«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

domingo, 2 de noviembre de 2014

Lecciones de la guerra del pueblo español (1936-1939); José Díaz, 1940

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Este breve texto, escrito en 1940, tan solo un año después del fin de la guerra civil española, recoge las impresiones del Secretariado General del Partido Comunista de España, José Díaz, del porqué se perdió la guerra ante el bando fascista.

La obra analiza las lecciones a extraer para los comunistas españoles y para cualquier comunista del mundo de este glorioso periodo de lucha, pero como se dice en el título, sólo se analiza de 1936 a 1939, es decir, los años en que se sucedieron la contienda del alzamiento fascista en 1936, la resistencia del pueblo español, y su derrota en 1939, por lo que si el lector buscar un análisis más profundo de la política antifascista del Partido Comunista de España, deberá revisar otras obras anteriores de José Díaz ya publicadas: como su informe en el VIIº Congreso de la Komintern: «Las luchas del proletariado español y las tareas del Partido Comunista de España» de 1935 ó «El alcance del triunfo popular del 16 de febrero» de 1936.

Para quién no esté informado de la historia del Partido Comunista de España, hay que decir que este partido, cuando se produce el golpe de Estado fascista de julio de 1936 venía de una recomposición de su línea política. Es decir, el partido en 1932 se había deshecho de la cúpula de su dirigencia izquierdista-sectaria de José Bullejos que entre otros graves fallos, no había comprendido el suceder de los acontecimientos, la etapa, y las reivindicaciones que necesitaba el partido comunista por entonces:

«En 1926, más que un partido comunista había en España unos cuantos grupos diseminados, sin ninguna cohesión entre sí, con una dirección que marchaba sin perspectivas y sin tener en cuenta la ayuda de la Komintern, una dirección impregnada de todas las características anarquistas y sectarias. En 1929, en España, comienza a desencadenarse una serie de luchas económicas y políticas, y, como consecuencia de estas luchas de los obreros y campesinos y de las fuerzas democráticas, en 1930 se hunde la dictadura de Primo de Rivera, y, en 1931, es derrumbada la monarquía e instaurada la República. Los cambios operados en la correlación de fuerzas en España no fueron comprendidos por la dirección del partido. No alcanzó a ver que las masas que se lanzaron a la calle veían en la República la mejora de su situación económica y de libertad, y que este era un momento precioso para que el Partido Comunista en España se ligase a las masas y que planteara la forma de conquistar sus mejoras de carácter económico y político que el momento exigía, como la toma de la tierra, aumento de los salarios, etc., el armamento de los obreros y de los campesinos, la cuestión nacional, acabar con el poderío de la Iglesia, etcétera, etcétera. Pero los dirigentes de entonces, Bullejos, Adame y compañía, no comprendieron nada respecto a lo que había cambiado la situación. En lugar de plantearse estas consignas propias del momento, se pronuncian contra la República, en la cual los obreros y las masas populares habían puesto toda su ilusión, dando la consigna de: «¡Abajo la República burguesa!», «¡Vivan los soviets y la dictadura del proletariado!». Los obreros, que buscaban a los comunistas al implantarse la República para que les orientaran en las luchas por las conquistas democráticas, cuando los comunistas les hablaban contra la República eran señalados como aliados de los monárquicos y, en algunos sitios –como Sevilla o Madrid–, las masas buscaban a nuestros camaradas para lincharlos». (José Díaz; Las luchas del proletariado español y las tareas del Partido Comunista de España; Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 1935)

Un ejemplo de cómo veía la Komintern este error en concreto:

«Como verdaderos revolucionarios, los comunistas españoles deben buscar y poner al descubierto las razones del retraso del partido y los errores que ha cometido, y deben tomar enérgicas medidas para eliminarlos rápida y completamente. La razón básica de los errores del partido, su incapacidad para comprender el carácter de la revolución, la función y las tareas del proletariado como potencia hegemónica en la actual revolución democrática, su incapacidad para comprender el papel del partido comunista, para avanzar correctamente y al tiempo con consignas políticas oportunas para la acción de masas y para que estas consignas fueran tomadas por las masas, los errores reflejados en la pasividad relativamente marcada en el partido; son las razones básicas que el partido estaba, y por desgracia, sigue estando atado, por el sectarismo y las tradiciones anarquistas. El partido en su conjunto y sus líderes, en particular, carecían, y por desgracia aún carece, de una actitud política correcta y completa; su valoración del carácter y peculiaridades de las contradicciones de clase, de la revolución en España, era falsa; los juicios erróneos fueron y están siendo dados por factores políticos concretos. Los dirigentes del Partido Comunista Español no han comprendido la inmensa significación política de las supervivencias económicas, sociales y políticas del feudalismo en España, y así no vieron que la revolución democrática fue madurando sobre esa base; no prepararon al proletariado para la revolución. El partido no comprendió a tiempo que, precisamente la burguesía se va a jugar un papel contrarrevolucionario en la revolución democrático-burguesa, se estaba llegando a un punto, en que el proletariado, como única clase revolucionaria verdaderamente coherente, podría y debería conducir la revolución. Dado que el partido comunista subestimó el papel del proletariado, se aisló, perdió el contacto con la clase obrera, ignoró al campesinado, perdiendo el contacto con las grandes masas, no midiendo el pulso de las masas o midiendo sus sentimientos, subestimado sus demandas y su militancia. Y cuando los acontecimientos llegaron a un punto crítico, cuando se proclamó la república en el 1931 bajo el tremendo asalto de las masas que marchan en las calles, el partido puso consignas erróneas que eran incomprensibles para las masas». (Komintern; Una carta desde el Buró del Oeste Europeo de la Komintern al Partido Comunista de España, 15 de enero de 1932)

Esto, como era de esperar, condenó al partido, en directas consecuencias como ganarse un merecido y atroz aislacionismo entre las masas trabajadoras:

«¿Sabéis con qué querían hacer la revolución proletaria? Con un total de ochocientos comunistas en el país y con el escándalo que hacían en los mítines Bullejos y Adame. Ya en aquel momento, la Komintern sometió a la crítica esta línea para ver si era posible enderezar los errores cometidos por el partido, los cuales le impedían ligarse a las masas. En lugar de tener en cuenta la ayuda tan formidable que representa la Komintern para sus secciones y, sobre todo, para las direcciones débiles, estos señores intensificaron su resistencia y sabotaje a la línea trazada por la Komintern, y desde ese momento no cesó un instante la lucha de dichos señores contra la línea marxista-leninista de la Komintern. (...) El primer trabajo serio que realiza nuestro partido es conseguir solucionar la «gran hazaña» de una dirección que llevaba siete años como tal y sin arrastrar ni a un solo militante. Pero en esta tarea, este grupo, con sus métodos sectarios y de mando, había dejado su lastre. La nueva dirección del partido abre en todas sus organizaciones una discusión sobre los problemas políticos, los métodos de trabajo y sobre lo que representa la Komintern. El espíritu sano y revolucionario de la base del partido, fue un factor decisivo para la comprensión de la justeza de la expulsión del grupo de renegados y de la línea política de la Komintern. El partido comienza su desarrollo. Los cuadros se amplían y se elevan políticamente. De ochocientos afiliados o poco más que habían cuando el advenimiento de la República, en el año 1931, hoy, en el VIIº Congreso de la Komintern, traemos 19.200 afiliados, de los cuales están en las cárceles, en los presidios y perseguidos, 2.100». (José Díaz; Las luchas del proletariado español y las tareas del Partido Comunista de España; Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 1935)

Existían así mismos otros errores que pueden ser vislumbrados en esa carta como la no comprensión de la cuestión nacional en España, el tema de los sindicatos, la lucha contra el anarquismo y el trotskismo, los soviets como órganos de consolidación del poder obrero y campesino, etc., que la Komintern reclamaba a la dirección de José Bullejos de por entonces por su mala comprensión y sus desviaciones anarquistas. A partir de que José Díaz recompone el partido en ese año 1932, el partido empieza a tener relevancia en el panorama político español, cuando el grado de fascistización en España iba, más si cabe, en aumento:

«A la burguesía y a los terratenientes ya no les es posible mantener su odiosa dominación cubriéndola con el manto de la «democracia». Hoy, este ropaje les estorba y se desprenden descaradamente de él, dando rienda suelta a las formas brutales de esclavización de las masas trabajadoras de la ciudad y del campo. El bloque dominante y su actual equipo gubernamental inspiran su política y sus métodos de represión, enfilándolos hacia la instauración de la dictadura sangrienta y terrorista del fascismo, buscando así el medio de ahogar en sangre y exterminio la creciente potencia de la revolución». (José Díaz; Pleno del Comité Central del Partido Comunista de España, 11 de septiembre de 1934)

Comentaría sobre los sucesos previos a octubre de 1934:

«El desconcierto en el campo de la burguesía era enorme. La situación objetiva estaba madura para el asalto al poder, pero el factor subjetivo adolecía de grandes debilidades. Por una parte, las fuerzas obreras estaban muy divididas. El frente único sólo estaba iniciado. Nuestro partido, que todavía no es un partido que pueda decidir por sí mismo la situación, hacía esfuerzos enormes para que el frente único se realizara prácticamente lo más pronto posible, porque veíamos los grandes combates que se aproximaban en el país, donde la burguesía se orientaba hacia un gobierno de mano duro con el propósito de cortar el desarrollo del movimiento revolucionario y acercarse a la instauración de formas fascistas de gobierno». (José Díaz; Las luchas del proletariado español y las tareas del Partido Comunista de España; Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 1935)

Explicaba así la participación del partido comunista en la revuelta de octubre de 1934 –provocada por el ala izquierda del Partido Socialista Obrero Español ante la posibilidad de que la Confederación Española de Derechas Autónomas formara gobierno con el Partido Radical–:

«¿Fue justo haber ido al movimiento en estas condiciones? Nosotros aseguramos que sí, a pesar de no desconocer la falta de organización del movimiento y los propósitos de la socialdemocracia y de la situación de nuestro partido. Participamos en la lucha, dispuestos a corregir todas las faltas iniciales con que se producía el movimiento en el propio curso de la batalla, cosa que conseguimos allí donde nuestras fuerzas nos lo permitieron –como en Asturias–. (...) Nosotros hemos participado en la lucha de octubre a la cabeza del movimiento en todos los sitios donde se han empuñado las armas, haciendo grandes esfuerzos para eliminar todos los defectos en la preparación del mismo y bajo la dirección de los comunistas poderlo convertir en una insurrección amplia, popular, victoriosa. Esto lo conseguimos en Asturias, donde teníamos igualdad de fuerzas con los socialistas y nuestra mejor organización de partido. Pero en los sitios donde no fue posible conquistar el poder, y donde nuestro partido estaba en minoría, los comunistas han luchado en vanguardia, con heroísmo, como corresponde a los verdaderos bolcheviques». (José Díaz; Las luchas del proletariado español y las tareas del Partido Comunista de España; Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 1935)

Es allí, que pese a partir de una situación de desventaja en cuanto a influencia frente a otras organizaciones antifascistas, el partido muestra su grado de madurez que le diferencia del ala izquierda de los socialistas o de los anarquistas, y se coloca a la cabeza de las grandes luchas de varios de aquellos épicos eventos; sabiendo dar mejores muestras de organización, determinación y valentía que otros partidos y sindicatos no comunistas:

«El movimiento ha representado, a pesar de su derrota momentánea, que el fascismo no se haya podido consolidar aún en España y que la moral y el espíritu de lucha de los trabajadores se encuentren hoy en las mismas condiciones que antes del movimiento de octubre». (José Díaz; Las luchas del proletariado español y las tareas del Partido Comunista de España; Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 1935)

Ello hará que dicho partido comunista acabe cosechando grandes simpatías entre las masas trabajadoras, pues demostraba ser el único partido antifascista capaz de oponer una resistencia seria y probada:

