«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

jueves, 12 de febrero de 2015

El marxismo-leninismo, doctrina siempre joven y científica; Enver Hoxha, 1971

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El siguiente texto corresponde al capítulo número VI del discurso de Enver Hoxha en su: «Informe en el VIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania» del 1 de noviembre de 1971. En dicho capítulo se refutan algunas de las teorías de la época que pretendían denigrar, sustituir, o usar bajo su nombre para distorsionarlo, el marxismo-leninismo, esto es algo natural a lo largo de la pugna entre proletariado y burguesía, entre la ideología del proletariado y los que buscan destruirla:

«En su lucha por negar y denigrar el marxismo-leninismo, la burguesía ha tenido siempre a su lado, según las circunstancias, oportunistas de toda calaña, renegados de todos los colores. Todos ellos han predicado el fin del marxismo, considerándolo inadecuado a los nuevos tiempos, mientras que sus ideas «modernas» las han propagado como ciencia del futuro. Pero ¿qué fue de Proudhon, Lassalle, Bakunin, Bernstein, Kautsky, Trotski y sus secuaces? La historia no dice de ellos nada positivo. Sus prédicas han servido únicamente para frenar y sabotear la revolución, para minar la lucha del proletariado y el socialismo. En su enfrentamiento con el marxismo-leninismo sufrieron sólo derrotas y todos fueron a parar al basurero de la historia. De este basurero rebuscan de vez en cuando los nuevos oportunistas su programa ideológico, tratando de hacer pasar por suyas las fórmulas y las tesis fracasadas y desacreditadas de sus predecesores, y oponerlas al marxismo-leninismo. (...) Browder trató de presentar sus puntos de vista antimarxistas y contrarrevolucionarios, como línea general para el movimiento comunista internacional. Al igual que todos los revisionistas anteriores, so pretexto del desarrollo creador del marxismo y de la lucha contra el dogmatismo, trató de argumentar que la nueva época surgida después de la Segunda Guerra Mundial exigía que el movimiento comunista revisara sus anteriores convicciones ideológicas, debiéndose renunciar a las «fórmulas y prejuicios caducos», que, según él, «no van a ayudarnos en absoluto a encontrar nuestro camino en el mundo nuevo». Este era un llamamiento a abandonar los principios del marxismo-leninismo. (...) Comentando esta decisión en su informe que presentó al congreso, Liu Shao-chi declaraba que Mao Zedong había rechazado muchos conceptos caducos de la teoría marxista y los había sustituido con nuevas tesis y conclusiones.  (...) Así actúan hoy también los eurocomunistas. En sus esfuerzos por negar el marxismo-leninismo, presentándolo como «caduco»  so pretexto de encontrar teorías supuestamente nuevas para pasar al socialismo todos unidos, proletarios y burgueses, curas y policías, sin lucha de clases, sin revolución, sin dictadura del proletariado, los eurocomunistas no son ni los primeros ni originales». (Enver Hoxha; Eurocomunismo es anticomunismo, 1980)

Para entender la actualidad permanente de nuestra doctrina, veamos que es y en que descansa el marxismo-leninismo:

«El marxismo como ciencia no es un sistema de ideas congeladas inmutables, sino un sistema de pensamiento que se desarrolla históricamente. Sin embargo, mientras que la evolución continúa, el marxismo sigue siendo un sistema único y autónomo, como resultado del cual tiene una única interpretación correcta, en virtud de su esencia científica. De la misma manera los fenómenos de la naturaleza y sus leyes de desarrollo son estudiados por tales ramas de las ciencias naturales como la química, la biología, la física, etc., los fenómenos sociales son estudiados e interpretados por la ciencia marxista. Por la misma razón por la que sólo existe una posible interpretación científica de los fenómenos de la naturaleza, existiendo una ciencia de la química, la biología, la física, y no dos o más ciencias de la química, la biología y la física, sólo existe pues, un sistema científico único que es capaz de estudiar e interpretar los fenómenos sociales. Los principios del marxismo-leninismo no son postulados acerca de las leyes que rigen la sociedad y la historia por los siglos de los siglos. Son el resultado de un esfuerzo titánico para generalizar el conocimiento sobre los fenómenos sociales y que mejor reflejan su esencia. Por tanto, estos principios no son verdades eternas, la quintaesencia del pensamiento humano, concebido por las mentes de los genios. Los principios del marxismo-leninismo no preceden a la historia propia; sino que son un producto de la historia misma y que se derivan de esta última, son un reflejo de las leyes objetivas que rigen la realidad. Los principios del marxismo-leninismo no son un conocimiento místico de los ancianos, sino la mínima expresión de una ciencia en toda regla, cuyo objetivo final es comprender los procesos sociales con el propósito de cambiar la sociedad». (Rafael Martínez; Sobre el Manual de Economía Política de Shanghái, 2004)

En conclusión, no importa que el marxismo tenga más de 100 ó 200 años, ni que dentro de poco tenga 300 años, lo importante, es que su doctrina se mantenga acorde a las leyes objetivas de la sociedad actual. El presente documento del marxista-leninista albanés aparte de revisar a sus contemporáneos revisionismos como el soviético o el yugoslavo, repasará también diversos movimientos y teorizaciones que a inicio de los años 70 estaban en auge y en boca de todos –como ya analizó en otras ocasiones–; serían agrupaciones y desviaciones teóricas las cuales a día de hoy quizás al lector no le resulten «tan de moda»: 1) como los discursos exaltados e izquierdistas que no correspondían a la realidad e incluso contribuían a quemar las etapas de la revolución; 2) los actos de terrorismo sin ligazón con las masas y en nombre de las masas; o 3) el no tomar en cuenta las condiciones objetivas y subjetivas que suele dar a veces como resultado una aventurera acción insurrección tan heroica como estéril, etc. Pero ello no aminora la importancia de estudiar tales desviaciones que en su día querían ser institucionalizadas dentro del marxismo-leninismo o incluso alzarse como nueva doctrina «superadora del marxismo-leninismo», nuestros sabios lectores son sabedores conscientes de que históricamente la burguesía en su agresión ideológica suele volver a usar viejas bazas –a veces incluso confundiendo a las masas populares no alzando en su retorno las mismas banderas–. Por todo ello y con justa razón, durante estos días en que se celebraba el congreso de su partido, Enver Hoxha no tendría ningún miedo a separar el trigo de la paja, de denunciar las tanto las viejas como las nuevas doctrinas antimarxistas:

«Pero para nosotros todo está claro, nada puede engañarnos. El nuestro es un partido acostumbrado a todo, ha sobrepasado múltiples obstáculos y dificultades, ha luchado y ha acumulado una gran experiencia. Permaneceremos con la frente erguida luchando por la defensa de los principios marxista-leninistas contra quienquiera que sea, incluso contra todos si es necesario. El marxismo-leninismo nos ilumina el camino, y en caso de que le seamos fieles no nos meterá en un callejón sin salida». (Enver Hoxha; Las conversaciones de Chou En-lai con Henry Kissinguer; Reflexiones sobre China, Tomo I, 28 de octubre de 1971)

El documento:


El marxismo-leninismo, doctrina siempre joven y científica

La lucha contra la más peligrosa corriente antimarxista, el revisionismo moderno acaudillado por el soviético, ha estado constantemente en el centro de la atención del Partido. Consciente de la necesidad histórica de esta lucha, nuestro Partido ha desenmascarado los puntos de vista y tesis antimarxistas y la actividad contrarrevolucionaria, la demagogia y las tácticas fraudulentas de los revisionistas jruschovistas. Ha luchado resueltamente por arrancarles una tras, otra sus máscaras, por descubrir su catadura traidora y socialimperialista.

