«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

martes, 10 de febrero de 2015

La revolución plantea a la clase obrera el problema del poder político; Joan Comorera, 1949

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La siguiente obra del marxista-leninista catalán Joan Comorera es en sí una carta-respuesta a unos obreros excenetistas de Barcelona respondiendo a todas sus dudas en los albores de 1949; se llamaba por entonces «cenetistas» a los afiliados a la CNT –Confederación Nacional del Trabajo–, un sindicato anarco-sindicalista.

Joan Comorera en el documento, aprovechando la réplica repasa más que el porqué de la influencia anarquista en España y sobre todo en Cataluña, las nefastas consecuencias que el anarquismo ha acarreado a la clase obrera como teoría pequeño burguesa. Se analiza por tanto el actuar del anarquismo en todos los sucesos importantes de España y Cataluña desde el siglo XIX, desde la época del auge del pistolerismo anarquista, la época de Primo de Rivera, la II República, la Guerra Civil, el Gobierno franco-falangista, e incluso el posicionamiento del anarquismo respecto a la Guerra Fría.

Como preámbulo a esos «porqués» de la crítica al anarquismo, dejaremos unas breves palabras de Iósif Stalin para que el lector se sitúe mejor:

«No somos de aquellos que, al oír mencionar la palabra «anarquismo», se vuelven con desprecio y exclaman displicentes: «¡Ganas tenéis de ocuparos de eso; ni siquiera vale la pena hablar de ello!». Consideramos que esta «crítica» barata es tan indigna como inútil. No somos tampoco de los que se consuelan diciendo que los anarquistas «no cuentan con masas y por eso no son muy peligrosos». La cuestión no está en saber a quién siguen hoy «masas» mayores o menores; la cuestión está en la existencia de la doctrina. Si la «doctrina» de los anarquistas expresa la verdad, entonces de por sí se comprende que se abrirá paso indefectiblemente y agrupará en torno suyo a la masa. Pero si dicha doctrina es inconsistente y se halla edificada sobre una base falsa, no subsistirá largo tiempo y quedará en el aire. Ahora bien, la inconsistencia del anarquismo debe ser demostrada. Algunos consideran que el marxismo y el anarquismo tienen los mismos principios, que entre ambos existen sólo discrepancias tácticas, de modo que, según esa opinión, es completamente imposible contraponer estas dos corrientes. Pero eso es un gran error. Nosotros consideramos que los anarquistas son verdaderos enemigos del marxismo. Por consiguiente, reconocemos que contra los verdaderos enemigos hay que sostener una lucha también verdadera. Y por eso es necesario analizar la «doctrina» de los anarquistas». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Anarquismo o socialismo, 1906)

Es decir, como marxista-leninistas, como socialistas científicos, no podemos sin más rechazar simplemente a cualquiera de las corrientes antimarxistas existentes –ni por su inconsistencia teórica, ni por sus nefastos resultados prácticos, ni por su poca influencia en las masas–. Al anarquismo como a cualquiera otra ideología no marxista debemos desmontarla a la luz de las pruebas, sabiendo además de que nunca podemos dar superado en la sociedad y sus miembros lo que nosotros hemos superado; esto precisamente es lo ocurre con el caso del anarquismo como doctrina y su influencia desorientadora.

Las teorías y prácticas del anarquismo, al igual que otras corrientes, consciente o inconscientemente se ha integrado en otras corrientes burguesas. Muchos de los revisionismos, por ejemplo, contienen grandes dosis de anarquismo; en ese sentido, sin entender al anarquismo del siglo XIX y XX es imposible comprender las desviaciones que se han cometido en nombre del marxismo-leninismo a lo largo de la historia, cuando en verdad respondían a la teoría y praxis del anarquismo. Por todo esto, no debemos pensar que su influencia se ha eliminado en la sociedad, sólo los necios pueden vociferar algo así.

Esta carta de Comorera escrita en enero de 1949, fue redactada meses previos a la infame campaña de calumnias y falsificaciones que los carrillistas del Partido Socialista Unificado de Cataluña, apoyándose en el Partido Comunista de España vertieron sobre Joan Comorera.