«Nuestros camaradas movilizaron todas las fuerzas del partido y de la juventud y se incorporaron a los comités revolucionarios. Con todas las debilidades y vacilaciones que se produjeron en algunos camaradas de la dirección que en algunos momentos se dejaron arrastrar por los socialistas –tal fue el caso del primer comité provincial revolucionario, en el que tenían la mayoría los socialistas y en el que nuestros compañeros consintieron en aceptar la orden de retirada–, podemos asegurar que si en Asturias pudo ondear victoriosa la bandera de los soviets durante quince días, fue gracias a la iniciativa, al valor, a la decisión y al heroísmo de nuestros camaradas que, ocupando las primeras filas de la batalla, conquistaron y merecieron la confianza de los heroicos hijos del trabajo en las cuencas mineras asturianas. (Aplausos)». (José Díaz; Las luchas del proletariado español y las tareas del Partido Comunista de España; Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 1935)

En base a la experiencia de colaboración con otras organizaciones antifascistas durante las jornadas de 1934, nacerá el frente popular impulsado por los comunistas, tal era el programa comunista propuesto para formar el frente popular:

«1º Confiscación de la tierra de los latifundistas, de la Iglesia y del Estado, sin ninguna indemnización para entregarla inmediata y gratuitamente a los campesinos pobres y a los obreros agrícolas. (...) 2º Liberación de los pueblos oprimidos por el imperialismo español. Que se conceda el derecho de autodeterminación a Catalunya, a Euskadi, a Galicia y a cuantas nacionalidades se sientan oprimidas. (...) 3º Mejoramiento general de las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera –aumento de los salarios, respeto a los contratos de trabajo, reconocimiento de los sindicatos de lucha de clases, amplia libertad de opinión, de reunión, manifestación y prensa para los obreros, etc–. (...) 4° Libertad para todos los presos revolucionarios. Amnistía total para los presos y perseguidos de carácter político-social». (José Díaz; La lucha por la unidad en plena reacción; discurso pronunciado en el «Monumental Cinema» de Madrid, el 2 de junio de 1935)

Estas reivindicaciones plasmadas por José Díaz, eran el programa que la Komintern había llevado insistiendo a los comunistas españoles desde la época de la nefasta dirección de José Bullejos-Manuel Adame, los cuales no fueron capaces de rectificar su errada línea:

«La condición esencial para completar la revolución democrática-burguesa y de su transformación en una revolución proletaria es la existencia de un partido comunista de masas, claramente consciente de las cuestiones básicas de la revolución y conocedor de cómo organizar al proletariado para que sea capaz de alcanzar la hegemonía en la revolución. El proletariado de manera más consistente y enérgica, liderada por el partido comunista y en alianza con el campesinado, se compromete, bajo la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado, a la liquidación radical de todas las supervivencias feudales, a través de la revolución agraria, y la lucha por los salarios la ampliando el marco de la revolución democrático-burguesa, dando mayores posibilidades a la rápida transformación para el proletariado, a la revolución socialista. La tarea inmediata del partido comunista es la de preparar, organizar y conducir las luchas de masas revolucionarias del proletariado, para poner en marcha y dirigir la revolución agraria. Esto requiere la consolidación de la organización del partido comunista y de las organizaciones de la clase revolucionaria del proletariado. El vínculo práctico del que debe aprovecharse si se va a realizar esto es la lucha de huelgas, con el movimiento de trabajadores desocupados. Al mismo tiempo, debe hacerse todo lo posible para organizar la lucha campesina contra los ataques de los terratenientes, para dar a las parciales acciones dispersas el carácter de masas de una revolución agraria. El partido será capaz de lograr esta tremenda tarea si en su próximo congreso se realiza un congreso para la organización del partido, un congreso para su transformación en un partido de masas genuinamente bolchevique». (Komintern; Una carta desde el Buró del Oeste Europeo de la Komintern al Partido Comunista de España, 15 de enero de 1932)

Bajo la visión de los marxista-leninistas españoles comandados por José Díaz, el frente popular pretende ser una plataforma que como tareas primordiales se proponga frenar al fascismo y resolver las tareas de la etapa demócrata-burguesa de una vez, para poder lidiarlas luego con las de la próxima revolución proletaria que establezca la sociedad socialista, como había también indicado la Komintern:

«El cumplimiento íntegro y rápido del programa que ha servido de plataforma electoral para el frente popular, el castigo de los responsables inspiradores y ejecutores de la feroz represión del movimiento revolucionario de octubre; la indemnización a sus víctimas, la entrega de la tierra a quienes la trabajan, la anulación de las leyes reaccionarias votadas por las cortes reaccionarias también y por el gobierno cedista-radical durante su usurpación del poder en el último bienio. El triunfo electoral del día 16 de febrero crea grandes condiciones para el desarrollo rápido y el crecimiento del movimiento obrero y revolucionario antifascista; abre amplios cauces para el desarrollo ulterior de la revolución democrático-burguesa y su transformación en revolución socialista». (José Díaz; El alcance del triunfo popular del 16 de febrero, 1936)

Una plataforma que no que tendrá su fuerza basada solamente en el elenco parlamentario, sino principalmente en la movilización de las masas a pie de calle como garantía del cumplimiento del programa de gobierno del frente popular:

«Sólo el Partido Comunista de España ha mantenido una posición justa y firme en esta cuestión, propugnando porque el frente popular sea un frente de lucha no sólo en las elecciones y en el parlamento, sino principalmente en la calle, un frente que organice y agrupe a todas las masas trabajadoras y que sirva como garantía para el cumplimiento por parte del gobierno del pacto electoral y para llevar adelante el cumplimiento y la solución de todos los problemas vitales de los obreros, campesinos y masas trabajadoras de España. El Partido Comunista de España ha luchado por dar al frente popular este carácter y lo ha conseguido en parte, si no en el terreno nacional, por lo menos en muchas provincias y localidades». (José Díaz; El alcance del triunfo popular del 16 de febrero, 1936)

En las elecciones de febrero de 1936 la coalición del frente popular ganaría las elecciones, aunque el partido comunista no estaría contento con la plataforma de programa del gobierno del frente popular que no admitió todas las demandas comunistas y pues no resolvía las tareas de la etapa demócrata-burgués. Por ello arenga a las masas a una movilización por el cumplimiento del programa e insta por reivindicaciones más profundas que puedan dar pie a un próximo gobierno obrero-campesino comandado por los comunistas:

«Hemos triunfado el día 16 de febrero. Con este triunfo, hemos infligido un duro golpe a la reacción y al peligro fascista en España. La reacción y el fascismo han sufrido una derrota, pero aún no están vencidos. Para vencerlos, tenemos que liquidar sus bases materiales: confiscar la tierra de los grandes terratenientes, nacionalizar los bancos, confiscar las tierras y propiedades de la Iglesia y de las órdenes religiosas, disolver las organizaciones reaccionarias y fascistas y desarmar sus bandas, depurar el ejército de los mandos reaccionarios y fascistas, etc. Pero esto sólo podrá hacerlo un gobierno revolucionario de frente popular, bajo la dirección del proletariado. El gobierno actual de Azaña es, un gobierno republicano de izquierda. El pacto que ha servido de plataforma electoral para el frente popular es insuficiente. Descontando la amnistía y la readmisión de los represaliados, ya realizadas en su mayor parte, dicho pacto no contiene ninguna solución real y definitiva de los problemas fundamentales de la revolución democrática. Pero el cumplimiento de dicho pacto puede aliviar momentáneamente la difícil situación de la clase obrera y de los campesinos y crear las condiciones para la formación de un gobierno revolucionario dispuesto y capaz de dar soluciones definitivas a los problemas que la revolución democrática tiene planteados. Por eso, la misión de los obreros revolucionarios consiste en apoyar al gobierno actual en la medida en que éste cumpla el pacto, y obligarle, por todos los medios posibles, a que su cumplimiento se lleve a cabo con toda rapidez, de acuerdo con las exigencias del momento y las necesidades de las masas». (José Díaz; El alcance del triunfo popular del 16 de febrero, 1936)

Añadiría además:

«Nuestro partido que ha sido el artífice, el forjador del Bloque Popular, que ha mantenido con entusiasmo su programa y que no cejará hasta conseguir su realización, ha dicho antes de las elecciones y durante ellas y repite ahora –para que lo oigan todos los que no quieren la instauración del fascismo– que, sin desmontar la base material de la contrarrevolución, sin expropiar sin indemnización a la nobleza, a los grandes terratenientes, sin depurar el ejército y la administración de los elementos reaccionarios y fascistas, sin liquidar los privilegios de la Iglesia, sin desarmar y disolver las organizaciones monárquicas y fascistas; en una palabra, sin establecer un gobierno popular revolucionario, que dará pan y tierra, paz y libertad al pueblo trabajador, no será posible evitar el resurgimiento de las fuerzas enemigas. Y por eso, camaradas, hoy como ayer, decimos a las masas trabajadoras: no os hagáis ilusiones acerca de vuestras fuerzas, cread órganos de lucha, seguid de cerca la actividad del gobierno nacido del Bloque Popular para que realice el programa que se ha comprometido a realizar, y seguid avanzando sin deteneros hacia la consecución de vuestros objetivos». (José Díaz; ¡En pie y vigilantes!; Discurso pronunciado en el Teatro Barbieri, de Madrid, en una asamblea de militantes comunistas del Radio de Madrid, el 23 de febrero de 1936)

Cuando el gobierno del frente popular no prestaba atención a las advertencias de los comunistas de estar atentos a posibles intentonas golpistas tras el triunfo del frente popular:

«Esto dice bien claro que todo lo que se tome como bandera –España, la Patria, la Iglesia, el Ejército– no es más, que una campaña conducente a que los elementos de derecha puedan seguir desarrollando su trabajo de desviar la cuestión –naturalmente que el pueblo está vigilante– de la preparación de las provocaciones y del golpe de Estado. Yo creo que el gobierno no debe tomar a broma lo del golpe de Estado ni todas esas provocaciones, porque algunas de las intervenciones producidas aquí esta tarde –naturalmente que no se dice con claridad– son reveladoras de la preparación del golpe de Estado. Las amenazas contenidas en los discursos de los señores Gil Robles y Calvo Sotelo no quieren decir otra cosa: o el gobierno tiene en cuenta las peticiones y los intereses de la clase que representan, o ellos quedarán libres para crear dificultades de todo orden y esperar el momento de poder derrumbar la República por la fuerza». (José Díaz; Las maniobras de la reacción no logran romper el Bloque Popular; Discurso pronunciado en la sesión de Cortes celebrada el 15 de abril de 1936)

Es en este periodo cuando estalla precisamente el alzamiento fascista en julio de 1936, para entonces el partido ha logrado sin duda grandes avances entre las masas, pero como el autor comenta, no ha podido evitar fenómenos como que existan centrales sindicales divididas, que el proletariado en sí esté dividido en varios partidos de diversas tendencias, o que el nacionalismo burgués haya manipulado a gran parte de las masas trabajadoras. El Partido Comunista de España, pese a haberse cansado de advertir el incipiente grado de fascistización se encuentra con un nuevo alzamiento militar no muy diferente del frustrado en 1932 de la mano del General Sanjurjo. Pese a tener más experiencia y fortaleza que en 1932, el Partido Comunista de España, deberá afrontar unas colosales tareas que en muchas ocasiones le superan, y no por falta de razón en su línea política, sino por falta de influencia de su organización entre las masas. Si bien el partido comunista acabaría siendo la fuerza antifascista de más relevancia dentro del frente popular antifascista al concluir la guerra en 1939, no es menos cierto, que la posición inicial durante el alzamiento fascista de desventaja frente a otras organizaciones antifascistas, hará que en ocasiones no pueda imponer su visión de lo que se debe hacer en el momento preciso, y el aumento paulatino de su influencia en las masas, así como el giro de los acontecimientos internacionales y derrotas militares internas, hará que tanto anarquistas, socialdemócratas, republicanos de izquierda, etc., empiecen a recelar del grado de influencia del Partido Comunista de España, llegando al punto de traicionarlo en el famoso golpe de Casado del 5 de marzo de 1939: prefiriendo esta amalgama de antifascistas anti-Partido Comunista de España, rendir la impenetrable Madrid antifascista al General sublevado Franco, que seguir la defensa de la capital española en colaboración con los comunistas.