El Partido del Trabajo de Albania y los auténticos marxista-leninistas habían advertido desde el inicio mismo de la gran polémica con los revisionistas modernos, que el abandono de las posiciones de principio del marxismo-leninismo conduciría a estos últimos al regazo de la burguesía y del capitalismo, a la barricada de la contrarrevolución. La vida ha confirmado plenamente esta previsión.

El revisionismo, que apareció como una corriente oportunista y antimarxista en el seno del movimiento comunista, como resultado del mismo desarrollo lógico de la traición, se ha convertido en la actualidad en una corriente burguesa en el movimiento obrero idéntica a la socialdemócrata. Los países donde, los revisionistas accedieron al poder se han transformado en Estados burgueses que oprimen y explotan a los trabajadores del mismo modo que la burguesía de los países capitalistas [que no se disfrazan de marxistas, como los gobiernos de los países revisionistas - Anotación de Bitácora (M-L)]. El cabecilla del revisionismo, la Unión Soviética, se ha convertido en una potencia imperialista que practica una política expansionista y agresiva que lucha por la hegemonía y la dominación mundial. 

Puestos entre la espada, y la pared al haber sido desenmascarados por  las fuerzas marxista-leninistas, estremecidos por los fracasos y derrotas que sufren continuamente, atenazados por las contradicciones y la profunda crisis en que se debaten, los revisionistas modernos se esfuerzan, por maniobrar, por emplear diversas tácticas- para engañar a los comunistas y a los pueblos, para prolongar su dominio.

A pesar de que estos esfuerzos y maniobras, que fueron repetidos una vez más y obstinadamente en el XXIVº Congreso del PCUS de 1971, están ya muy gastados, no se les debe subestimar. Los revisionistas continúan manteniendo bajo su influencia y engañando a amplias capas de trabajadores, sobre todo en los países donde están en el poder. Continúan ocasionando grandes daños a la causa del comunismo. Para los marxista-leninistas, para los revolucionarios consecuentes el revisionismo sigue siendo un gran enemigo, no menos peligroso que la burguesía imperialista. Por ninguna razón debe alimentarse ilusión alguna- en esta cuestión. La lucha contra el revisionismo moderno acaudillado por los dirigentes soviéticos debe proseguir y fortalecerse, debe llevarse hasta el fin. Nada ni nadie podrá corregirlos, a no ser la revolución que los barrerá de la faz de la tierra.

El Partido del Trabajo de Albania, como hasta el presente, luchará con todas sus fuerzas contra la traición revisionista, convencido  de que cumple así con su deber ante su pueblo y ante el comunismo internacional. Consideramos la lucha ideológica contra el revisionismo moderno como parte integrante e inseparable de la lucha por la defensa y la construcción del socialismo en Albania, por el triunfo de la libertad de los pueblos y de la revolución en todo el mundo.

La situación actual hace todavía más imperativa la necesidad de fortalecer esta lucha de trascendencia histórica. Vivimos en un período de ascenso del ímpetu revolucionario. La lucha contra el imperialismo y la reacción adquiere cada vez mayores proporciones. En todos los continentes están en efervescencia los movimientos revolucionarios que hacen temblar los cimientos del viejo mundo de la opresión y la explotación. Se trata de la más clara expresión de la exacerbación de todas las contradicciones de clase y nacionales, internas y externas del sistema capitalista mundial, de la mayor profundización de su crisis general.

El desarrollo del proceso revolucionario mundial se ha hecho hoy muy variado. Los diversos destacamentos del movimiento revolucionario mundial luchan y actúan en diversas condiciones, se encuentran en diferentes etapas de desarrollo social, se plantean diferentes tareas y cuentan con su específica práctica histórica. Se está ampliando también la base social de clase de la revolución mundial. Además de la clase obrera, en los diferentes movimientos revolucionarios participan cada vez más activamente amplias capas sociales como el campesinado y la pequeña burguesía de la ciudad, los intelectuales y los estudiantes, los jóvenes y las mujeres que traen al movimiento todo el bagaje ideológico de las capas que representan, con lo que tiene de bueno y de malo.

Pero mientras existe un poderoso ascenso de las masas y de los pueblos en la lucha y la revolución, el punto débil del movimiento revolucionario en numerosos países y zonas radica precisamente en la ausencia de una estrategia y una táctica científicas que abran a las masas perspectivas revolucionarias y las orienten correctamente en el camino para alcanzar sus objetivos. La situación es tal que el movimiento práctico de las masas ha marchado y marcha adelante, en tanto que el factor subjetivo, la conciencia, la organización y dirección de las mismas ha quedado a la zaga en diversos países, no responde a las tareas de la época. En esto, desempeñan directamente un papel saboteador y de zapa los revisionistas modernos que, tras haber abandonado los ideales revolucionarios, se han convertido en esquiroles y bomberos de la revolución, y con sus puntos de vista y su actividad oportunista, y antimarxistas tratan de desarmar a la clase obrera y desorientar ideológica y políticamente las filas de la revolución. Hacen así el mayor servicio a la burguesía y a la reacción, causan el más grave daño a la causa de la liberación de los pueblos y del socialismo.

Con sus tesis sobre la extinción de la lucha de clases y sobre la colaboración de clases tras la máscara de la coexistencia pacífica, con las ilusiones acerca del cambio de naturaleza del imperialismo y de un mundo sin armas y sin guerras, con el temor a las armas atómicas y a la guerra termonuclear, con las prédicas sobre el tránsito al socialismo por la vía pacífica, etc., el revisionismo jruschovista se unió con la socialdemocracia y se transformó en una única corriente contrarrevolucionaria al servicio de la burguesía.

Esta plataforma oportunista y reformista del XXº Congreso del PCUS de 1956, desarrollada y completada en los congresos posteriores, fue presentada por los revisionistas como una plataforma que defendía el leninismo frente a las llamadas deformaciones stalinistas. De hecho se comprobó muy pronto que la corriente presentada bajó las consignas del antistalinismo era una corriente extraña al marxismo-leninismo, irreconciliable y en lucha con él.

Los revisionistas jruschovistas han preconizado y continúan haciéndolo con gran alboroto que con sus puntos de vista y sus tesis teóricas han sentado las «bases» de la lucha y del camino «correcto» para llegar al socialismo. En realidad se trata de un camino y una lucha que tienen como fin sofocar la lucha por el socialismo, apartar a las masas del camino de la revolución, perpetuar el orden capitalista y socavar en todas partes las victorias del socialismo.

Las teorías y las prácticas contrarrevolucionarias de los revisionistas sirven de sustento a las más diversas corrientes ideológicas hostiles, desde las burguesas más reaccionarias, hasta las trotskistas y las pequeño bur guesas. Los ideólogos burgueses tratan premeditadamente de presentar la traición revisionista como fracaso del socialismo y del marxismo-leninismo, como que el comunismo no es capaz de ofrecer una alternativa positiva a la solución de los problemas del mundo de hoy. Haciendo apología del régimen capitalista, pretenden que éste es hoy capaz de superar las contradicciones y los conflictos sociales, de crear una sociedad de «bienestar general», que la actual revolución técnico-científica está reemplazando a la revolución social, acercando el capitalismo al socialismo y fusionándolos, según ellos, en una nueva y única sociedad  «industrial» o «posindustrial». Este es el bando más reaccionario, el bando abiertamente anticomunista en la actual lucha ideológica.