Precisamente una de las multitudinarias falsas acusaciones que los carrillistas españoles y catalanes adjudicaran al dirigente catalán, sería la de que Comorera apostaba por una lucha contra el anarquismo a través del terrorismo contra sus miembros; este documento refutará tal tesis, y demostrará, que como marxista-leninista, la labor de acabar con el anarquismo nace de un gran trabajo con la militancia de base influenciada por tal movimiento –como por ejemplo los obreros excenetistas de la carta– por medio de una explicación y persuasión teórica de sus errores, y una demostración en la praxis la justeza de tales reclamaciones. Algo que ya explicó Joan Comorera en su famoso alegato conocido como la «Declaración» del 14 de noviembre de 1949. Pero por largo tiempo –precisamente como adelantaba entonces el marxista-leninista catalán– los carrillistas tratarían de ocultar este tipo de documentos que demostraban su inocencia en torno a las absurdas calumnias de los sucios revisionistas:

«Para demostrar que el Secretario General sufre de «megalomanía», los miembros cooptados del ex Secretariado afirman dos cosas contradictorias: que hicieron esfuerzos desesperados por «contenerme» y «corregirme» y que les imponía una especie de régimen de terror político. Los pobres desgraciados, tan pronto abrían la boca, eran paralizados por la furia de mi gesto y la violencia sectaria de mis conceptos. Y los pobres desgraciados aceptarían este régimen de terror permanente durante años y años: ¡saben bien de lamentos! La «Carta abierta a los obreros cenetistas de Barcelona» –que la redacté con la colaboración material de Pere Ardiaca i Martí– fue distribuida a cada miembro del ex Secretariado antes de la discusión, fue discutida colectivamente, frase por frase, párrafo por párrafo, era fruto de un informe mío anterior, calificado de magistral por los miembros del Buró Político y del ex Secretariado, había de ser enviada al interior y recomendada a todo el partido como un material permanente de estudio de primerísima calidad, fue glosada con elogios quizás excesivos en los artículos de los ex dirigentes publicados en «Lluita», y ahora se habla que fue impuesta, que se les prohibió a ellos un estudio más profundo: ¡Qué ejemplo de irresponsabilidad! Afortunadamente casi todos los militantes tienen un ejemplo de la Carta y los miembros cooptados del ex Secretariado no les será tan fácil de quemarla, como pronto van a quemar también la edición catalana del Manifiesto Comunista destinada al interior. Así es como los militantes podrán comprobar ellos mismos que en la Carta no demando el exterminio de los grupos cenetistas». (Joan Comorera; Declaración, 14 de noviembre de 1949)

La carta por lo que nos respecta, es una muestra más de la deuda pendiente que todos los marxista-leninistas internacionalistas tenemos con Joan Comorera y los escritos que nos legó y que debemos recuperar y que viene a demostrar el papel histórico desempeñado por esta figura en torno a la lucha contra el anarquismo tan influyente en aquellos años; una muestra más de que los que intentan falsificar su pensamiento ideológico no pueden hacerlo a la luz de sus escritos; una muestra más de que ni Santiago Carrillo ni sus lacayos del PSUC de entonces como Josep Moix, ni todos sus herederos, han podido evitar que los marxista-leninistas nos acordemos y reivindiquemos su labor en la lucha contra las tendencias antimarxistas, en pro de la salvaguardia de la pureza de la ideología del proletariado: el marxismo-leninismo.

Creemos que todos sabéis a estas alturas lo que supuso para el PSUC que a poco tardar de escribir esta carta Joan Comorera polemizara contra los carrillistas del PSUC, los resultados pueden ser condensados en:

1) La injusta expulsión de Comorera del PSUC y el posterior vergonzoso y criminal vilipendio público acusándolo de agente del franquismo-titoismo-imperialismo, mientras Comorera consumía precisamente sus últimos días en las cárceles franquistas en 1958;

2) Decapitar al PSUC de su mejor líder, pudiendo así, promocionar a los carrillistas y rehabilitar a los expulsados por Comorera y el partido años antes, consolidando con ello poco a poco la conversión del PSUC en una sucursal catalana del PCE lo que fue oficializado en 1954; asegurándose con ello que el PSUC fuera en un mero seguidor-validador de la teoría política revisionista de de la «reconciliación nacional» defendida por el binomio Carrillo-Ibárruri, una teoría que es un crimen histórico contra la lucha de clases y especialmente un insulto para todos los combatientes tanto españoles como no españoles que lucharon en la Guerra Civil contra el fascismo español y extranjero. 