Esta obra, nos enseña pues, lo peligroso que es que un partido comunista se retrasarse en su proceso de bolchevización, es decir de librarse de sus tendencias premarxistas, anarquistas, reformistas, luxemburgistas, revisionistas, trotskistas, que pudiera arrastrar: la experiencia española nos muestra que pese a que la línea política correcta del partido a partir de 1932, y librarse de su nefasta política izquierdista-sectaria, la posición inicial de debilidad del partido al inicio del alzamiento fascista, hizo que ese crecimiento de influencia entre las masas de 1932 a 1936 consecuencia de su buena y correcta línea política, no fuera suficiente para vanguardizar desde un inicio de la guerra antifascista, teniendo que colaborar, delegar en ocasiones, y depender pues, de la inestabilidad de aliados políticos vacilantes: como anarquistas, socialdemócratas, republicanos de izquierda, nacionalistas burgueses progresistas, y demás, quienes como se demostró en España, y como se había demostrado, y se demostraría, en otros países, no pueden hegemonizar un movimiento antifascista. La conclusión es pues, que si un partido comunista se encuentra en una posición de baja o media influencia entre las masas trabajadoras, cuando se produzcan acontecimientos objetivos que estimulen y precipiten los acontecimiento bien para revolución proletaria, bien para una revolución democrática-burguesa o bien para una contrarrevolución, el partido comunista, aunque disponga de una línea política correcta para tal acontecimiento, al partido le será enormemente difícil, movilizar e imponer tal línea entre las masas si no ha cumplido con sus tareas con las masas previamente. Por el contrario, si el partido previamente ha cumplido sobradamente con las tareas que le corresponden con las masas trabajadoras, será vanguardia en cualquiera de tales situaciones –revolución anticolonial, revolución antiimperialista, invasión imperialista, revolución socialista o contrarrevolución fascista, etc.–, e incluso puede darse el caso que no necesite de la alianza de otras fuerzas políticas a la hora de enfrentarse a la burguesía y a toda la reacción en citadas ocasiones, pues bien seguro, el afianzamiento de los comunistas entre las masas trabajadoras, habrá debilitado en exceso hasta neutralizar de raíz a tales fuerzas políticas como el reformismo, anarquismo, u otro tipo de doctrinas con influencia en las masas trabajadoras que se expresan en organizaciones y que pudieran ser posibles aliados temporales en estas luchas –sobre todo en acontecimientos donde los partidos comunistas estén en situaciones de resolver problemas antiimperialistas, antifascistas y demás–.

Claro es que a día de hoy, los marxista-leninistas y los pretendidos marxista-leninistas» no se han desprendidos de los mitos fascistas, anarquistas, socialdemócratas y trotskistas sobre el Partido Comunista de España, el frente popular o la guerra civil. La posterior invención de los «errores de Stalin y la Komintern sobre el frente popular» propagadas por el revisionismo chino o la distorsión de la figura de José Díaz hasta presentarlo como un «demócrata» defensor del capitalismo y su sistema como hizo el revisionismo eurocomunista, ayudaron a revivir los mitos trotskistas sobre la guerra civil sobre desviaciones de derecha o izquierda de los marxista-leninistas españoles, pero ninguna de estas falsedades prevalecen durante mucho tiempo si se usan las herramientas de estudio adecuadas, por ello con estas publicaciones se irán desbrozando estas calumnias.

Hemos añadido unas anotaciones finales, para enriquecer como siempre la información del documento.

El documento:


Lecciones de la guerra del pueblo español (1936-1939)


Durante tres años aproximadamente el pueblo español estuvo empeñado en una lucha sangrienta, peleando con las armas en la mano por defender la independencia de su país y los derechos sociales que tan arduamente había logrado conquistar. Durante casi tres años el pueblo español combatió heroicamente y soportó grandes sacrificios. Pero fue derrotado. Sin embargo, la derrota no es sino temporal. A pesar del terror sangriento reinante, la dictadura de la burguesía y de los terratenientes reaccionarios que ahora gobierna a España, no puede hacer desaparecer las causas que llevaron a la lucha al pueblo español; no puede apaciguar el odio que siente el pueblo español por este régimen opresor y reaccionario. La clase obrera, el campesinado y los trabajadores españoles en general, así como los pueblos oprimidos de Cataluña y Euskadi, han vivido días más felices; ya saben lo que es vivir sin grandes capitalistas y terratenientes. El pueblo español está librando una batalla bajo nuevas condiciones; está juntando y reuniendo sus fuerzas, se está preparando para emprender nuevas batallas, una vez vencidas las dificultades de la situación actual.

La guerra justa del pueblo español [1] constituyó uno de los más importantes y sobresalientes sucesos dentro del movimiento internacional por la emancipación de las masas trabajadoras desde los tiempos de la revolución socialista victoriosa en Rusia en octubre de 1917. Ha enriquecido a la clase obrera y a los pueblos oprimidos de los países capitalistas y las colonias con valiosas experiencias para la lucha contra la reacción interna y externa, en contra de la coerción, la opresión y la explotación.

La revuelta militar y la lucha armada del pueblo español en defensa de la libertad y la independencia

Después de la victoria del pueblo en las urnas electorales el 16 de febrero de 1936, los partidos políticos pequeño burgueses y el Partido Socialista Obrero Español no tuvieron ni el valor ni la habilidad necesaria para emprender la ofensiva contra las fuerzas de la reacción. La contrarrevolución se aprovechó en todo lo que pudo de las vacilaciones, la debilidad y la cobardía de estos partidos y alzó su cabeza facciosa, buscando evitar que se extendiera el movimiento revolucionario a todo el país.

El 18 de julio estalló un motín provocado por una sección de la camarilla militar que representaba los intereses de la reacción semifeudal, de los grandes terratenientes, de la jerarquía eclesiástica, la oligarquía financiera y la reacción extranjera. Su objetivo era claro: querían obtener lo que los reaccionarios no habían podido lograr en la revuelta del general Sanjurjo en 1932, la abolición de la República española, la supresión de las libertades nacionales de los catalanes y los vascos, la anulación de las conquistas políticas, económicas y culturales de la población trabajadora, la restauración completa del poder y los privilegios de los terratenientes, de la jerarquía eclesiástica y de los grandes capitalistas, y por último, el establecimiento de un régimen reaccionario y una dictadura terrorista.

Las masas trabajadoras, el pueblo español, se lanzaron al campo de la resistencia armada. Esta guerra civil, como se la llamó, pronto se transformó en una guerra por la defensa de la independencia nacional y los derechos políticos de los pueblos de España, en una guerra por la protección y extensión de las conquistas sociales y culturales del pueblo trabajador.

En el proceso de esta lucha el pueblo español sufrió un cambio profundo, así como también la vida económica y política del país, que había comenzado a andar por la ruta del progreso.

En los campos de España se efectuó una verdadera revolución allí donde los campesinos gemían a causa de la servidumbre a la que los tenían sometidos los señores semifeudales. Más de cuatro millones de hectáreas de tierra fueron confiscadas a los terratenientes, a la Iglesia y los monasterios, y entregadas gratuitamente a los campesinos. Las deudas de los campesinos fueron anuladas y se les proporcionó crédito, semillas y maquinaria agrícola [2].

La clase obrera obtuvo considerables aumentos de salario; fueron aprobadas leyes de protección al trabajo. Los obreros tomaron parte en la administración de las fábricas y las ramas más importantes de la economía nacional.

La clase obrera se convirtió en la más fuerte potencia del país y garantizó la reconstrucción de la vida económica nacional, que había estado al borde de la ruina a causa de la revuelta contrarrevolucionaria.

Durante la guerra los pueblos de Cataluña y Euskadi consolidaron y desarrollaron sus libertades nacionales [3]. En lugar del antiguo ejército, que no había sido sino un instrumento de la reacción, se formó un verdadero ejército del pueblo para proteger los intereses populares [4]. Las mujeres adquirieron iguales derechos que los hombres y empezaron a tomar participación activa en la vida política y económica del país.

La juventud conquistó oportunidades de educación y de ejercitarse para un futuro en un país libre e independiente. La cultura dejó de ser un privilegio de clase. Las escuelas y las universidades abrieron sus puertas al pueblo.

Todo el trabajo constructivo de la España Republicana y todas las conquistas sociales que se obtuvieron durante el período de la guerra descansaron principalmente en la alianza de la clase obrera con el campesinado y la pequeña burguesía urbana; unidos bajo la bandera del frente popular.

El frente popular, que se creó como un resultado de la experiencia obtenida en la lucha armada de octubre de 1934, aumentó la conciencia del pueblo español en su propia fuerza, elevó el nivel político de las masas hasta una altura nunca alcanzada e indujo a nuevas capas, de la población a unirse a la guerra nacional-revolucionaria por la defensa de la República. La creciente complejidad de la situación interna y externa durante este período confirmó la correcta política del frente popular, la política de unidad nacional para la lucha del pueblo en defensa de su independencia y su libertad en contra de las fuerzas de la reacción.

El frente popular constituyó una forma adecuada del desarrollo de la revolución durante este período. España, que en los comienzos de la lucha era una república de tipo democrático-burgués, se desarrolló en el curso de la guerra hasta convertirse en una república popular, una república donde no existían grandes capitalistas, terratenientes y reaccionarios, una república apoyada por las masas populares y por un ejército regular del pueblo [5].

España se convirtió en una república dentro de la cual las masas tuvieron la oportunidad y el derecho de tomar participación en la orientación de la vida económica y política del país, en una república dentro de la cual, a pesar de que se mantenía la propiedad privada de los medios de producción, las grandes industrias, los bancos, y el sistema de transportes fueron nacionalizados, la tierra de los grandes terratenientes fue confiscada, y se crearon empresas cooperativas y colectivas sobre bases voluntarias, en una república dentro de la cual la ayuda fundamental era proporcionada a los obreros y campesinos por el Estado.

A la vez que defendían sus propias libertades e intereses, los trabajadores españoles también defendían los intereses y las libertades de todas las naciones en contra de la reacción mundial.

La lucha de la España revolucionaria se convirtió en la causa vital de las masas laboriosas de todos los países [6]. Despertó fuerzas considerables entre la clase obrera y sus aliados y estaba dirigida en contra de la reacción burguesa, en contra de la agresión capitalista y de la guerra imperialista.

La lucha armada del pueblo español constituyó un importante factor en el reagrupamiento de las fuerzas de la clase obrera y de los trabajadores en general, también en otros países, ayudando a desenmascarar el verdadero significado de la «democracia» burguesa. Hizo ver quiénes eran los amigos y quiénes los enemigos del pueblo, aumentó la confianza de las masas en su propia fuerza y agrupó al pueblo alrededor del Partido Comunista de España, el único defensor consecuente de la España revolucionaria.

La actitud de los Estados «democráticos», ante la lucha del pueblo español

Toda la política de los gobiernos «democráticos» de la Francia y la Inglaterra imperialistas estuvo inspirada por la determinación de evitar la victoria del pueblo español. Una España revolucionaria hubiera imprimido un poderoso ímpetu a la lucha de la población trabajadora por la emancipación del yugo capitalista. Según la opinión de los imperialistas británicos y franceses, esto tenía que ser evitado a toda costa. La política de la «no intervención», que fue trazada con ese propósito, alcanzó su cima en la conspiración de Múnich de 1938. Bajo el pretexto de la «neutralidad» y de localizar el conflicto, los traficantes de guerra europeos llegaron hasta el establecimiento de un bloqueo completo del territorio republicano, y por último, hasta la intervención militar directa a fin de aplastar la resistencia de la República Popular.

Fue con este propósito que a los voluntarios que peleaban en las brigadas internacionales se les ordenó que salieran de España y que se organizaran los ataques por parte de la marina británica en connivencia con Francia para obligar al baluarte republicano de Menorca a rendirse. Fue con el mismo propósito que miles de luchadores republicanos que cruzaron las fronteras de Francia y esperaban la oportunidad de regresar a la zona central de guerra en España, fueron desarmados por el gobierno francés y confinados en campos de concentración. Pero esto no era suficiente para los imperialistas ingleses y franceses. A fin de aplastar completamente a la República los imperialistas fabricaron la conspiración de la Junta Casado-Miaja de 1939, que debía arrebatar las armas de las manos del pueblo español para lanzarlo bajo el yugo sangriento de una dictadura de burgueses y terratenientes.