Han sido reactivadas como nunca antes las diversas corrientes antimarxistas de los trotskistas y  de los anarquistas, quienes, infiltrándose en los diversos movimientos de masas, sobre todo entre la juventud y los intelectuales, pretenden pescar en río revuelto con el fin de apartar a las masas del camino justo y lanzarlas a peligrosas aventuras que conducen a graves derrotas y desilusiones. A pesar de que a menudo se presentan con consignas ultrarrevolucionarias y antirrevisionistas de hecho hacen el juego a los revisionistas y conjuntamente socavan la causa de la revolución.

Existen asimismo algunos ideólogos pequeño burgueses y gente sincera de tendencias revolucionarias que, desilusionados por la traición revisionista, ponen en duda los principios básicos del marxismo-leninismo y se esfuerzan por crear nuevas teorías o resucitar las viejas. Predican que el marxismo-leninismo no es completo ni exacto, que ya no responde a las  nuevas condiciones históricas de los diferentes países o continentes.

En esta situación, en la que se ha profundizado la confusión ideológica que causaron y procuran mantener viva los revisionistas modernos, resulta evidente la gran importancia que adquiere la lucha de todos los marxista-leninistas por la liberación de la clase obrera y de las masas trabajadoras de las influencias de la ideología burguesa, revisionista y de las diversas corrientes pequeño burguesas, el pertrecharlas con la única ideología científica, el marxismo-leninismo:

«Una de las condiciones imprescindibles de la preparación del proletariado para que conquiste su victoria, es la lucha prolongada, resuelta e implacable contra el oportunismo, el reformismo, el socialchovinismo y contra las influencias y corrientes burguesas de la misma suerte, que son inevitables mientras el proletariado actúe en las condiciones del capitalismo. Sin esta lucha, sin la previa victoria completa sobre el oportunismo en el movimiento obrero, no se puede hablar ni mucho menos de dictadura del proletariado. El bolchevismo no habría derrotado a la burguesía en 1917-1919 si antes de eso, de 1903 a 1917, no hubiera aprendido a derrotar a los mencheviques, es decir, los oportunistas, reformistas, socialchovinistas y los hubiera expulsado despiadadamente del partido del proletariado vanguardia». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Las elecciones a la Asamblea Constituyente y la dictadura del proletariado, 1919)

La  lucha ideológica que se desarrolla hoy en el mundo es de gran amplitud, y complejidad. Pero, los problemas fundamentales sobre los que se discute versan sobre la hegemonía en el movimiento revolucionario, sobre la esencia y las vías de desarrollo de la revolución y sobre la concepción de la construcción de la sociedad socialista.

La dirección de la clase obrera y de su partido marxista-leninista, condición fundamental para derrotar a la burguesía y al imperialismo

Los adversarios ideológicos del marxismo-leninismo, burgueses y revisionistas, radicales y pequeño burgueses, con palabras y con hechos intentan negar la misión histórica mundial de la clase obrera, su papel y su hegemonía en la revolución. Todos juntos, de una u otra forma, tratan de demostrar que las ideas del marxismo-leninismo acerca de esta cuestión han caducado.

Especulando con los nuevos fenómenos del capitalismo actual, sobre todo con las consecuencias del desarrollo del capitalismo monopolista de Estado y con la revolución técnico-científica, los ideólogos burgueses, como Herbert Marcuse y compañía, con sus teorías tecnocráticas tratan de probar que la sociedad capitalista se está desproletarizando, que la clase obrera se está convirtiendo en «copropietaria y coadministradora» de las empresas capitalistas, que ya no está interesada en la transformación revolucionaria de la sociedad, puesto que se ha «integrado» en el sistema capitalista. Y cuando alguno de ellos ve alguna fuerza revolucionaria la halla en las capas que se encuentran «en la frontera de las clases», en el lumpenproletariado, en los arrabales de las grandes ciudades, en los emigrantes, o en los estudiantes e intelectuales.

Los revisionistas, por otro lado, sobrestimando el impulso objetivo hacia el socialismo procedente del desarrollo de las nuevas fuerzas, productivas, que se fortalece bajo la influencia de la nueva correlación de fuerzas a favor del socialismo en la arena internacional, propagan puntos de vista, según los cuales la lucha por el socialismo puede ser dirigida también por clases y fuerzas sociales no proletarias, desde da burguesía nacional y la pequeña burguesía hasta la intelectualidad progresista y patriota. Estos puntos de vista ocasionan un grave perjuicio al movimiento revolucionario, crean confusión en algunos militantes no bien forjados y en diversas capas de la población, sobre todo en la juventud estudiantil y en los intelectuales jóvenes, quienes tratan de presentarse como fuerzas independientes y principales de la revolución, que no sienten la necesidad de la hegemonía de la clase obrera y de la dirección política de su partido marxista-leninista.

La cuestión de la hegemonía en la revolución tiene una gran importancia de principios, ya que del hecho de quién la encabeza, de quién a dirige, depende su orientación, su desarrollo consecuente y su propio destino. La actitud hacia la clase obrera y su papel dirigente es la piedra de toque para todos los revolucionarios. La renuncia a la idea de la hegemonía del proletariado en el movimiento revolucionario actual es, como subrayaba Lenin, la visión más vulgar del reformismo.

Las condiciones que hacen de la clase obrera la fuerza decisiva del actual desarrollo social, la fuerza dirigente de la lucha por la transformación revolucionaria del mundo capitalista no han cambiado en absoluto.

La clase obrera, a pesar de los cambios que se han operado en el mundo capitalista de hoy, está privada de toda forma de propiedad sobre los medios de producción, de la dirección y la organización de ésta y de sus beneficios. La llamada «sociedad de consumo» no ha sido creada para satisfacer las necesidades de los trabajadores, sino para intensificar su explotación y para incrementar las ganancias de los capitalistas. Es un hecho que las ganancias de los monopolios, de los trusts y consorcios han alcanzado cifras astronómicas, y es también un hecho que durante los últimos años y precisamente en los países capitalistas más desarrollados han estallado con fuerza inaudita violentas batallas entre la clase obrera y la burguesía. Los obreros de Francia, Italia, Inglaterra y Estados Unidos se han levantado en huelgas, han ganado las calles y ocupado las fábricas, no porque vivan bien sino porque su vida es difícil, porque la máquina capitalista los oprime, los convierte en simples instrumentos, los deshumaniza.

En oposición a las prédicas de los ideólogos burgueses y revisionistas, la sociedad capitalista no se desproletariza sino, al contrario, se proletariza constantemente, el peso y el papel de la clase obrera en la producción se tornan cada vez más decisivos, y ésta sigue siendo la principal fuerza productiva de la sociedad. La vida demuestra que sólo cuando se agita la clase obrera, cuando interrumpe el trabajó aunque sea por un solo día, se conmociona toda la burguesía y se ponen en estado de alarma todas sus instituciones. La clase obrera es una clase con grandes tradiciones de lucha y organización, cuenta con su partido y su teoría científica que la guía en la lucha de clases.

Las fuerzas revolucionarias que luchan por derrocar el sistema burgués sólo pueden obtener la victoria si se fusionan con la lucha de la clase obrera, si reconocen y aceptan su función dirigente y la del partido proletario marxista-leninista. Se trata de una necesidad objetiva. Cualquier otra alternativa conduce al aventurerismo y a la derrota. La burguesía y los revisionistas temen, más que a nada a esta gran unidad de todas las fuerzas revolucionarias de izquierda con la clase obrera.