Ahora, pese a que el movimiento comunista marxista-leninista sufriera tales reveses con la usurpación del partido por la pandilla de revisionistas, hay una cosa imborrable de esta época gloriosa durante la cual Comorera escribe la presente carta del documento: y que tal época una lección de dedicación tanto del PCE como el PSUC a la causa de la clase obrera y su recompensa se vio en la influencia entre las masas populares, época dorada que ningún periodo posterior de estos mismos partidos, bajo las mismas siglas pero bajo mando revisionista, pudo emular, y que reafirma la justa línea política de los marxista-leninistas de esta época sobre los revisionistas posteriores:

«La resuelta actitud del partido comunista frente al ataque fascista, el audaz ejemplo que dio colocándose al frente de las masas para impedir que el fascismo pasara, el ejemplo de sus militantes, el 60 por ciento de los cuales fueron enviados a los diversos frentes de lucha, aumentaron en gran medida la autoridad y el prestigio del partido entre las masas del pueblo. Un partido crece, gana autoridad y se convierte en dirigente de las masas cuando cuenta con una línea clara y se lanza audazmente a la lucha por llevarla a la práctica. El Partido Comunista de España se convirtió en un partido tal en el curso de la guerra civil. Desde la insurrección fascista en julio de 1936 hasta finales de ese mismo año, el partido comunista triplicó el número de sus miembros. Y, aunque en aquellos días la gente se integraba en el partido para ofrendar su vida, y no para dar su voto en las elecciones, jamás ni nadie, ni el llamado partido comunista de Santiago Carrillo, ni los otros partidos revisionistas, que han abierto sus puertas a todo aquel que quiera ingresar en ellos, laico o religioso, obrero o burgués, podrá hablar de un crecimiento de la autoridad e influencia como las que adquirió el digno Partido Comunista de España durante el período de la guerra civil». (Enver Hoxha; Eurocomunismo es anticomunismo, 1980)

Enver Hoxha, destacado marxista-leninista, internacionalista, siempre amistoso y simpatizante con el pueblo español y su heroica lucha, explicaría a los lectores que no se explicaban la degeneración del Partido Comunista de España las grandes pérdidas del partido durante la guerra y el derrotismo que se imprimiría desde entonces, las duras condiciones para operar dentro de la España franquista, la dificultad de organizarse también desde exilio muchas veces también en condiciones forzadas de absoluta clandestinidad de los comunistas en tales países, en resumen de como a raíz de la pérdida de la guerra civil española, los elementos como Carrillo-Ibárruri se aprovecharon para imponer su dominio revisionista en tal panorama difícil y confuso:

«La Guerra de España tocó a su fin a comienzos del año 1939, cuando la dominación de Franco se extendió a todo el territorio nacional En aquella guerra el Partido Comunista de España no escatimó esfuerzos ni energías para derrotar al fascismo. Y si el fascismo venció, fue debido, aparte de los diversos factores internos, en primer lugar a la intervención del fascismo italiano y alemán y a la política capitulacionista de «no intervención» de las potencias occidentales con respecto a los agresores fascistas. Muchos militantes del Partido Comunista de España inmolaron sus vidas durante la guerra civil. Otros fueron víctimas del terror franquista. Otros miles y miles fueron arrojados a las cárceles donde permanecieron por largos años o murieron en ellas. Después del triunfo de los fascistas, en España reinó el más feroz terror. Los demócratas españoles, que lograron escapar de los campos de concentración y de los arrestos, tomaron parte en la resistencia francesa donde combatieron heroicamente, mientras que los demócratas españoles que se fueron a la Unión Soviética se integraron en las filas del ejército rojo y muchos de ellos dieron su vida combatiendo al fascismo. Pese a las condiciones sumamente graves, los comunistas continuaron su lucha guerrillera y la organización de la resistencia también en España. La mayor parte cayeron en manos de la policía franquista y fueron condenados a muerte. Franco golpeó duramente la vanguardia revolucionaria de la clase obrera y de las masas populares de España y esto tuvo consecuencias negativas para el partido comunista. Al haber desaparecido en la lucha armada y bajo los golpes del terror fascista los elementos más sanos, más preparados ideológicamente, más resueltos y valientes, del Partido Comunista de España, cobró supremacía y ejerció su influencia negativa y destructora el elemento cobarde pequeño burgués e intelectual como son Santiago Carrillo y compañía. Estos fueron transformando gradualmente al Partido Comunista de España en un partido oportunista y revisionista». (Enver Hoxha; Eurocomunismo es anticomunismo, 1980)

Esta última cita indirectamente explicaba también el «Caso Comorera»; es decir como los carrillistas catalanes y españoles tuvieron ante sí unas condiciones objetivas favorables para poder eliminar a Joan Comorera del PSUC. El Partido Socialista Unificado de Cataluña sufriría de igual forma que el Partido Comunista de España en este periodo convulso duras pruebas no ya para desarrollar el partido, sino para evitar su liquidación tanto en el interior de Cataluña como en el exilio: gran pérdida de los militantes durante la guerra civil; el factor desmoralizador de la pérdida de la guerra; la represión del gobierno francés al cruzar la frontera en 1939 que incluía el desarme del los combatientes y su incursión en los campos de concentración; la presión del surgimiento de nuevas corrientes revisionistas en el movimiento comunista como el browderismo en 1943-1944; el resurgimiento de la demagogia nacionalista burguesa y pequeño burguesa en los centros neurálgicos de exiliados catalanes como México o Francia; la ilegalización y represión contra todo lo comunista tras el Pacto Ribbentrop-Mólotov en Francia en 1939 y el posterior régimen filohitleriano de Vichy en Francia durante 1940-1944; la presión anticomunista y antisoviética del cenetismo-faísmo, el prietismo socialdemócrata, o el trotskismo; la fallida incursión antifranquista de los 4.000 combatientes antifascistas en el Valle de Arán de 1944; la caída diaria de militantes del PSUC como «la caída de los 80» en 1947; la desviación nacionalista-derechista del titoismo en 1948; si a estas condiciones extremas, que el PSUC con Joan Comorera a la cabeza sorteó eficazmente durante 1939-1949 le sumamos el gran factor externo de presión como era que el PCE para finales de los 40 estaba liderado por líderes revisionistas como Santiago Carrillo que deseaban incorporar al PSUC como la sección catalana del PCE para poder controlar su línea política, encontramos un cúmulo de circunstancias y un momento que no se puede postergar como era: la polémica entre los marxista-leninistas del PSUC como Joan Comorera y los líderes revisionistas del PCE como Santiago Carrillo que pretendían absorber el partido e igualar la línea del PSUC a su línea. En otro documento explicaremos mejor este tema de cómo triunfó el revisionismo carrillista en el PSUC.

El documento:


La revolución plantea a la clase obrera el problema del poder político

Queridos camaradas.

Acabamos de recibir la carta firmada por vosotros, en la que reivindicáis la calidad de antiguos militantes cenetistas y según la cual me expresáis el estado de ánimo general del conjunto de obrero de la misma antigua afiliación que trabajan en las principales fábricas de Barcelona. Con la claridad digna de buenos militantes de la clase obrera me habéis planteado vuestras inquietudes respecto a la situación actual, expresando el deseo de conocer mi opinión. Nada podría satisfacerme tanto, pues la voz de los luchadores del interior, de los camaradas que no han perdido la confianza en la propia fuerza y en invencibilidad de la causa revolucionaria y democrática, de los camaradas que a pesar de los malos tiempos y de los sufrimientos no han desertado de las filas de combatientes contra el sanguinario régimen de clase franco-falangista, esta voz es para mí la más sagrada.