De no haber sido por la efectiva ayuda que recibió Franco de los reaccionarios británicos y franceses y de los dirigentes socialdemócratas, la España revolucionaría no hubiera sido nunca derrotada [7].

Todo desarrollo histórico, así como los sucesos de los tiempos recientes, confirman lo que el camarada Stalin decía en 1927:

«El capitalismo británico fue, es y siempre será el más rabioso estrangulador de las revoluciones populares. Desde la gran revolución francesa de fines del siglo XVIII hasta la actual revolución en China, la burguesía británica siempre estuvo y todavía está colocada en la vanguardia para aplastar los movimientos de emancipación de la humanidad». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Notas sobre temas de actualidad, 1927)

Contrastando con la política de esos países «democráticos», Inglaterra y Francia, política que deleitaba a los enemigos de nuestra causa, la gran tierra del socialismo proporcionó ayuda moral y política al pueblo español en su guerra desde el principio hasta el fin. Día tras día la poderosa voz del pueblo soviético pedía ayuda para el pueblo español. Este contraste ha ayudado a hacer todavía más clara la verdadera naturaleza de la «democracia» burguesa.

Los partidos comunistas, leales al internacionalismo proletario, acudieron a las masas para pedirles que defendieran al pueblo español. Formaron brigadas internacionales que hicieron gala de un valor magnífico, de solidaridad y abnegación en la defensa de los intereses de la clase obrera.

Pero la clase obrera de los países capitalistas no pudo prestar una ayuda adecuada. Fueron los líderes traidores de la II Internacional quienes evitaron que así se hiciera. A fin de aplastar el frente de la reacción en contra de la España revolucionaria, se requería una acción conjunta, enérgica y consistente, de las organizaciones internacionales de la clase obrera. Pero los dirigentes de la II Internacional no deseaban la derrota de las fuerzas de la reacción. Fue así como rechazaron todas las proposiciones de la Komintern –Internacional Comunista– para concertar una acción conjunta de la clase obrera.

La clase obrera de los países capitalistas sacó sus conclusiones de estos hechos. Vio que mientras los socialdemócratas en los gobiernos de Francia, Bélgica, Suecia, Noruega y Dinamarca defendían los intereses de los capitalistas, los comunistas y los pueblos de la Unión Soviética marchaban codo con codo junto con la República Popular Española y con la población trabajadora.

El proletariado tuvo una oportunidad más para convencerse de que los comunistas y la Komintern, el gran partido mundial de Lenin y Stalin, defendían la causa de los trabajadores y la seguirán defendiendo consecuentemente hasta el fin.

¿Cuál fue la situación de España?

Hasta 1936 la clase obrera de España se encontraba dividida en un grado extraordinario y aislada del campesinado y la pequeña burguesía urbana.

La victoria obtenida en las elecciones del 16 de febrero de 1936 creó la oportunidad para una acción unida del proletariado, el campesinado y las clases medias urbanas que, inspiradas por el deseo común de derrocar el poder de la reacción, unieron todas sus fuerzas. Mediante esta unidad fue posible movilizar las masas para una lucha enérgica en contra del putsch militar. Las masas, que no poseían ninguna organización militar, ni armas, obtuvieron grandes victorias en varios centros importantes del país y organizaron la resistencia para combatir las fuerzas de la reacción. El resultado de esta unidad de lucha, en la cual el partido comunista constituyó la fuerza propulsora, fue el frente popular. Pero la base de esta unidad de lucha no era suficientemente firme; su médula, la clase obrera, estaba dividida.

El Partido Comunista de España fue el único, partido que se dio cuenta de la importancia de asegurar la unidad de la clase obrera. Es por esto por lo que el partido comunista: se esforzó tan empecinadamente por la creación de una central sindical única. Pero los dirigentes «socialistas» y anarquistas trabajaron continuamente para que no se alcanzara esta finalidad, pues sabían que el efecto que tal unidad tendría sería el de fortalecer la influencia de los comunistas en los sindicatos y que conduciría a la victoria sobra las fuerzas de la reacción.

Los comunistas redoblaron sus esfuerzos por crear un partido único de la clase obrera basado en los principios del marxismo-leninismo. Pero los dirigentes «socialistas» se opusieron continuamente a la formación de tal partido, que hubiera asegurado la hegemonía del proletariado en el frente popular y en el gobierno.

Debido a la falta de unidad en el movimiento de la clase obrera española pudieron los partidos políticos de la pequeña burguesía jugar un papel que estaba fuera de toda proporción con respecto a su influencia y fuerza reales [8]. Fue esto lo que debilitó la eficiencia combativa del ejército republicano, impidió la adopción de una determinada política económica y la expansión de la industria de municiones tan absolutamente esenciales en tiempos de guerra, dejando manos libres a todos los enemigos del frente popular. Fue la falta de unidad entre el proletariado lo que impidió la formación de un gobierno popular fuerte, capaz de conducir la guerra nacional-revolucionaria con la firmeza necesaria.

La cabal impracticabilidad de la «teoría» y táctica de los anarquistas llegó a hacerse evidente durante esta guerra. Todo el curso de la revolución popular reveló cuan indefendibles, falsos y contrarrevolucionarios fueron ellos [9]. Los experimentos «anarco-comunistas» de los anarquistas consistieron en la formación forzada de granjas colectivas y en la expropiación, el robo y hasta el asesinato de campesinos y artesanos. Los anarquistas abandonaron el frente y abrieron el paso al enemigo. Se convirtieron en una fuerza armada de la camarilla Casado-Besteiro-Miaja. La actividad de ciertos dirigentes anarco-sindicalistas se redujo por completo a salvar a los falangistas. Los trotskistas, esos bandidos, pusieron todas sus actividades a disposición de los reaccionarios y de los servicios de espionaje extranjeros. Entregaron secretos militares al enemigo, le franquearon la entrada y de acuerdo con los provocadores anarquistas y en conspiración con Franco, lanzaron el putsch contrarrevolucionario de Barcelona en Mayo de 1937.

En este trabajo de desorganización y desmoralización tomaron parte los partidarios sin principios del dirigente «socialista» Largo Caballero, que se apoyaban en los provocadores anarquistas y en los aventureros, poniendo en juego los «argumentos» trotskistas. Los partidarios de Largo Caballero trataron de dividir la central sindical: la Unión General de Trabajadores, y la Juventud Socialista Unificada. Hicieron todo lo que les fue posible por forzar a los republicanos a capitular, y tras la traidora deserción de Besteiro-Casado-Miaja, en Madrid, estaban sus asquerosas manos.

Los líderes de las diversas «tendencias» en el Partido Socialista Obrero Español y en los otros partidos de la II Internacional, continuaban su política oportunista y antiproletaria. Sin tomar en cuenta las diferencias de opinión que prevalecían entre ellos, se encontraban unidos por su odio al comunismo. Los dirigentes socialistas españoles no tenían fe en la fuerza de la clase obrera y negaban su papel dirigente en la lucha, trayendo esto como resultado que tomó el camino de la capitulación y la traición, en lo cual fueron estimulados por sus colegas de la II Internacional. El Partido Socialista Obrero Español perdonó todos los delitos y crímenes contra la clase obrera. Faltaba por completo el control. Todos los ministros socialistas en el gobierno hacían lo que les venía en gana. No hubo una línea política clara, no hubo disciplina de partido, ni responsabilidad personal. Este partido tenía hombres como Indalecio Prieto, que demandaba la hegemonía de la burguesía en la lucha revolucionaria del pueblo español; a Julián Besteiro, que se rebeló en Madrid durante 1939 contra el gobierno de Negrín, que representaba a la mayoría socialista; y a Largo Caballero, que andaba constantemente mezclado en actividades subversivas y en acciones provocadoras contra el Partido Comunista de España y el Ejército Popular.

Durante la guerra el pueblo español llegó a conocer muy bien a estos traidores. No es sin razón que hace responsables de su derrota, principalmente a los dirigentes del Partido Socialista Obrero Español. El Partido Republicano siempre había vacilado. Su miedo por la emancipación del pueblo y el desarrollo de una revolución popular había tendido siempre a llevarlo por el camino de la reacción escudado tras el lema: «La república debe ser guiada por republicanos». Estaba ansioso de desplazar a la clase obrera, de sus posiciones dirigentes, obstruccionaba en todos los sentidos las actividades del gobierno del frente popular, que ya eran bastante inadecuadas, y donde quiera que podía impedía la adopción de medidas estrictas en contra del enemigo.

Influenciados muchos de los representantes del Partido Republicano por los gobiernos de Francia e Inglaterra, se convirtieron en portaestandartes de la capitulación. Habiendo adoptado esta conducta, algunos de ellos desertaron de sus puestos en los momentos cruciales, mientras que otros se unían a las fuerzas de la camarilla militar de Casado-Besteiro-Miaja.

***

Los diversos gobiernos de la república española reflejaron ampliamente las tendencias de estos partidos y de estos individuos. Una política firme, que respondiera a las necesidades de la guerra nacional revolucionaria, era absolutamente esencial para la victoria de la república popular española. En la industria, en la agricultura, en los transportes, en el abastecimiento, en la organización militar, en el adiestramiento militar de toda la población, en la política exterior, en las finanzas y en el orden público, por donde, quiera se requería una política implacable contra los intrigantes y los capituladores.

Pero tal política hubiera necesitado un nuevo aparato de gobierno que correspondiera al carácter popular de la república. No obstante esto, el antiguo aparato del gobierno no fue completamente destruido; continuó existiendo, en parte, aun durante la guerra y en los momentos decisivos actuó contra los intereses del pueblo. Sólo un gobierno capaz de enfrentarse a las dificultades sin vacilación, hubiera podido dominar esta complicada situación, tomar el timón firmemente en sus manos y seguir la política exigida por las circunstancias. Los comunistas sabían que la forma ideal de tal gobierno era la dictadura del proletariado. Pero ya que se trataba de una guerra por la liberación nacional, ya que era necesario unir los amplios sectores del pueblo, no sólo en territorio republicano, sino también en el territorio dominado por Franco, puesto que era necesario atraer a la clase media de Cataluña y del país vasco, ganar la victoria militar sobre el enemigo y asegurar el apoyo para la España republicana, no sólo por parte del proletariado internacional, sino por parte también de las capas no proletarias, él establecimiento de la dictadura del proletariado bajo tales circunstancias resultaba imposible. El haber intentado establecer la dictadura del proletariado hubiera significado saltar una etapa necesaria del desarrollo; hubiera disminuido la base social de la lucha del pueblo español y hubiera facilitado más a la reacción internacional la destrucción del movimiento revolucionario en España.

Por eso es por lo que los comunistas españoles no hicieron un llamamiento para el establecimiento de una dictadura del proletariado, sino para que se formara un gobierno popular combativo capaz de unir en la lucha a todas las fuerzas del pueblo español bajo la dirección de la clase obrera. Pero no se formó un gobierno semejante, aunque existían todas las posibilidades de formarlo.

Los capituladores, los intrigantes y los reaccionarios permanecieron ocupando los puestos principales en el aparato gubernamental de la república española, y sus gobiernos no fueron verdaderos gobiernos populares revolucionarios de tiempo de guerra.

El primer gobierno, integrado por representantes de los partidos republicanos, ni siquiera intentó enfrentarse a problema como los de la organización del ejército, el mantenimiento del orden público en la retaguardia, la producción y otros. El hecho de que el gobierno careciera de una orientación apropiada y una política firme y de que no fuera suficientemente enérgico no era un secreto para el enemigo, que se aprovechó de ese hecho para conquistar un cierto número de provincias españolas.