Es particularmente nocivo en esta cuestión el papel de la socialdemocracia y de los revisionistas modernos, quienes, encuadrando a la clase obrera en sus sindicatos reformistas, intentan frenar su ímpetu revolucionario, paralizar su combatividad, convertirla en una clase obediente y sumisa ante los patronos capitalistas. En estas condiciones el despertar de la clase obrera y su puesta al frente de la lucha revolucionaria no podrán ser logrados sin desarrollar también una decidida lucha en el seno mismo de los sindicatos reformistas contra la línea y las posiciones de sus cabecillas burgueses con el fin de desenmascararlos y aislarlos de las masas de obreros.

En el movimiento revolucionan de hoy ocupan un lugar importante la juventud, los estudiantes y las diversas capas de la intelectualidad. En numerosos países como Francia e Italia, Estado Unidos, Japón, España y los países de América Latina, se han mostrado bastante activos y han dado pruebas de coraje, abnegación y espíritu revolucionario. Pero se debe reconocer que en los movimientos de izquierda de los intelectuales y de los estudiantes se observa una gran confusión ideológica y política. El carácter muchas veces utópico de sus programas y consignas, la falta de paciencia y las explosiones espontáneas tienen su origen en la influencia de las ideologías extrañas y en la propia naturaleza de clase heterogénea de estos movimientos.

Los marxista-leninistas dedican toda la atención a los movimientos de izquierda de la juventud y de la intelectualidad y sin ocultar sus debilidades luchan por atraerlos a justas posiciones revolucionarias, con el fin de liberarlos de las influencias de la ideología burguesa, pequeño burguesa y revisionista.

A pesar del aumento del peso de la intelectualidad en la sociedad actual, a pesar de los cambios que sufren sus posiciones, el carácter y la función de su trabajo, así como la composición de clase de esta capa, no constituye una clase en sí. La intelectualidad es una capa que está en medio de las diferentes clases de la sociedad y que procede de diferentes clases. Por su propia naturaleza se caracteriza por diversas vacilaciones políticas e ideológicas. Estas vacilaciones aumentan aún más, ya que la burguesía intenta por todos los medios corromperla y ponerla a su servicio.

La intelectualidad, como ha señalado Lenin y lo confirma la vida, nunca ha sido ni podrá ser una fuerza social y política independiente. Su papel y lugar en la sociedad dependen de su origen de clase y de su situación económica y social, de la alianza de sus diferentes destacamentos con una u otra clase. Por eso la intelectualidad no podrá suplantar nunca a la clase obrera como dirigente de la revolución.

La juventud, los estudiantes y la parte progresista de la intelectualidad son aliados próximos de la clase obrera, pero no son los únicos. La hegemonía de la clase obrera incluye también a otras capas de la población interesadas en la revolución, sobre todo al campesinado, que en la inmensa mayoría de los países y regiones del mundo constituye su aliado principal, el más poderoso y decidido.

Los revisionistas de hoy se esfuerzan en negar la gran importancia de la alianza obrero-campesina so pretexto de que el campesinado no desempeña ningún papel especial, sobre todo en los países capitalistas desarrollados, y en su lugar colocan en primer plano la alianza de la clase obrera con la intelectualidad. En algunos otros países, los revisionistas reemplazan la alianza obrero-campesina por la alianza de la clase obrera con las capas pequeño burguesas de la ciudad y su periferia. Con estas teorías y prácticas pretenden divorciar a la clase obrera de su más próximo y resuelto aliado en la lucha. La tesis leninista de que la alianza obrero-campesina es la fuerza social capaz de derrocar a la burguesía y de construir el socialismo es enteramente válida también en nuestro tiempo.

Así como los destinos de la revolución en cada país en particular dependen de la alianza obrero-campesina, también en el plano internacional los destinos de la revolución mundial dependen de esta misma condición, que, en este caso, se expresa como alianza de los países socialistas y del movimiento obrero en los países capitalistas desarrollados con el movimiento anticolonialista, de liberación y democrático de los pueblos de Asia, África y América Latina. Toda actitud indiferente y despectiva hacia la lucha de los pueblos de estos continentes que constituyen la mayoría abrumadora de la población del globo y que asestan al imperialismo los golpes más contundentes y directos, es en esencia otro aspecto de la negación del papel del campesinado y ocasiona un gran daño a la causa de la revolución.

La base de las alianzas se amplía aún más cuando se trata de revoluciones democráticas antiimperialistas, en las cuales puede participar, además del campesinado y de la pequeña burguesía urbana, también la burguesía nacional. Pero sea cual fuere su peso en cualquier revolución, éstos no pueden desempeñar el papel hegemónico y dirigente que desempeña la clase obrera. La burguesía nacional, ligada a la explotación capitalista, se caracteriza por sus vacilaciones y tendencias al compromiso con el imperialismo en el exterior y con la reacción interna. Como tal no es capaz de conducir consecuentemente y hasta el fin la lucha de liberación y la revolución democrática. También, los representantes del campesinado y de otras capas pequeño burguesas tienen aspiraciones limitadas, están bajo, la influencia de la ideología burguesa y a menudo vacilan tanto a la izquierda como a la derecha, cayendo unas veces en el oportunismo y otras en el aventurerismo.

Por eso la clase, obrera, como la clase más revolucionaria de la sociedad, puede y debe ponerse a la cabeza y dirigir no sólo la lucha por, el socialismo, sino también la lucha por la democracia y la independencia nacional. Esto ha sido argumentado hace más de medio siglo por Lenin. Y resulta aún más evidente hoy cuando, la clase obrera ha crecido, se ha fortalecido, se ha educado y organizado en mayor grado y cuando las tareas democráticas y las socialistas se han aproximado y entrelazado aún más. En las condiciones actuales la clase obrera está más interesada que cualquier otra en llevar hasta el fin la revolución democrática y antiimperialista.

El que la clase obrera sea pequeña en número en uno u otro país, no puede servir de argumento para negar su función dirigente, ya que su fuerza y su papel no dependen del número. La clase obrera juega, su papel dirigente a través de su partido, que, como también lo demuestra el ejemplo de nuestro país, puede ser formado y encabezar la lucha revolucionaria aun  cuando la  clase obrera sea pequeña en número y no esté organizada. 

Actualmente se han reanimado diversas teorías que predican la espontaneidad en el movimiento revolucionario, que menoscaban el papel del factor consciente, que niegan el papel de la teoría y del partido del proletariado. La degeneración de los partidos revisionistas, su transformación en partidos reformistas, inocuos para la burguesía, y las tesis antimarxistas de los revisionistas modernos, soviéticos, yugoslavos, italianos, etc., de que «el capitalismo se está integrando en el socialismo de manera, consciente o inconsciente, gradual o radical», de que «también partidos y organizaciones políticas no proletarias pueden llegar a ser portadores de los ideales del socialismo y dirigentes de la lucha por su realización», de que «también algunos países donde está en el poder la nueva burguesía nacional se encaminan hacia el socialismo», etc., se han convertido en base para propagar los puntos de vista más extremistas que niegan totalmente el papel de la teoría y la necesidad del partido de la clase obrera. Existen también quienes, autotitulándose revolucionarios acabados, llegan incluso a decir que «en la teoría de Marx sobre la revolución no hay lugar ni necesidad del partido», que «la vanguardia de la revolución socialista no puede identificarse con el partido marxista-leninista», que el papel del partido puede ser desempeñado «por una minoría activa» que surge como «fermento» en el movimiento espontáneo, que «de la misma acción revolucionaria nace la conciencia y la organización revolucionarias».