En sustancia me demandáis: ¿cómo hemos podido llegar a esta situación de oprobio y esclavitud? ¿Por qué este régimen siniestro, fascista, condenado por el mundo entero, odiado por todo el pueblo, se alarga tanto? ¿Qué debemos hacer para aniquilarlo, para retomar el camino de una vida libre y democrática? ¿Qué tenemos que hacer para enterrar definitivamente a las fuerzas del pasado, de la carnicería de la reacción española y asegurar el constante desarrollo, sin recaídas, de la revolución en toda España?

He aquí, queridos camaradas, mi opinión.

Friedrich Engels, en los análisis que ha hecho de la Revolución Española a lo largo del siglo XIX afirmó que en España la clase obrera de Cataluña fue la más combatiente y que nuestro Francisco Pi i Margall, el único socialista del Gobierno de la primera República, fue vencido por los desbarajustes cantonalistas que los bakuninistas antecesores de los actuales faístas [se llamó así a los afiliados a la FAI, una organización anarquista fundada en 1927 – Anotación de Bitácora (M-L)] provocaron. La derrota política de Pi i Margall, fue de hecho la liquidación de aquella ya lejana revolución. Y Friedrich Engels sacó la histórica conclusión de aquel periodo [1]:

«Los bakuninistas españoles nos han dado un ejemplo insuperable de cómo no debe hacerse una revolución». (Friedrich Engels; Los bakuninistas en acción; Memoria sobre el levantamiento en España en verano de 19873)

La gloriosa tradición revolucionaria, comprobada por Engels, nunca se ha interrumpido. La clase obrera de Cataluña se ha mantenido en la vanguardia de combate de la clase obrera española en lucha ininterrumpida por un régimen de libertad, de verdadera democracia. Las huelgas generales de 1902 y de 1907, la revolución de 1909, las huelgas de 1909 al 1911, la revolución de 1917, las profundas conmociones del 1918 al 1923, la resistencia activa a la dictadura de Primero de Rivera y las coacciones terroristas de los Sindicatos Libres, el levantamiento masivo de 1931, de octubre de 1934 y febrero de 1936, y la victoria decisiva del 19 de julio de 1936, son hitos inolvidables que señalan grandes hazañas de una clase obrera incorruptible y que nunca se consideró vencida.

Esta tradición es nuestro orgullo y también nuestra lección histórica, lección que debemos aceptar y asimilar. Del 1990 al 19 de julio de 1936, difícilmente podríamos encontrar un ejemplo de más combatividad y de esterilidad revolucionaria.

¿Por qué, pues, esta característica, aparentemente contradictoria, de combatividad y de esterilidad, ha sido la esencia de nuestro movimiento obrero? Es seguro, estimados camaradas, que más de una vez os habréis planteado este interrogante con angustia propia de obreros honrados y revolucionarios.

Lenin nos ha dicho que sin teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario. Este principio leninista es el que nos resuelve la contradicción de combatividad y de esterilidad revolucionaria [2].

Por razones históricas que ahora no toca dilucidar, la clase obrera de Cataluña ha estado influida por la filosofía anarquista, pequeño burguesa y reaccionaria; ha estado dirigida por grupos e individuos que la han puesto siempre al lado de la reacción, que la han hecho un instrumento alejo a la propia clase, de formaciones políticas burguesas que presentaban en primer plano la demagogia social, anticlerical o nacionalista. Carente de una teoría revolucionaria y de un destacamento de vanguardia, que, en posesión de esta teoría asegurase su independencia de clase, y la dirigiera en la lucha de sus propios objetivos concretos, la clase obrera de Cataluña estaba condenada a comenzar revoluciones y a sufrir represiones cada vez más sangrientas.