El segundo gobierno, encabezado por Largo Caballero, no estaba en condiciones de dominar completamente esa complicada situación. Largo Caballero era enconadamente hostil a la unidad revolucionaría de la clase obrera. Como enemigo que era del comunismo y de la Unión Soviética, despreciaba a las masas y a sus iniciativas y depositó completa confianza en incompetentes expertos militares que no la merecían. Manteniendo obstinadamente esta opinión, Caballero impidió la formación de un poderoso ejército republicano e hizo cuanto pudo para contrarrestar los esfuerzos que en este sentido hacía el Partido Comunista de España, que bajo la forma del Vº Regimiento había creado las bases, firmes que se necesitaban para una organización militar. Todas las actividades de Caballero corrían en dirección contraria a todo lo que demandaban los intereses de la victoria sobre los reaccionarios. Su trayectoria fue de constantes compromisos y capitulación. Caballero fue derrocado por las iras del pueblo.

Luego vino el Gobierno de Negrín-Prieto. La conducción de los asuntos militares estaba por completo en las manos de Prieto. Empezó por introducir el principio de «representación proporcionar» en el Estado Mayor del ejército y colocó a toda una sería de incompetentes y cobardes a la cabeza de los grupos militares. Al negarse a realizar una purga del comando militar y al colocar a sospechosos individuos en puestos de responsabilidad protegió a los derrotistas y al enemigo. El odio de Indalecio Prieto a los heroicos comunistas, que habrían salvaguardado la existencia del departamento de comisarios de guerra en los momentos más difíciles, condujo al colapso de éste y a su transformación en una institución burocrática. Estos valerosos comisarios que habían sido sometidos a la prueba de fuego, fueron reemplazados por una horda de incompetentes sin firmeza, fe, ni entusiasmo revolucionario. Indalecio Prieto llegó hasta el punto de prohibir la distribución de propaganda entre las fuerzas del enemigo.

El Partido Comunista de España fue el único partido que desarrolló actividades entre las tropas del enemigo y en su retaguardia; fue el único que sistemáticamente se enfrentó y venció las dificultades causadas por el gobierno a la república y al ejército. La victoria de Teruel, que fue una de las derrotas más severas que experimentó el enemigo, no se pudo aprovechar debido a que no se había hecho nada para crear reservas, y a causa de la insensata y criminal orden de que se retiraran nuestras fuerzas, la fortaleza se perdió. La política de Prieto, además condujo al desmoronamiento de todo el frente oriental y a la escisión de la zona republicana en dos partes. Sus ruinosas actividades podían ser observadas también en la forma en que rendía los partes militares, en los cuales frecuentemente anunciaban pérdida de terreno, poblaciones y posiciones antes de que realmente hubieran sido capturadas por el enemigo, dislocando así la verdadera correlación de fuerzas en favor del enemigo. El pueblo y los hombres movilizados en el frente, que se daban cuenta del grave peligro que amenazaba al país y que conocían el hecho de que el gobierno se estaba desmembrando a causa de las actividades capitulacionistas de Prieto, demandaron la formación de un nuevo gobierno para salvar la situación. En respuesta a los deseos expresados por el pueblo y los hombres que habían sido movilizados al frente, Juan Negrín destituyó a Indalecio Prieto, del Ministerio de Defensa Nacional y formó un gobierno de unidad nacional guardando para sí Negrín las funciones de Ministro de Guerra y recibiendo por lo tanto la herencia de la desastrosa política de Caballero y Prieto.

El nuevo gobierno hizo enérgicos llamados al pueblo y el ejército para combatir la capitulación y pelear en defensa del país. Formuló los interesantes trece puntos como basé para la unidad de todo el pueblo en la lucha por la independencia. Estos puntos incluían la salvaguardia de la independencia de España; la expulsión de las fuerzas de intervención; formación al finalizarla guerra de la república popular democrática mediante la libre expresión, de la voluntad del pueblo, es decir, mediante un plebiscito; respeto a los derechos nacionales, y a las libertades de los pueblos que habitan España; inviolabilidad de las personas y libertad y conciencia; garantía para los pequeños propietarios; una radical reforma agraria incluyendo la abolición de las grandes propiedades y entregando la tierra a los que la cultivan; legislación social progresista; formación de un ejército popular.

El nuevo gobierno Negrín restauró el quebrantado frente oriental y mejoró la organización del ejército, que pocos meses antes; había peleado tan heroicamente en el Ebro.

Juan Negrín siguió una política de resistencia, pero no lo hizo firmemente; hizo concesiones a los enemigos de esta política. No, llevó a cabo la completa depuración del ejército, de la armada y del aparato de gobierno, en lo cual insistían los comunistas. Toleraba la atmósfera de impunidad, creada por sus predecesores; y no tomó medidas para combatir el sabotaje a la concentración de reservas y a los trabajos de fortificación.

Los resultados de esta política contradictoria no se hicieron esperar. El Ejército Republicano, que bajo el mando de abnegados y leales oficiales, había hecho maravillas de madurez y de eficiencia militares en el Ebro –para no mencionar la fusión efectuada bajó el mando de los comunistas–; estuvo incapacitado pocos meses después para asestar un serio golpe al enemigo y rechazar sus ataques, lo que condujo a la pérdida de Cataluña.

Pero aún la pérdida de Cataluña no significaba todavía el fin de la resistencia de la república popular española, ya que los comunistas, con pleno sentido de su responsabilidad, sostenían el pueblo y el ejército. Los hombres que habían sido forzados a retirarse de Cataluña a territorio francés luchaban por todos los medios para volver a la zona central de España. No obstante el hecho de que el gobierno francés reaccionario impidiera a los combatientes regresar a España, no obstante la fatiga de la guerra y las graves dificultades, la determinación del pueblo español en el centro y en el sur, de continuar la defensa, estaba intacta. La resistencia era posible; y la resistencia hubiera influido en la situación internacional y la hubiera modificado a favor de la república, como había sucedido antes en tales casos. Era posible oponer resistencia al enemigo y, en el peor de los casos, obtener una paz que hubiera salvado la independencia de la república española y la libertad del pueblo español, y no hubiera venido a parar en el asesinato de muchos de sus mejores hijos. Este era, en efecto, el propósito de los tres puntos propuestos por el gobierno y aprobados por las Cortés –parlamento– en Figueras, –la independencia de España, garantía del derecho del pueblo a la libre autodeterminación por medio de un plebiscito, y no represalias–, que fueron concebidas para asegurar una terminación incondicional de la lucha.

***

La traición ya habla empezado a trabajar mucho antes de los acontecimientos de marzo de 1939. Durante las operaciones de tas tropas republicanas en el Ebro ya no había duda de que la mano de la traición se estaba moviendo, y esto se hizo más claro aun durante el ataque del enemigo sobre Cataluña, los traidores estaban atrincherados en los cuarteles generales de los ejércitos del centro y del sur. Esta fue también la razón de las subterráneas actividades saboteadoras que acompañaron a las operaciones emprendidas para socorrer a Cataluña, tanto durante la lucha en el Ebro, como durante el ataque a la misma Cataluña.

Los saboteadores se atrincheraban no solamente en los cuarteles generales del ejército en la zona central, sino también en el cuartel general del Estado Mayor General.

Estrechamente ligados a ellos trabajaban los capituladores y los traidores que habían llegado a posiciones estratégicas en el gobierno y en el ejército –los trotskistas, los caballeristas y los provocadores de la FAI anarquista–. Emprendieron una campaña derrotista e hicieron cuanto pudieron para desacreditar al gobierno, sobre el cual hacían recaer toda la culpa de las derrotas militares. Provocaron inquietud en el pueblo, diseminaron rumores para confundir las mentes de las masas, trataron de romper la unidad del ejército, apoyaron las actividades subversivas de los espías y traidores de la quinta columna en territorio republicano, y atacaron salvajemente a los comunistas.

Cuando, bajo la presión del Partido Comunista de España, Negrín por fin –tres días antes de la revuelta de Casado– se dispuso a tomar ciertas medidas contra los instigadores de la traición, los traidores apresuraron la hora de la rebelión. La bandera de la monarquía fue enarbolada en Cartagena.

Fueron eliminados varios miles de hombres del Ejército Republicano, incluyendo dirigentes comunistas. Pero la flota se dio a la huida después de que los marinos comunistas habían sido arrestados; y la pandilla de Casado-Besteiro consumó el golpe traicionero en Madrid y empezó a ejercer salvajes represalias contra los comunistas. Estos opusieron una firme resistencia, y hubieran podido sofocar la rebelión si el enemigo, en complicidad con los traidores, no hubiera atacado el sector del frente que estaba al mando de los comunistas.

En otros frentes los traidores amenazaban con dar paso al enemigo si los comunistas procedían frente a la pandilla Casado-Besteiro-Miaja. Veintitrés días después esta pandilla rindió el frente al enemigo y abandonó al pueblo a la «benigna» merced de Franco.

El Partido Comunista de España en la guerra por la libertad y la independencia

Durante toda la guerra los comunistas pelearon abnegadamente por los intereses del pueblo trabajador. La participación de los comunistas en el gobierno tuvo los más positivos resultados. El Ministerio de Agricultura, que estaba a cargo de un comunista, realizó las esperanzas de los campesinos: confiscó las propiedades de los grandes terratenientes y las entregó a los trabajadores agrícolas y campesinos pobres. Dio ayuda a los campesinos por medio de créditos, de semilla y de maquinaria agrícola. El ministerio de Educación, del que también era titular un comunista, hizo todo lo posible por poner la cultura al alcance del pueblo. Miles de nuevas escuelas, kindergartens y sanatorios para niños fueron abiertos. Fueron creados «Departamentos Culturales de Milicia» para enseñar a leer y escribir a los hombres en las trincheras. Se abrieron escuelas superiores para la juventud obrera. Los comunistas del ejército –comandantes, comisarios y soldados–, dieron ejemplo de valor y disciplina. En las fábricas, en las factorías, en los talleres y en el campo, por donde quiera los comunistas eran los elementos dirigentes de la producción, y por donde quiera daban ejemplo de denodada voluntad y entusiasmo.

El partido comunista fue el único partido que estuvo activo en todas las fuerzas relacionadas de algún modo con la guerra. Fuertemente unido por una voluntad única, siguió, una línea política uniforme que fue aprobada y apoyada por todos sus miembros y simpatizantes. Fue el único partido en el que existía entre sus miembros y la dirección una genuina unidad y una firme coherencia, así como entre el partido y las masas. Esto era posible porque fue el único partido que se apoyaba en la teoría revolucionaria del marxismo-leninismo y que educaba a sus miembros en el espíritu stalinista de la lucha implacable contra el enemigo de clase, en el espíritu del internacionalismo proletario y de la lealtad a los intereses de las masas trabajadoras. Las actividades del Partido Comunista de España, especialmente durante la guerra, le ganaron el amor y la confianza de las masas, y el resultado se tradujo en un considerable aumento del número de sus miembros –de 100.000 miembros en toda España antes de la guerra a 300.000 en el territorio republicano sólo durante la guerra–.

Pero el partido comunista tenía sus puntos débiles. En su esfuerzo para mantener unido al frente popular no previno a tiempo al pueblo que los representantes de otros partidos y organizaciones estaban usando el frente popular como una careta para sus traidoras actividades. Preocupado principalmente de la situación del frente en vista del inevitable ataque del enemigo, descuidó de movilizar a las masas contra los traidores y no aplastó la rebelión traicionera, aunque, tenía a su disposición las fuerzas necesarias. Pero en cambio de todas estas deficiencias, el partido cumplió sin vacilación y abnegadamente su deber para con el pueblo español y el proletariado internacional.

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¿Cuáles son las lecciones que hay que sacar de la guerra de independencia del pueblo español? La experiencia de esta guerra y de las actividades del Partido Comunista de España demuestra que la fuerza de la clase obrera se centuplica cuando está dirigida por un partido revolucionario unido, monolítico y por una organización sindical unida conducida por ese partido.

La guerra del pueblo español demostró que en las condiciones difíciles y peligrosas en que se decidía la lucha, todos los partidos y organizaciones, excepto el partido comunista, capitularon y desorganizaron a las masas con su política y sus actividades.

