impiden que el Estado se salgan de la democracia burguesa y por tanto del dominio de la dictadura de la burguesía: para ello se estimulará el rito al respeto a la «constitución socialista» burguesa y al multipartidismo de la democracia burguesa.

3) El «eclecticismo teórico» de su ideología, donde en su intento de formular una nueva doctrina recogen cualquier revisionismo y cualquier corriente antimarxista que justifique su acción». (Equipo de Bitácora (M-L)El revisionismo del «socialismo del siglo XXI», 2013)

Notas

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