Todas estas «teorías» ocasionan un daño incalculable al movimiento revolucionario ya que desorientan y dejan desarmada a la clase obrera frente a los ataques de la burguesía, quien, por su parte, ha perfeccionado al máximo sus métodos y medios de propaganda, la organización de la lucha contra la revolución y el comunismo.

Es ya algo históricamente probado que sin su partido la clase obrera, cualesquiera que sean las condiciones en las que viva y actúe, no se hace por sí misma consciente. Lo que convierte a la clase obrera de una «clase en sí» en una clase para sí es el partido. Naturalmente, la lucha, la acción, templan y ponen a prueba a la clase obrera, a las masas y a los revolucionarios, les enseñan muchas cosas. Pero si falta el partido político con un programa claro, con una estrategia y una táctica científica, la lucha se queda a medio camino o fracasa. Esto nos lo enseña también la experiencia del movimiento revolucionario actual y la de las numerosas luchas de los pueblos de los diferentes continentes.

Pero incluso cuando algunos de los diversos revisionistas u oportunistas reconocen la necesidad de la existencia del partido, tergiversan su papel y los principios orgánicos de su construcción. Declaran caducas y superadas las ideas de Lenin acerca de esta cuestión. Particularmente atacan el principio según el cual el partido no es sólo la vanguardia consciente de la clase, sino también su forma más elevada de organización, que se caracteriza por la unidad de pensamiento y de acción y al que corresponde el papel dirigente en toda la actividad revolucionaria y en cualquier terreno en que ésta se desarrolle. Algunos de ellos reducen el papel del partido a una organización de orientación y educación política e ideológica, o a un centro de coordinación e información. Otros lo identifican con la guerrilla o se pronuncian por la «calidad de socio» en pie de igualdad del partido marxista-leninista con otros partidos y organizaciones de la clase obrera y de las masas trabajadoras.

La función dirigente del partido de la clase obrera en la lucha por el socialismo es una ley objetiva, tanto sí existe un solo partido como si existen muchos. La transformación revolucionaria de la sociedad capitalista sobre bases socialistas es una lucha vasta y de gran complejidad que se desarrolla de muchas formas y en todos los terrenos: económico, político, ideológico y militar. En esta lucha la clase obrera contrae alianzas con diversas fuerzas sociales y políticas. Todas las formas de lucha y de organización, todos los destacamentos del movimiento revolucionario deben servir a un objetivo. De ahí la necesidad del partido como único centro dirigente, orientador y organizador.

La lucha por el socialismo tiene como base teórica la ideología de la clase obrera, el marxismo-leninismo, que es la doctrina científica que proporciona la única concepción correcta del socialismo y de los caminos para realizarlo. El portador de esta teoría, quien la elabora y la aplica, no podrá ser ningún otro partido u organización salvo el partido comunista del proletariado, el partido de esa clase a la que pertenece el futuro socialista y comunista, que defiende los intereses fundamentales de los trabajadores y de todas las fuerzas progresistas de la sociedad y que lucha por ellos, el partido de la clase, que, como ha dicho Marx, no puede liberarse sin liberar a toda la humanidad. Si el destino de la revolución se confía, a un centro de orientación general, a una organización meramente coordinadora o a la guerrilla, la revolución penetrará en un callejón sin salida y sufrirá derrotas.

El contenido objetivo dé todas las «teorías» que niegan la necesidad del papel dirigente de la clase obrera y de su partido es de hecho la negación de la revolución, del socialismo y del marxismo-leninismo. Estas concepciones no hacen sino llevar agua al molino de la burguesía y de la contrarrevolución. Por eso, desenmascararlas y defender resueltamente las enseñanzas leninistas sobre la hegemonía de la clase obrera, sobre el papel dirigente del partido del proletariado y de los principios de su construcción y organización, constituye hoy una tarea de gran importancia y actualidad para eliminar la confusión y la desorientación que los revisionistas han creado en este terreno, para hacer avanzar la revolución, la lucha por el socialismo y el comunismo.

La revolución, el camino de la liberación de la humanidad

La idea de que la revolución es el único medio para transformar el mundo, el solo camino de salvación del yugo nacional y social, ha conquistado las mentes de millones de seres en todos los continentes. Todo el mundo habla hoy de revolución. Pero las ideas acerca de su contenido, de sus fuerzas motrices, de, sus caminos y formas de desarrollo, son de las más diversas. Todo ello es objeto de una gran lucha y polémica ideológicas.

También ante esta cuestión vital, los revisionistas modernos acaudillados por los soviéticos, han salido en defensa de los intereses de la burguesía y se han puesto a su servicio. Se esfuerzan por sembrar la confusión en las filas de los revolucionarios y minar la revolución. A pesar de que demagógicamente simulan estar a favor de la revolución, con sus puntos de vista y su actividad intentan asfixiarla en embrión o sabotearla cuando estalle. Han reducido toda la teoría y la práctica de la revolución a reformas en el marco del sistema capitalista. Hacen todo lo posible para persuadir a los trabajadores de que, en nuestra época, la frontera entre la revolución y las reformas se ha borrado por completo. Con gran alboroto propagan que la clase obrera tiene la posibilidad de realizar transformaciones radicales en la base económica del capitalismo, de ocupar posiciones importantes, de tomar las riendas del poder y de pasar al socialismo sin la revolución violenta, sin destruir la máquina del Estado burgués y sin instaurar la dictadura del proletariado.

En su práctica los revisionistas van únicamente tras las demandas cotidianas. Han centrado todos sus esfuerzos en la ampliación de la democracia burguesa, en el perfeccionamiento de sus instituciones y sacrifican el objetivo final en su interés. Esto lo demuestra hoy mejor que nada toda la actividad de los revisionistas italianos, franceses y otros, que se han transformado en remolques de la burguesía, en escudo de su sistema, han traicionado los intereses vitales de la clase obrera y han ido tan lejos por este camino, que condenan brutalmente cualquier acción revolucionaria de las masas que amenace la dominación de la burguesía. Los revisionistas modernos se manifiestan contra la violencia revolucionaria de las masas y allí donde ellos mismos están en el poder aplican la violencia contrarrevolucionaria como sucedió en Checoslovaquia y en Polonia, donde aplastaron al pueblo checoslovaco y la rebelión de la clase obrera polaca a sangre y fuego. Allí apareció más claramente su traición y su degeneración completa.

El fracaso de las teorías evolucionistas y pacifistas de los revisionistas modernos es probado también por el actual desarrollo de los acontecimientos en el mundo. Las luchas antiimperialistas y de liberación que han estallado en Asia, África y América Latina, y la rebeldía de los obreros y de las masas trabajadoras en los propios países capitalistas desarrolladas, testimonian que la alternativa reformista revisionista no responde a la realidad y a las aspiraciones de las masas. En efecto, la actividad revolucionaria de hoy se desarrolla sin los revisionistas y contra su voluntad. Sin embargo, no debe subestimarse el peligro y el perjuicio que comportan las teorías y las prácticas revisionistas. Mucha gente, entre la cual se cuentan revolucionarios sinceros, al haber rechazado el camino reformista de los revisionistas y haberlo criticado, han abrazado otros conceptos erróneos sobre la revolución y sus vías de desarrollo. Esto se relaciona con su posición de clase pequeño burguesa, con la ausencia de la debida formación ideológica marxista-leninista y con las influencias que ejercen sobre ellos los puntos de vista anarquistas, trotskistas y golpistas. Algunos de ellos conciben la revolución como un golpe militar, como obra de unos cuantos «héroes». Sobrestiman y absolutizan el papel de la «actividad subjetiva», y piensan que la situación revolucionaria, como condición para el estallido de la revolución, puede ser creada artificialmente por las «acciones enérgicas» de un grupo de combatientes que sirve como «pequeño motor» que pone en movimiento al «gran motor» de las masas. Según ellos el potencial revolucionario de las masas en la sociedad capitalista está en todo momento a punto de estallar, basta un impulso exterior, basta que se cree un foco guerrillero para que las masas lo sigan automáticamente. 