La garantía fundamental de una alianza de la clase obrera con el campesinado y la clase media es la unidad revolucionaria del proletariado, dirigido por el partido comunista.

La firme solidaridad del partido comunista hasta su célula más modesta, su iniciativa, sus firmes lazos con las masas, y, en particular, su actividad independiente, son condiciones esenciales para reducir al mínimo las vacilaciones de sus aliados y para descartar las posibilidades de traición.

Para derrotar al enemigo exterior, es necesario destruir al enemigo interior.

Para infligir la derrota al enemigo en una revolución popular, el antiguo aparato de gobierno, que sirve a los intereses de la reacción, debe, ser destruido y reemplazado por un nuevo aparato de gobierno que sirva a los intereses de la clase obrera.

Para obtener la victoria en una lucha similar a la sostenida por el pueblo español es esencial contar con un gobierno firme y, con un movimiento inspirado por una voluntad común, que sean capaces de vencer todos los obstáculos y de agrupar a todo el país en el único objetivo de destrozar al enemigo.

Desde la terminación de la guerra en España la lucha de la clase obrera española y de todo el pueblo español se ha estado desarrollando en condiciones enteramente nuevas en el interior y en el exterior, en medio de la segunda guerra imperialista.

El país está en un estado de ruina y de dislocación. La guerra ha causado grave daño a muchas de las carreteras, a los puertos más importantes –Barcelona, Valencia, Cartagena, Alicante, Almería–, a los ferrocarriles y a los servicios de transporte, a la flota mercante, al sistema de transporte automovilístico, a las fábricas, a las factorías, etc. El costo de la reparación del daño causado por la guerra se estima aproximadamente en 20.000.000.000 de pesetas. Un gran número de establecimientos industriales que han permanecido intactos están sufriendo una profunda crisis, debida en parte a la falta de materias primas y en parte a la dislocación económica.

La agricultura está atravesando también por graves dificultades. Los reaccionarios españoles están tratando de escapar del resquebrajamiento y de la dislocación económica por medio de la persecución brutal a la clase obrera, al campesinado y a las amplias masas de la población trabajadora. Todos los beneficios obtenidos por los obreros y los campesinos a través del frente popular se han nulificado. Todos los derechos y las libertades del pueblo han sido abolidos. Los derechos nacionales y las libertades de los vascos y de los catalanes han sido anulados. Los consejos de guerra están procesando, por término medio, cuatrocientos hombres y mujeres diariamente, un 70% de los cuales es sentenciado a morir fusilado. Se cree que alrededor de 100.000 prisioneros, entre ellos 8.000 mujeres, están pereciendo en los campos de concentración y en las prisiones de Madrid. Tan grande es el número de personas arrestadas que los reaccionarios están convirtiendo los monasterios y los circos de toros en prisiones. Unas 20.000 personas han sido fusiladas en Levante y 30.000 en Cataluña. Solamente en Madrid ha habido más de 50.000 fusilados. No es menor el número de los que han sido arrestados y fusilados en Bilbao y en Galicia. Y las sangrientas represalias siguen todavía.

Una gran parte del ejército republicano ha sido convertido en batallones de trabajo forzado que están obligados a trabajar sin paga. Simultáneamente, los reaccionarios han emprendido una «purga» de las fabricas, factorías, bancos, casas comerciales, y servicios del gobierno, como resultado de lo cual miles de hombres y mujeres han sido lanzados a la calle, dejándolos morir de hambre. Los contratos de salarios han sido anulados. Han sido introducidas escalas de salarios correspondientes a los que prevalecían antes de julio de 1936. Los impuestos han sido aumentados desmedidamente. Ha sido aprobada una ley que establece que «la indiferencia y la negligencia» en el trabajo es un delito punible. En una palabra, además de las represalias ha sido establecido un régimen brutal de explotación y de robo de los trabajadores.

No menos severo es el régimen en el campo. La tierra ha sido quitada a los campesinos y devuelta a los terratenientes. Los dueños están cobrando el pago de renta correspondiente a los tres años de guerra, así como la renta anteriormente atrasada. El hambre y la necesidad andan desenfrenadas entre la población trabajadora. Pero las masas, sobre todo la clase obrera, no se están resignando dócilmente a este estado de cosas. El descontento se extiende y asume enormes proporciones. Lejos de disminuir, el odio al régimen de Franco crece de día en día. Hasta Franco y sus ministros se han visto obligados a admitir abierta y públicamente que el país está dividido en dos campos mortalmente hostiles como antes. La resistencia del proletariado y de las masas al régimen reaccionario y a la explotación está tomando las más variadas formas.

Una de las formas de resistencia es la simpatía y la ayuda que se da a los presos políticos. La campaña por la amnistía y la libertad de estos se está convirtiendo en uno de los factores políticos y organizativos más importantes en el movimiento de los pobres, de la clase obrera, de los campesinos y de la juventud obrera contra la reacción. Se está sosteniendo una lucha contra los «precios fijos» y otras formas de robo, del campesinado. La lucha contra el lucro es creciente. La clase obrera está comenzando a resistir –aunque todavía no en una forma suficientemente organizada y en masa–, a la reducción de salarios y a las esclavizantes condiciones de trabajo, incluso comienza a luchar por un mínimo de derechos y libertades. En el campo se está emprendiendo una lucha –aunque no todavía con suficiente decisión y organización–, contra los contratos esclavizadores, contra los altos impuestos y contra los usureros y terratenientes. Los pueblos oprimidos de Cataluña, de Euskadi y de Galicia continúan resistiendo a sus verdugos que les han robado todos sus derechos y privilegios.

La ruina económica, la insatisfacción y la indignación de las masas, junto con el desempleo, el hambre, la usura y la terrible explotación; el odio de las masas hacia sus verdugos y hacia todo el sistema de represión sangrienta y de tiranía; la incapacidad de la pandilla dominante para dar frente a las crecientes dificultades, todo esto está agravando e intensificando los antagonismos de clase hasta el extremo. Y esto, a su vez tiende a agravar e intensificar los antagonismos que se producen en el campo de los mismos reaccionarios.

La nueva situación internacional creada por la segunda guerra imperialista ha agravado aún más e intensificado los antagonismos en España. Las fuerzas negras de la reacción en España y las potencias imperialistas –Inglaterra, Francia, Italia, etc.– están trabajando febrilmente para arrojar al país a las llamas de la guerra. Los círculos dirigentes españoles, que han proclamado verbalmente su neutralidad, están en realidad negociando con las potencias imperialistas con el objeto de vender al pueblo español al grupo imperialista que pague mejor precio. Pero el proletariado y el pueblo de España no tienen la menor intención de pelear y derramar su sangre en defensa de los intereses de los imperialistas británicos, franceses, italianos, o de cualesquiera otros. El pueblo, español ha aprendido de la amarga experiencia que todavía está fresca en su conciencia, cuál es la verdadera naturaleza y el verdadero significado de la política exterior de las potencias imperialistas, y resistirá por lo tanto todos los intentos de la pandilla dominante por enredar a España en la guerra imperialista.

Un examen de la situación en España desde la derrota de la república nos conduce a las siguientes conclusiones: la victoria de la reacción no está de ningún modo asegurada; el régimen de Franco no tiene base firme en el país y su inestabilidad crece de día en día; el descontento se está extendiendo entre el pueblo y la resistencia de las masas está ganando fuerza.

Tal es la situación dentro del país, y dentro de esta situación el Partido Comunista de España está llevando a cabo su trabajo. El Partida Comunista de España, que en la acción, en el curso de tres años, ha probado ser la fuerza organizativa y dirigente más efectiva de la heroica lucha del pueblo español por la libertad y la independencia, continúa, a despecho de todas las represiones sangrientas, trabajando infatigablemente por la reorganización y consolidación de sus filas, por el agrupamiento y la fusión de las fuerzas del pueblo para llevar adelante la lucha contra la reacción interior y exterior. Organizando y dirigiendo la lucha de los obreros y de los campesinos por sus reivindicaciones concretas inmediatas, empleando las más diversas formas de lucha del pueblo trabajador contra los explotadores y los reaccionarios y descubriendo a los traidores de todos los matices, el partido comunista está capacitando a las masas para pasar a una fase superior de la lucha.

Armado de rica experiencia, y guiado por las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin y Stalin, el Partido Comunista de España, ganando la confianza de masas cada vez más amplias, está conduciendo al proletariado español y a todo el pueblo de España a emanciparse de la reacción y del capitalismo.

Anotaciones del «Equipo de B. N.»

[1] En el caso de la contienda sucedida en España desde 1936 a 1939, los marxista-leninistas caracterizaban así el carácter de la lucha de los comunistas en esta guerra:

«En los primeros momentos, la lucha pudo tener solamente el carácter de una lucha entre la democracia y el fascismo, entre la reacción y el progreso, entre el pasado y el porvenir; pero ya ha roto sus marcos, para transformarse en una guerra santa, en una guerra nacional, en una guerra de defensa de un pueblo que se siente traicionado, herido en sus más caros sentimientos; que ve a su patria, su hogar, el hogar donde reposan sus mayores, en peligro de ser desgarrado, arrasado y vendido al extranjero, la independencia nacional en peligro y, como en las jornadas gloriosas de pasadas luchas, defiende la integridad del país. Toda la España que siente, que piensa, que trabaja, la España de la ciencia, de la cultura, de las artes, del trabajo, las mujeres, los niños, los viejos, los jóvenes, los hombres, impulsados por el mismo anhelo, por el mismo afán, gritan su encendida protesta, empuñan las armas con coraje y se disponen a defender, vendiendo caras sus vidas, el suelo que les vio nacer y que no consentirán sea hollado por la pezuña sangrienta de los traidores a su patria ni por la de los ladrones extranjeros». (Partido Comunista de España; Manifiesto del Comité Central del Partido Comunista de España, 18 de agosto de 1936)

José Díaz, como buen marxista-leninista, hace una diferenciación entre las guerras –aprovechando así, para desmontar el falso pacifismo burgués–:

«La clase obrera y el marxismo en general, es necesario advertirlo, no tienen nada de común con ese falso pacifismo. El marxismo ha afirmado siempre que hay guerras justas y guerras injustas; que existen situaciones en que el pueblo debe tomar las armas para luchar en defensa de sus libertades y de su propia existencia. Sobretodo y por encima de todo, cuando se trata de la guerra sagrada, legítima y progresiva en defensa de la independencia nacional». (José Díaz; Lo que España enseña a Europa y América; Conferencia pronunciada en Barcelona, en la tribuna de la Unión Iberoamericana, noviembre de 1938)

[2] En lo referente al tema agrario: durante la guerra nacional revolucionaria de 1936-1939 fue el único momento en el cual las masas trabajadoras del campo vieron correspondidas realmente sus reclamos más básicos, como venían clamando los comunistas desde antes de la contienda:

«El más importante aliado que el partido comunista debía atraer junto al proletariado eran las grandes masas de campesinos. Desde el primer día de la revolución democrático-burguesa, el partido luchó por solucionar el problema agrario; al mismo tiempo, por la liquidación de los remanentes feudales que estaban muy extendidos y profundamente arraigados en el país, para de este modo poder establecer una firme alianza entre la clase obrera y los millones de campesinos. Nuestro partido fue el único partido político que en España comprendió la necesidad vital de esta alianza. Fue el único partido que levantó la consigna de la confiscación de las grandes propiedades de la Iglesia y del Estado, sin indemnización, así como la consigna de la libre distribución de esta tierra entre los campesinos y los agricultores pobres. Solamente en el curso de la guerra le fue posible al partido dar una solución a este problema principal de la revolución democrático-burguesa de un modo revolucionario; para eso se basó en la determinación revolucionaria de las masas campesinas de apoderarse de la tierra. El Decreto dictado por el Ministerio comunista de Agricultura, el 7 de octubre de 1936, solucionaba fundamentalmente el problema agrario de la zona republicana libre de las leyes de Franco. Unas 4.860.386 hectáreas junto con los necesarios aparejos de trabajo pasaron a manos de los campesinos pobres y de los obreros agrícolas. Además, concediendo créditos y semillas, así como con una ayuda de medios técnicos, el Ministro de Agricultura les proporcionó una intensa ayuda material. El Partido Comunista de España, esforzándose por mantener una estrecha alianza con los campesinos, tuvo en cuenta que la gran mayoría de estos no estaba todavía preparada para cultivar la tierra colectivamente. Fue entonces necesario sostener una obstinada y tenaz lucha contra los anarquistas, así como también contra los anarco-socialistas que propagaban la política aventurera de la sindicalización y colectivización forzada de la tierra. Gracias a esta política consistente y trabajo práctico del partido comunista, estos enemigos del campesinado que tanto daño hicieron al principio de la guerra, no pudieron llevar a cabo sus fines. La alianza entre la clase obrera y los campesinos se fortaleció y aseguró». (José Díaz; Las enseñanzas de Stalin, guía luminoso para los comunistas españoles, 1940)

[3] Para entender mejor la política histórica del Partido Comunista de España respecto a la cuestión nacional, recomendamos ver la obra del catalán Joan Comorera: «José Díaz y el problema nacional» de 1942, obra que escribiría para el obituario de sevillano agradeciéndole su ayuda en la consolidación del Partido Socialista Unificado de Cataluña y la resolución de la cuestión nacional en Cataluña y otros lugares de la geografía hispana:

«Si hemos llegado donde estamos, si se nos ha hecho el honor de reconocernos Sección de la Komintern, es indiscutible que, en gran medida, se lo debemos al camarada José Díaz, y a su partido, el Partido Comunista de España. La gran deuda de gratitud que nosotros tenemos con el camarada José Díaz, por sus trabajos incalculables en el proceso de formación, desarrollo y consolidación del PSUC, y, precisamente, con él y no con otros líderes del movimiento político obrero que estaban representados en Cataluña antes de la fusión, no es hecho casual ni fortuito, tenía que ser así y no de otra manera. Porque de todos los jefes políticos del movimiento obrero, José Díaz, al frente del Partido Comunista de España fue el único luchador consecuente por la unidad política y sindical de la clase obrera española, él y su partido que estudiaron y asimilaron la teoría leninista-stalinista sobre el problema nacional, él y su partido que se esforzaron por aplicar la teoría a la realidad de España». (Joan Comorera; José Díaz y el problema nacional, 1942)

No nos cansamos igualmente, de repetir esta cita del autor catalán, que resume en breves palabras la línea de los marxista-leninistas de entonces:

«La clase obrera, claro, tiene una concepción propia de la cuestión nacional, una concepción opuesta, inconciliable a la del reaccionario nacionalismo burgués. Nosotros profesamos la teoría nacional staliniana, los principios básicos son: el problema nacional es inseparable de la lucha por el aniquilamiento de la explotación capitalista; el derecho de autodeterminación de los pueblos es inalienable; la nación, en ejercicio democrático de su derecho, puede constituirse en Estado separado, puede unirse a uno u otro Estado, puede federarse con el Estado al que históricamente pertenece, y el respeto de esta voluntad nacional libremente expresada es obligatorio; todos los pueblos son iguales en derechos y los pueblos más avanzados tienen el deber de ayudar a los más atrasados a elevarse al mismo nivel; la unión libre de los pueblos iguales en derechos elimina toda posibilidad de opresión nacional, pone la nación al servicio de la humanidad y asegura la convivencia fraternal de los pueblos, la construcción de una vida pacífica, de bienestar progresivo y de libertad verdadera». (Joan Comorera; Carta abierta a Reyes Bertal, 1948)

[4] El Partido Comunista de España también fue líder no sólo en las reivindicaciones y acciones agrarias, sino en la creación del nuevo Ejército Popular, después de desertar gran parte del Ejército Republicano tras el alzamiento militar del 18 de julio de 1936, esta labor la realizó desde los primeros días, inspirándose en las milicias populares reunidas en el Vº Regimiento, quién a posteriori serían la médula del Ejército Popular:

«Desde los primeros días de la rebelión, el Partido Comunista de España comprendió que era necesario tener una fuerza bien armada, un ejército para la lucha contra un enemigo tan poderoso como el nuestro. Este convencimiento estaba reforzado por las experiencias de la guerra civil en la Unión Soviética y por la intervención extranjera. (...) El Vº Regimiento, formado por el Partido Comunista de España, fue la base para la realización de nuestra línea encaminada a dar al pueblo una formación política firme y un entrenamiento militar. La composición social del Vº Regimiento, su organización, su disciplina, su capacidad de lucha y heroísmo, fueron los mejores argumentos para convencer a las amplias masas, cuya hostilidad hacia los militares estaba fuertemente arraigada en el odio al antiguo ejército, de que la creación de una fuerte organización militar era indispensable, pues sin ella la posibilidad de una lucha victoriosa contra la reacción interna y extranjera era completamente inconcebible. A base de sus diarias experiencias, el Vº Regimiento pudo deshacer las «teorías» de los socialdemócratas y anarquistas, quienes por su incapacidad para comprender la tarea de la transformación de nuestra guerra civil en una guerra nacional revolucionaria, se resistían obstinadamente a la creación de un ejército, «basándose» en que España era un país de guerrilleros y no de soldados y que sus ejércitos siempre habían actuado contra los intereses del pueblo. Un fuerte golpe recibieron los planes de los dirigentes de los partidos republicanos y los militares que querían simplemente unir los remanentes del viejo ejército. El Partido Comunista de España sabía cómo vencer la resistencia de todos éstos y asegurar la creación de un ejército regular popular. La creación de un ejército regular popular siguió a la disolución del Vº Regimiento. Los 70.000 luchadores del Vº Regimiento fueron el núcleo y el alma de este nuevo ejército. Miles de los mejores comandantes y comisarios del ejército del pueblo salieron del Vº Regimiento». (José Díaz; Las enseñanzas de Stalin, guía luminoso para los comunistas españoles, 1940)

Reclamaría en cuanto al carácter, fidelidad y objetivos del nuevo ejército regular:

«Nosotros queremos que el ejército del pueblo sepa por qué y para qué lucha, que comprenda la necesidad de obedecer al mando único, a sus mandos más próximos, que sepa que en esta lucha que estamos librando contra el fascismo nacional e internacional no luchamos por los privilegios de los grandes capitalistas, de los grandes terratenientes y de los grandes banqueros, que eran quienes tenían el ejército anterior, que se ha marchado y que estoy seguro de que no volverá más». (José Díaz; El Partido Comunista quiere un ejército regular para ganar la guerra y predica con el ejemplo; Discurso pronunciado en el Cinema Goya, de Madrid, , en el acto de disolución del V° Regimiento, 27 de enero de 1937)

En cuanto a las teorías sobre el apoliticismo del Ejército:

«Algunas consideraciones para contestar a apreciaciones erróneas sobre lo que debe ser el Ejército regular. Hay quien pretende –y hasta parece que existen dos documentos en este sentido– hacer de nuestro ejército, del ejército que cuenta en sus filas y en puestos de responsabilidad y de mando a los mejores elementos de los partidos políticos y de las organizaciones sindicales, un ejército apolítico. Conviene dejar bien sentado, ante todo, que no existe ningún ejército apolítico. Todo ejército sirve a una política, El ejército que tenía la República antes del 19 de julio era político también. Desgraciadamente, hizo una política favorable a la reacción y al fascismo. Por eso se sublevó, en su inmensa mayoría, contra la República. El Ejército fue utilizado para la política fascista. Es que puede ser apolítico un Ejército que se ha formado voluntariamente para luchar contra el fascismo, expresión de la política más detestable y brutal que conoce la historia? Nuestro ejército es un ejército político, al servicio de la política del frente popular, al servicio del pueblo. Es el defensor, con las armas en la mano, de la política del frente popular que triunfó en las urnas el 16 de febrero, triunfo que consolidó la República democrática, que los políticos reaccionarios y fascistas han querido destruir con la ayuda del fascismo internacional. Con las armas en la mano, nuestro ejército defiende la política del frente popular, que representa la independencia de nuestra patria, tierra y libertad para nuestro pueblo, pan, trabajo y paz para todos los pueblos, para todos los que aman una vida de progreso y de civilización. Sólo puede defenderse con tesón y entusiasmo una causa cuando se está convencido de la belleza y de la justicia de la misma. Nuestro ejército, el ejército del pueblo, debe ser educado en el amor al pueblo y a sus derechos, en el anhelo de una vida mejor y más libre, de una vida de trabajo y de bienestar. Todos los ejércitos nacidos de las entrañas del pueblo han sido los instauradores materiales de una política de contenido popular. Eso fue el ejército de la Revolución francesa. Eso fue y es el Ejército Popular de la Unión Soviética; eso fue y es el Ejército que lucha por la independencia de China. ¿Quién está, pues, interesado en que nuestro ejército sea apolítico? Los Franco, los Queipo de Llano, toda la canalla fascista y sus agentes directos o indirectos que, por desgracia, pueden quedar y quedan aún en nuestras filas y en las de nuestro Ejército. (Grandes aplausos)». (José Díaz; Por la unidad, hacia la victoria; Informe pronunciado en el Pleno del Comité Central del Partido Comunista de España celebrado en Valencia, 5 y 8 de marzo de 1937)

[5] La práctica económica llevada a cabo en la España Republicana y antifascista durante 1936-1939, tiene gran relación con las particularidades dadas en otras experiencias a posteriori: si analizamos la primera etapa de las llamadas democracias populares de Europa del Este, es decir, las medidas económicas que resolvían las tareas antifeudales, antimonopólicas, antiimperialistas, antifascistas, y que abrían paso para la posterior revolución socialista, tienen estrecha relación con lo sucedido en la España Republicana que liquidó a gran parte de las clases explotadoras en su territorio gracias a la guerra antifascista:

«En la España republicana ya no hay terratenientes, ni grandes capitalistas». (José Díaz; Lo que España enseña a Europa y América; Conferencia pronunciada en Barcelona, en la tribuna de la Unión Iberoamericana, noviembre de 1938)

Por ello, como punto siguiente a la victoria en la guerra, se consolidaría por el momento una República con un carácter antifascista muy parecido al de los países de Europa del Este tras la Segunda Guerra Mundial:

«Una república que no es al modo de las repúblicas anquilosadas que conocemos de otros países, sino una república de nuevo tipo, erigida sobre la base de liquidar lo que ha sido liquidado ya en nuestro territorio: los grandes terratenientes, los grandes capitalistas, los banqueros y los fascistas. Lo que hace falta es consolidar estas conquistas de carácter democrático, y lo primero que necesitamos para consolidar esta situación es ganar la guerra». (José Díaz; Lo que España enseña a Europa y América; Conferencia pronunciada en Barcelona, en la tribuna de la Unión Iberoamericana, noviembre de 1938)

Por todo ello se diría:

«Nuestro pueblo ha vivido sin terratenientes, sin grandes capitalistas, y sabe lo que esto vale». (José Díaz; Las enseñanzas de Stalin, guía luminoso para los comunistas españoles, 1940)

[6] Todos los grandes marxista-leninistas entendieron la significación internacional del fallido golpe de Estado del 18 de julio de 1936 que desembocaría en la guerra civil española; al intento de la reacción española de establecer una abierta dictadura terrorista, es decir, de una dominación de tipo fascista, y la relevancia de la resistencia de las masas trabajadoras:

«Al ayudar en lo posible a las masas revolucionarias de España, los trabajadores de la Unión Soviética no hacen más que cumplir con su deber. Se dan cuenta de que el liberar a España de la opresión de los reaccionarios fascistas no es asunto privativo de los españoles, sino la causa común de toda la humanidad avanzada y progresista». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Carta al Comité Central del Partido Comunista de España, 15 de octubre de 1936)

Georgi Dimitrov, plasmaría igualmente:

«No debemos olvidar que, para acelerar y facilitar la victoria del pueblo español –que a costa de su sangre, defiende, no sólo su libertad y su independencia, sino también las libertades democráticas de los otros pueblos, así como la causa de la paz– es necesario reforzar aún más las acciones de solidaridad del proletariado internacional y de todas las fuerzas democráticas». (Georgi Dimitrov; En el umbral de un nuevo año, diciembre, 1936)