La lucha armada de un grupo de revolucionarios profesionales sólo puede ejercer influencia en el ímpetu de las masas cuando se coordina con otros objetivos políticos, sociales, psicológicos que determinan el surgimiento de la situación revolucionaria y cuando se apoya en las amplias masas del pueblo y goza de su simpatía y respaldo activos. De lo contrario, como demuestra la dolorosa experiencia en algunos países de América Latina, la acción de la minoría armada, por heroica y abnegada que sea, choca con la incomprensión de las masas, se aísla de ellas y sufre derrotas. 

Las revoluciones maduran en la situación misma, en tanto que su victoria o su derrota dependen, de la situación y del papel del factor subjetivo. Este factor no puede representarlo un solo grupo, por más consciente que sea de la necesidad de la revolución. La revolución es obra de las masas. Sin su convencimiento, preparación, movilización y organización, ninguna revolución podrá triunfar. El factor subjetivo no se prepara únicamente mediante las acciones de un «foco» guerrillero, ni tampoco tan sólo con agitación y propaganda. Para ello, como nos enseña Lenin y la vida misma, es indispensable que las masas se convenzan a través de su experiencia práctica. 

El concepto sobre el papel decisivo de la minoría armada va acompañado también de los puntos de vista de que la lucha debe desarrollarse únicamente en el campo o sólo en la ciudad, de que se debe atener únicamente a la lucha armada y a la actividad clandestina. Ha adquirido también una amplia difusión la tesis trotskista que considera la revolución como un acto repentino y la huelga general política como la única forma de llevarla a cabo. El orientarse por la lucha armada no significa en lo más mínimo renunciar a todas las demás formas de lucha, no quiere decir concentrarse en el campo y abandonar la lucha en la ciudad viceversa, tampoco significa proponerse conseguir el objetivo final –la toma del poder– abandonando la «lucha pequeña» por las reivindicaciones inmediatas, económicas, políticas y sociales de los trabajadores, no quiere decir velar sólo por la organización de las fuerzas armadas y descuidar el trabajo entre las masas y dentro de sus organizaciones, trabajar y luchar únicamente en la clandestinidad y renunciar a aprovechar las posibilidades de actividad legal y semilegal etc. Preparar la revolución no es cuestión de un día es una labor multilateral y compleja. Para ello se ha de trabajar y luchar en todas las direcciones y con todas las formas, combinándolas correctamente y cambiándolas a tenor de los cambios de la situación, pero siempre supeditándolas al logro del objetivo final. 

La revolución no es obra solamente de la clase obrera, y mucho menos sólo de su partido de vanguardia. Para llevarla a cabo, la clase obrera, según el carácter y las etapas de la revolución, se alía con otras fuerzas sociales, con las cuales comparte intereses fundamentales, crea amplios frentes populares con programas políticos determinados, en los que el partido de la clase obrera no se diluye, sino que mantiene siempre su independencia orgánica y política. Los elementos estrechos: y sectarios le llaman a todo esto tácticas erróneas porque, según dicen, abren las puertas al camino pacífico y reformista. Según ellos, los programas, los frentes, las alianzas no son sino maquinaciones artificiales que tienen como objetivo desviar la atención y obstaculizar la lucha armada. Estos puntos de vista son un eco de las conocidas tesis de los trotskistas que consideran cualquier alianza como reconciliación de clases, niegan las etapas de la revolución y están por la revolución proletaria «pura» y directa. 

La revolución tiene sus leyes, que son generales y necesarias para cualquier país. La negación de estas leyes conduce al revisionismo. Especulando con los cambios que se operan en el mundo y con las condiciones nacionales específicas, los revisionistas han sustituido las verdades universales del marxismo-leninismo por sus tesis y conclusiones antimarxistas y contrarrevolucionarias. Pero no menos nocivas son las concepciones dogmáticas de los que pasan por alto las peculiaridades nacionales, rechazan hacer el análisis de la situación real, fabrican esquemas en los que intentan encajar la realidad de diferentes países, absolutizan la experiencia de un país y la dan por universal, hablan de una revolución continental y niegan la posibilidad de la victoria de la revolución en uno o en algunos países por separado.

En nuestros días, cuando la marejada revolucionaria está en ascenso, cuando en muchos países y zonas la revolución está al orden del día, es decisiva la justa comprensión de su contenido, de sus caminos y formas de desarrollo. La lucha contra las concepciones revisionistas y antimarxistas de derecha o de izquierda, la lucha por la aplicación creadora de las enseñanzas fundamentales del marxismo-leninismo acerca de esta cuestión forma parte de la lucha de clases, es una condición indispensable para la victoria de la revolución.

El socialismo solo se puede construir sobre la base de la teoría marxista-leninista

El triunfo de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia marcó el inicio de una gran época en la historia de la humanidad, la del tránsito del capitalismo al socialismo. A partir de este momento el socialismo' se transformó de una teoría científica en una realidad viva que, a pesar de la traición revisionista, ha mostrado enteramente su indiscutible superioridad en todos los terrenos sobre el sistema capitalista. Todas las victorias del socialismo se han logrado sobre la base de la teoría científica del marxismo-leninismo.

Como nuevo régimen social que se construye en medio de una enconada lucha de clases entre el proletariado y la burguesía a escala nacional e internacional, el socialismo no puede desarrollar tranquilamente, sin dificultades y contradicciones. La lucha entre las dos vías de desarrollo, la socialista y la capitalista, es una lucha prolongada y, mientras prosiga, existirá siempre el peligro de restauración del capitalismo. Pero este peligro no es algo que haya de cumplirse fatalmente como tratan de argumentar los ideólogos burgueses. Es plenamente evitable si el partido comunista se atiene fielmente a las enseñanzas del marxismo-leninismo, desarrolla resuelta y consecuentemente la lucha de clases para acabar con das influencias y presiones del viejo mundo, sí sabe vencer con éxito las dificultades y resolver las contradicciones que surgen y si cierra el paso a toda posibilidad de degeneración burguesa.

El retroceso de la Unión Soviética y de algunos otros países está relacionado precisamente, con el hecho de que allí fueron abandonadas las enseñanzas del marxismo-leninismo y se renunció a los principios fundamentales de la construcción del socialismo. Fueron socavadas las victorias de la revolución y se allanó el camino a la restauración del capitalismo. Pero éste no es el único gran daño que los revisionistas han ocasionado al socialismo. Con el fin de abrirle paso a su traición, atacaron con furor la línea revolucionaria practicada por el Partido Comunista bolchevique con Stalin a la cabeza y toda la experiencia histórica de la dictadura del proletariado, pusieron en duda la vitalidad de la ciencia marxista-leninista en la solución de los problemas actuales, la capacidad de la clase obrera para la transformación revolucionaria de la sociedad y el papel dirigente del partido comunista. Con todo ello los revisionistas jruschovistas proporcionaron una poderosa arma a los ideólogos burgueses para su propaganda anticomunista. Se hicieron fuente de difusión de toda suerte de conceptos antimarxistas sobre el socialismo.