Otro ejemplo de la relevancia en la historia lucha de clases:

«Durante todo un año ahora el pueblo español, en la primera línea de la lucha contra la reacción y el fascismo mundial, han estado defendiendo valientemente su libertad e independencia y salvaguardando así los intereses de la democracia, la cultura y la paz contra los bárbaros fascistas y belicistas. Puede afirmarse sin exageración que después de la gran Revolución de Octubre de 1917 esta heroica lucha es uno de los eventos más importantes de la historia política de la posguerra de Europa». (Georgi Dimitrov; Un año de heroica lucha del Pueblo Español, julio de 1937)

[7] El imborrable José Díaz, sería uno de los marxista-leninistas que mejor y más finamente desmontarían ante las masas trabajadoras nacionales e internacionales la falsedad de la política de «paz», «solidaridad» y «antifascismo» de los gobiernos de las repúblicas burguesas occidentales; siendo la guerra civil española su «talón de Aquiles» en su propaganda, pues evidenció que su postura no conducía a otro final que no fuera la victoria del fascismo debido a: (1) hacer el juego a las teorías fascistas sobre el carácter de la guerra española:

«La agresión de la Italia fascista y de la Alemania hitleriana contra la República española ha podido desarrollarse hasta hoy gracias al apoyo del gobierno conservador y de la burguesía reaccionaria de Inglaterra. También la burguesía fascista de Francia apoya a Franco y quiere la victoria de los facciosos. Los fascistas franceses son traidores a su patria y agentes descarados de los enemigos de su país. Los conservadores ingleses, si bien no se les puede hoy considerar como verdaderos fascistas, de hecho coinciden con la posición y con la política del fascismo. Animados por la defensa de sus intereses egoístas de clase, de casta, e incitados también, posiblemente, por el deseo de debilitar a Francia, aceptan el sofisma fascista de que en España la lucha es entre el fascismo y el bolchevismo. Su ceguera les impide ver que en España se lucha hoy por defender las que son reivindicaciones y conquistas fundamentales de la revolución democrático-burguesa: la libertad, la independencia nacional, la fraternidad entre los pueblos, el respeto a la moral y al derecho internacional. La lucha que se desarrolla en España es una parte del combate mundial entre la democracia y el fascismo que quiere destruirla. Bajo la máscara de la lucha contra el bolchevismo, se reúnen en un bloque de guerra los bandidos que quieren incendiar a todo el mundo. Esto, y no otra cosa, es el eje Berlín-Roma-Tokio, y se engaña profundamente la burguesía reaccionaria de Inglaterra si cree que, apoyando a Franco y a los agresores fascistas, puede evitar la guerra mundial. No se evita la guerra incitando, favoreciendo a los que la preparan y la están haciendo. La política reaccionaria de Inglaterra no evita, sino que acelera la preparación de una guerra, en la que los bandidos fascistas se lanzarán a, la destrucción de las libertades de todas las naciones europeas». (José Díaz; Para aplastar a Franco, más unidos que nunca dentro del frente popular; Informe pronunciado en el Pleno del Comité Central del Partido Comunista de España, celebrado en Valencia, del 13 al 16 de noviembre de 1937)

(2) Su política de que para parar al fascismo, hay que hacerle concesiones:

«La agresión fascista contra España fue y es favorecida por la falsa política de los demás países democráticos y de las fuerzas de la democracia europea en general. Como en Alemania, como en Asturias, en el período en que el fascismo se organizaba y luchaba por tener en sus manos todo el poder, la democracia pequeño burguesa vacila, cae, una vez más, con los ojos cerrados, en el error fatal que consiste en creer que se puede parar al fascismo cediéndole una posición tras otra. De capitulación en capitulación, los jefes socialdemócratas de Alemania y de Austria han terminado su carrera política en el campo de concentración, y los obreros, que ellos han desarmado, sufren hoy los horrores de la dictadura fascista. De capitulación en capitulación, los jefes demócratas y socialdemócratas de Francia, Inglaterra, Checoslovaquia y de los demás países democráticos, amenazan con arrojar a toda Europa en el abismo de una guerra mundial». (José Díaz; Para aplastar a Franco, más unidos que nunca dentro del frente popular; Informe pronunciado en el Pleno del Comité Central del Partido Comunista de España, celebrado en Valencia, del 13 al 16 de noviembre de 1937)

(3) El abierto sabotaje de ciertas facciones socialdemócratas contrarias al frente único con los comunistas, contrarios también a las actitudes y resoluciones de su propia militancia e Internacional sobre la cuestión española:

«La ayuda activa del proletariado internacional aún no ha podido ser lo bastante amplia y enérgica, por falta de unidad y como consecuencia de la falsa política de algunos jefes de la socialdemocracia, que están ya más cerca de la burguesía imperialista y reaccionaria que del proletariado. Sabemos que la Internacional Obrera Socialista ha aprobado muchas resoluciones sobre la ayuda a España, exponiendo posiciones justas. Sabemos que la IOS y la Federación Sindical Internacional nos han dado alguna ayuda práctica de importancia: voluntarios y oficiales socialistas que luchan en las Brigadas Internacionales, codo a codo con comunistas y republicanos. Pero sabemos también que hay gobiernos, dirigidos por socialistas, que practican, en relación con España, una política diferente de la que exponen las resoluciones de la Internacional Obrera Socialista. Hemos comprobado que los acuerdos de Annemasse, que el pueblo español saludó con entusiasmo, como el comienzo de una acción unida y decisiva de todas las organizaciones del proletariado internacional, no fueron seguidos por la acción que todos esperábamos, y esto no por culpa de la Internacional Obrera Socialista, sino por la oposición de una parte de los jefes de la socialdemocracia, en particular de los ingleses, que llegaron a amenazar con la escisión de la Segunda Internacional, si ésta se hubiera decidido a marchar junto con la Komintern –Internacional Comunista– en la defensa de España». (José Díaz; Para aplastar a Franco, más unidos que nunca dentro del frente popular; Informe pronunciado en el Pleno del Comité Central del Partido Comunista de España, celebrado en Valencia, del 13 al 16 de noviembre de 1937)

[8] Como había dicho José Díaz en 1934, el Partido Comunista de España aun no era un partido que pudiera «decidir las situaciones por sí solo», así que al igual que en octubre de 1934, cuando en julio de 1936 el alzamiento fascista explotó, tampoco podía hacer frente inicialmente a la acometida sin la ayuda de otros movimientos antifascistas, he aquí cómo se explica:

«El requisito decisivo para que la clase obrera llevara a cabo su papel dirigente era la unidad revolucionaria del proletariado. El proletariado español estaba dividido. Además de esto, el Partido Comunista de España entró en el campo de batalla cuando ya otros partidos, por ejemplo los socialdemócratas y los anarquistas, habían alcanzado gran influencia entre las masas obreras. En algunas provincias, como en el País Vasco y Galicia, una parte considerable de los trabajadores estaban bajo la influencia de los partidos burgueses nacionalistas. La mayoría de la clase obrera estaba organizada en dos grandes centrales sindicales: la Unión General de Trabajadores –UGT– y la Confederación Nacional del Trabajo –CNT–, que habían tenido un profundo arraigo en el movimiento obrero español durante largo tiempo. Pero estas dos centrales sindicales marchaban separadamente, cada cual por su camino y en no pocas ocasiones tuvieron fuertes luchas entre sí. Todo esto nos prueba que el problema de realizar la unidad del proletariado en España era diferente de como lo fue, por ejemplo, en la Rusia pre revolucionaria. Allí, como el camarada Stalin señala, el partido político de la clase obrera nació antes que los sindicatos. Allí, el partido político dirigía directamente las luchas del proletariado en todas las esferas, incluyendo las luchas económicas. La situación era diferente en los países capitalistas de la Europa Occidental y en España, donde los sindicatos nacieron mucho antes que los partidos obreros. Esta particularidad de los movimientos obreros del Occidente tenía una expresión más aguda en España que en los otros países. Sobre todo desde que el anarquismo, que había penetrado profundamente en el movimiento obrero, realizaba una lucha sistemática contra la participación de los obreros en la política y había hecho todo lo que estaba en su mano para evitar que las masas proletarias comprendieran el papel decisivo de un partido revolucionario en el movimiento obrero. Los bolcheviques que, bajo la brillante dirección de Lenin y de Stalin, han creado un partido revolucionario de nuevo tipo, fueron capaces desde el comienzo del movimiento obrero de evitar, por su lucha irreconciliable contra los mencheviques, que éstos tomaran arraigo en las secciones decisivas del movimiento obrero y de este modo pudieron asegurar la unidad revolucionaria de la clase obrera bajo la dirección del Partido Bolchevique. En España la situación era diferente. El Partido Comunista de España tuvo que forjar esta unidad durante la guerra. Tuvo que compensar por todo cuanto había sido descuidado mucho antes y fue necesario, por lo tanto, tener en cuenta el poderoso papel que los sindicatos tradicionalmente jugaban en el movimiento obrero, y después del levantamiento militar, en la vida de todo el país. El partido comunista consiguió éxitos parciales en el camino de la unidad de la clase trabajadora –unidad de acción entre la UGT y la CNT– pero no consiguió su fin principal y en primer lugar porque las camarillas de políticos, reformistas y anarquistas, profundamente metidos en los aparatos de estas dos organizaciones sindicales, no se identificaban con los intereses de la clase obrera sino que ellos no querían llevar la lucha a un fin victorioso; por el contrario, intentaban llevarla a la capitulación. La falta de unidad sindical debilitaba la unidad de la clase obrera y evitaba que el proletariado jugase el papel decisivo en la revolución democrático-burguesa y en la lucha por la independencia nacional». (José Díaz; Las enseñanzas de Stalin, guía luminoso para los comunistas españoles, 1940)

Ello demuestra, como ya hemos dicho, que pese a las condiciones objetivas, si el partido comunista no ha cumplido con las tareas de las condiciones subjetivas, el voluntarismo y el idealismo no podrán sustituir la falta de condiciones objetivas, por lo tanto todo intento de jugar a la toma de poder se quedará en eso, en intentos estériles, derrotas sucesivas del proletariado, y en un paulatino descrédito del buen nombre del comunismo que han usado estos aventureros.

[9] Joan Comorera comentaba años después de la derrota en la guerra civil, la influencia histórica que había alcanzado el anarquismo en las masas trabajadoras y en especial en la clase obrera:

«La clase obrera, desorientada por las prédicas antipolíticas y apolíticas, antiestatales y antiautoritarias, deslumbrada a menudo por fantasmagorías sentimentales que exaltaban su instinto revolucionario y la conducían a explosiones aventureras y sin salida, no comprendió que ella, como clase independiente, debía tener una teoría revolucionaria propia, debía forjar su propio partido político revolucionario. El anarquismo le había vendado los ojos y la entregó indefensa a las maniobras y a todas las trampas de la burguesía. Y así es como no captó que el antipoliticismo y el apoliticismo son la política de la reacción; que el apoliticismo la condujo a votar al lerrouxismo, antes, y a la pequeña burguesía nacionalista catalana, después. Así es como tampoco captó que el antiestatismo y el antiautoritarismo consolidan el monopolio burgués del Estado y de la autoridad y condenan a la clase obrera a la explotación despiadada, a las represiones brutales, a la desesperanza y a la impotencia. (…) Pues bien, queridos compañeros, la vida ha demostrado sobradamente que el anarquismo es una filosofía reaccionaria, ajena a la clase obrera, una prolongación de la burguesía hacia el campo obrero. La vida nos ha demostrado sobradamente que los grupos específicos, herederos del bakuninismo y los anarquistas individualistas, han sido un instrumento de la burguesía en el movimiento obrero, fuerza de choque aventurera y amoral de los inconciliables enemigos de la clase obrera y del pueblo». (Joan Comorera; La revolución plantea a la clase obrera el problema del poder político; Carta abierta a un grupo de obreros cenetistas de Barcelona, enero de 1949)


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