La confusión es aún mayor a causa de que los revisionistas jruschovistas intentan vender por socialismo la restauración del capitalismo en la Unión Soviética y en otros lugares. Su demagogia confunde a mucha gente honrada, que al criticar con justa razón numerosos fenómenos negativos en la vida de la Unión Soviética y de los demás países revisionistas, identifican el régimen de su país con el socialismo y las consecuencias de la restauración del capitalismo se las atribuyen al socialismo. Las otras corrientes revisionistas, que tienen contradicciones con la dirección soviética, critican el «modelo soviético de socialismo», como burocrático y totalitario y hacen propaganda de su modelo «democrático y humanitario», que no es sino otra variante del capitalismo. También los elementos y grupos trotskistas intentan aprovechar la degeneración burguesa del socialismo, en los países donde están en el poder los revisionistas, con el fin de difundir sus calumnias contra el socialismo que, por lo demás, han sido alimentadas por los propios revisionistas con sus teorías y prácticas antimarxistas.

En estas condiciones la defensa de la teoría y de la práctica del socialismo científico frente a los ataques y deformaciones de los revisionistas modernos de diverso color y matiz y de las otras corrientes burguesas y pequeño burguesas, es una de las más importantes tareas de la lucha ideológica de hoy. Ante todo es preciso rasgar definitivamente la máscara socialista con que se presentan los revisionistas en el poder, sobre todo los cabecillas soviéticos.

En la Unión Soviética han sido liquidados tanto la dictadura del proletariado como el partido del proletariado; quien está en el poder no es ya la clase obrera, sino la nueva burguesía revisionista. El Estado y el partido se han convertido en instrumentos en manos de los revisionistas destinados a defender y consolidar su dominio político y económico. Los ropajes socialistas y comunistas con que visten a su Estado y partido no tienen otro fin que engañar a la gente, ya que el carácter del Estado y del partido no lo determinan los nombres ni únicamente su composición social sino en primer lugar y por encima de todo la política que aplican, a quien sirve y beneficia esta política.

El cambio de carácter del partido y del Estado, la transformación contrarrevolucionaria en el terreno de la superestructura política e ideológica no podía dejar de conducir al cambio de la base económica del socialismo. Las reformas económicas que han emprendido los jruschovistas, de acuerdo con sus conceptos ideológicos antimarxistas, han conducido a la transformación radical de las relaciones de producción. Han introducido en la economía soviética un sistema de organización y de dirección en el que el objetivo de la producción es el lucro capitalista. El actual Estado soviético, como un capitalista colectivo, administra los medios de producción en nombre y en interés de la nueva burguesía soviética. La propiedad común socialista se ha transformado en un capitalismo de Estado de nuevo tipo.

Al apoderarse de las riendas del Estado y de la economía, la nueva burguesía soviética, compuesta por burócratas y tecnócratas, utiliza éstos para obtener privilegios y grandes ingresos para sí. Cada día se profundiza más el abismo que la separa de la clase obrera y de las masas trabajadoras. Dicha burguesía ha reemplazado la retribución según el trabajo por todo un sistema de distribución de ingresos que le da la posibilidad de apropiarse del trabajo y del sudor de las masas trabajadoras, de obtener por los más diversos caminos, ingresos decenas de veces superiores a los de los obreros y campesinos.

En la Unión Soviética está en marcha un profundo proceso de disgregación, decadencia y degeneración en todos los campos: la ideología, la moral, la educación y la cultura. Están siendo socavados todos los valores morales y espirituales del socialismo. La ideología burguesa, con todas sus secuelas, se está convirtiendo en la ideología dominante. El lugar de las normas de la moral, comunista, del servicio fiel a la causa del pueblo, está siendo ocupado por el interés personal, el individualismo y el arribismo. El modo de vida burgués ha adquirido gran difusión. Han sido abandonados el espíritu revolucionario y el partidismo proletario en el arte y la cultura. La enseñanza soviética cultiva el tecnocratismo y el intelectualismo, prepara nuevos contingentes para los revisionistas.

La restauración del capitalismo en la Unión Soviética, no podía sino conducir a un cambio radical de su política exterior. La actual dirección soviética ha sustituido el internacionalismo proletario por el egoísmo nacional y el chovinismo de gran potencia. La Unión Soviética es ya una potencia imperialista que practica una política de agresión. De una base de la revolución mundial, la Unión Soviética ha pasado a ser una base de la contrarrevolución.

Todo esto significa que la Unión Soviética actual ya no puede ser considerada un país socialista, sino un Estado capitalista y una potencia imperialista. Los males de su política interior y exterior no son males del socialismo, como los presenta la propaganda burguesa y los que han caído en su trampa y se hacen eco de dicha propaganda. Son males inherentes al sistema capitalista que ha sido restaurado en la Unión Soviética. Estos males no pueden ser eliminados con reparaciones parciales. Toda ilusión en este sentido sería muy peligrosa. Sólo serán eliminados cuando sean derrocados los revisionistas y se restablezca la dictadura del proletariado.

En la situación creada por la traición de los revisionistas soviéticos y por la propaganda anticomunista de la burguesía, se hace una gran publicidad al «sistema autogestionario» yugoslavo como el verdadero camino para la construcción del socialismo. Numerosos revisionistas de los países capitalistas occidental son particularmente partidarios de él. También tiene simpatizantes en los países revisionistas de Europa Oriental. Los teóricos del «socialismo de autogestión» pretenden que interpretan y aplican las auténticas ideas de Marx y de Lenin sobre el socialismo, supuestamente tergiversadas en la práctica hasta el presente por el «stalinismo». En efecto han resucitado y han tomado bajo su defensa las viejas teorías anarco-sindicalistas y bujarinistas criticadas en su tiempo por Marx y Lenin. Sus argumentos teóricos carecen de toda base de sustentación, en tanto que la realidad yugoslava de hoy es la prueba más palmaria del fracaso del «sistema de autogestión».

La base de las teorías de los revisionistas yugoslavos es la idea bujarinista de la integración del capitalismo en el socialismo. En el plano internacional, según ellos, el capitalismo de después de la Segunda Guerra Mundial además de estabilizarse y evolucionar hacia un capitalismo de Estado, se va transformando gradualmente en un «socialismo de tipo estatista», borrando así las fronteras entre los dos sistemas y abriendo paso a una amplia y multilateral colaboración entre ambos con el fin de socacavar de hecho el verdadero socialismo.

En el plano interno, los revisionistas yugoslavos, así como los gomulkistas, abandonaron la colectivización del campo, permitieron que los kulaks continuaran explotando y acumulando capitales, pretendiendo que así los integrarían al socialismo y que contribuirían con sus capitales a la industrialización del país. Además, los revisionistas yugoslavos despedazaron la propiedad estatal, patrimonio de todo el pueblo, y al convertirla en propiedad que ellos llaman de grupo, han abierto el camino al surgimiento de una nueva burguesía que se ha apoderado de las riendas del país y domina sobre la clase obrera y los pueblos de Yugoslavia. Al mismo tiempo, los revisionistas se han valido de engaños presentando esta línea como proletarización del régimen, como lucha contra las formas «burocráticas estatistas del socialismo», como una «línea nueva» para la construcción de la verdadera sociedad socialista. Pero todo esto ha sido desenmascarado y la realidad se ha encargado de poner al descubierto toda, esta podredumbre.

Para salir de la grave situación, de las grandes dificultades y contradicciones económicas, políticas y sociales, engendradas por la restauración del capitalismo, ya que no pudieron «construir el socialismo» con la ayuda de la burguesía interna y de sus capitales, los revisionistas yugoslavos extendieron la mano a los imperialistas estadounidenses y a los capitalistas de otros países. Inventaron para ello un «socialismo» nuevo que puede ser edificado con los créditos e inversiones de la burguesía internacional y en primer lugar del imperialismo estadounidense, el más feroz enemigo del comunismo. Es un hecho que en la Yugoslavia de hoy, los capitales e inversiones directas de los Estados y firmas extranjeras capitalistas se apoderan de los puntos clave de la economía nacional. Semejante proceso está en curso también en los demás países revisionistas.

Otra manifestación de esta política que sigue Yugoslavia es la emigración masiva de fuerzas vivas creadoras: cientos de miles de obreros, técnicos y especialistas se ven obligados a abandonar sus familias y su patria y a vender sus brazos y sus cerebros a los capitalistas alemanes, belgas, franceses, etc. Esta venenta de trabajadores, este mercado humano para obtener un puñado de divisas, es uno de los cuadros más desolador de la Yugoslavia de hoy.

En el caso de Yugoslavia no se puede hablar de integración alguna del capitalismo en el socialismo. Lo que ha sucedido allí y sucede en los demás países donde están en el poder los revisionistas, es la integración del socialismo en el capitalismo, es la liquidación da las victorias socialistas y el encarnamiento por el camino capitalista.

Los revisionistas yugoslavos pretenden que su sistema afianza el verdadero papel del trabajador y de la clase obrera en general, la cual, según ellos, autogestiona los medios de producción, dirige la economía y distribuye el producto social. En realidad ocurre todo lo contrario. El fraccionamiento de la propiedad estatal y la negación del papel rector del Estado socialista trae aparejado el fraccionamiento de la clase obrera y la negación de su papel dirigente en la vida social. La práctica yugoslava enfrenta los intereses de unos sectores de la clase obrera con otros, estimula la competencia y la pugna entre los colectivos de trabajadores. Se sitúan en primer plano los intereses estrechos e inmediatos de las empresas, de las comunas o de cada una de las repúblicas que se contraponen a los intereses generales de la sociedad.

En estas condiciones la clase obrera deja de actuar como clase, no puede expresar ni defender sus intereses generales como clase en el poder. Hace tiempo que la clase obrera ha perdido su papel hegemónico en Yugoslavia. Se ha convertido de una clase dirigente en el poder en una clase subordinada, oprimida y explotada por la nueva burguesía omnipotente. En Yugoslavia el partido comunista de la clase obrera ha degenerado totalmente y se ha convertido en refugio de las capas antiproletarias que representan y defienden el camino capitalista.

La Yugoslavia de hoy tiene todos los rasgos de un país burgués y padece las mismas graves y crónicas llagas típicas del capitalismo, como son las profundas crisis económicas, el desempleo, la competencia, la anarquía y la inflación, los enconados conflictos sociales y políticos y las riñas nacionales. Esta situación ha conducido a que se creen y se fortalezcan las agrupaciones y las tendencias nacionalistas burguesas, a que se exacerbe la lucha por la hegemonía entre ellas y entre las repúblicas. En el actual escenario político yugoslavo dominan los clanes «gran-servios» y «gran-croatas». A los primeros se les ha puesto la etiqueta de «kominformistas», pero en realidad han sido y son sus enemigos jurados, como lo son los dirigentes yugoslavos y los dirigentes jruschovistas soviéticos.

Los revisionistas yugoslavos han colocado a los pueblos de Yugoslavia y a la clase obrera entre las tenazas de hierro de la burguesía interna y del capitalismo extranjero que se está haciendo dueño del país. De esta situación no los pueden salvar ni las reformas económicas y políticas proclamadas por los revisionistas ni las ilusiones y esperanzas que hayan cifrado en una u otra agrupación nacionalista. El mal ha echado profundas raíces y sólo podrá ser erradicado cuando los pueblos de Yugoslavia rompan, a través del camino marxista-leninista, la tenaza que los mantiene sujetos.

Hoy se habla igualmente de socialismo en algunos países que se han liberado de la vieja dominación colonial del imperialismo. Las nociones «socialismo», «sociedad socialista», encuentran distinto contenido en diferentes países. Estas teorías encierran muchas cosas oscuras, confusas, eclécticas, son una mezcolanza de principios socialistas y capitalistas, de ideología socialista e ideología burguesa, nacionalista y religiosa.

Los revisionistas soviéticos y otros se hacen eco también de estas teorías no científicas. Incluso han descubierto un nuevo camino, la llamada «vía no capitalista de desarrollo» que, según ellos, conduce al socialismo sin la dirección de la clase obrera y del partido comunista, sin la teoría marxista-leninista, sin la revolución socialista y sin la dictadura del proletariado. Con estas prédicas los revisionistas jruschovistas y otros desorientan a las tendencias socialistas sinceras de dichos países, hacen aumentar la confusión ideológica y paralizan la lucha de las fuerzas progresistas por el socialismo. Pretendiendo que estos países han penetrado en el camino del socialismo, los revisionistas soviéticos les dan unas cuantas limosnas para arrancarles después hasta el alma, extender su influencia imperialista y unirlos a su carro.

Los marxista-leninistas saludan y respaldan cualquier inclinación y aspiración sinceras al socialismo, pero al mismo tiempo insisten en que el socialismo dondequiera que haya triunfado o que triunfe lo ha hecho y lo hará únicamente sobre la base del marxismo-leninismo y bajo la dirección de la clase obrera y de su partido, armado de la concepción proletaria del mundo.

En nuestra época no se trata de copiar los pseudosocialismos revisionistas ni de inventar socialismos nuevos. El socialismo existe y se desarrolla como teoría y como práctica. Ha acumulado una rica experiencia histórica, sintetizada en la teoría marxista-leninista, cuya vitalidad ha sido verificada por la vida. Apoyándose en esta teoría científica y aplicándola a las condiciones concretas de cada país, las fuerzas revolucionarias encontrarán el justo camino que las conducirá al socialismo.

La justa comprensión del socialismo es una gran cuestión de principios, ya que ayuda a que las aspiraciones y la lucha de los pueblos por el socialismo se orienten correctamente y apunten a un objetivo claro. Por eso tiene particular importancia para los revolucionarios el establecer una frontera y una clara línea de demarcación entre los países verdaderamente socialistas y los que lo son sólo de nombre, del mismo modo que tiene importancia distinguir a los partidos y las fuerzas verdaderamente marxista-leninistas que luchan por el socialismo, de los partidos que solamente llevan la etiqueta de comunistas. Así sabrán los revolucionarios dónde deben apoyarse y a quién respaldar. De esta manera se fortalece la verdadera unidad de las fuerzas revolucionarias y la lucha por el socialismo se funde en una corriente única sobre la base del marxismo-leninismo y del internacionalismo proletario.

Informe en el VIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania,
1 de noviembre de 1971
Notas

[1] Lectura Online AQUÍ ó Descarga en PDF AQUÍ.

[2] Todos los documentos en el Blog de Enver Hoxha AQUÍ.

[3] Todos los documentos en PDF editados por el Equipo de Bitácora (M-L) en el apartado BIBLIOTECA.

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