La crisis económica agudizada por la pérdida de las últimas colonias creó en toda España y, particularmente en Cataluña, donde entonces también existía la mayor concentración obrera, un profundo clima revolucionario que tuvo su culminación en 1909. ¿Cuáles fueron los frutos? Por una parte, Solidaritat Catalana, especulación nacionalista de la gran burguesía. Por otro lado, el lerrouxismo o la demagogia social y anticlerical más grosera y aventurera. En uno u otro caso, la clase obrera fue peón de maniobra de sus enemigos.

Las inmoralidades de la monarquía, la explotación de clase cada vez más acentuada y la criminal aventura del Rif determinaron el levantamiento revolucionario de 1090. La clase obrera se apoderó, de hecho, de Barcelona y otras ciudades de Cataluña, durante toda una larga semana, el Ejército y el conjunto de las fuerzas represiones confraternizaron con los revolucionarios. ¿Que resultó? La implacable represión simbolizada por los fusilados de Montjuïc. Pues los líderes de la clase obrera, pequeño burgueses por su teoría, no dirigieron el combate con fines propios de clase, sino que ofrecieron su dirección a la trepa lerrouxista.

Las contradicciones económicas agudizadas en el curso de la Primera Guerra Mundial imperialista, la acentuada corrupción del rey y de su corte, las maniobras de los agentes alemanes, las rivalidades militares y las exaltaciones ideológicas que la misma guerra provocaba, junto al eco profundo que tuvo la caída del zarismo, abriendo la crisis más fuerte que la monarquía sufrió desde la restauración. La proclamación de la República parecía inminente y habría sido inevitable si la clase obrera hubiera actuado como clase independiente y con objetivos propios. ¿Pero qué ocurrió? En la primera etapa revolucionaria, conocida con el nombre de Asamblea de los Parlamentarios, la clase obrera fue puesta a las órdenes de Cambó y Abadal, es decir, a las órdenes de una burguesía que codiciaba un compromiso y no una revolución. En la segunda etapa, la clase obrera se lanzó a la huelga general revolucionaria abonando un movimiento dirigido por las Juntas Militares de Defensa, por unos republicanos más o menos lerrouxistas, por los socialdemócratas sometidos a las directrices de la burguesía, es decir, por un conjunto de elementos que temblaban de miedo ante la Revolución y propensos indefectiblemente a aceptar un compromiso. Otra vez la clase obrera no fue la fuerza dirigente, sino un peón en la maniobra de los capitalistas.

En España los socialistas hicieron la política de los republicanos y los republicanos la política de la reacción

Del 1918 al 1923, la clase obrera de Cataluña vivió y sufrió la mayor experiencia de aquel periodo. Había terminado la guerra imperialista y la Revolución Socialista de Octubre de 1917 abrió la era histórica de las revoluciones proletarias. Por primera vez, el capitalismo fue aplastado y extirpado de un gran país. Por primera vez, la clase obrera de un país conquistó el poder político y, en lucha cuerpo a cuerpo contra los enemigos de clases interiores y la reacción internacional, construía y consolidaba su Estado, construía la nueva vida, la nueva civilización del socialismo. La tormenta revolucionaria sacudió el mundo con los nombres de Lenin y Stalin y el heroísmo bolchevique se convirtió en guía y ejemplo para la clase obrera internacional, para los revolucionarios de cada país. En Cataluña como en toda España. Nunca la clase obrera de Cataluña, en su conjunto, había tenido una consciencia tan activa de su personalidad, de su fuerza. Nunca la decisión de la clase obrera de Cataluña se había afirmado con tanto ímpetu y unanimidad, no por unas reivindicaciones esmirriadas de tipo económicas, no por la búsqueda sin aliento de unos dirigentes aventureros que la llevaran al combate, no por una superficial ambición nacionalista o republicana, sino por una revolución propia, para desatar y llevar a buen término su revolución, la revolución proletaria, la Revolución ya victoriosa en la Rusia ex zarista. Tampoco nunca antes el Estado capitalista había dado tantas pruebas de desconcierto, de debilidad, de miedo, de dislocamientos interiores. La clase obrera tenía la intuición de la victoria inminente. ¿Y qué ocurrió? ¿En que acabó esta inmensa energía revolucionaria en movimiento? Los elementos anarquistas antipolíticos, antiestatales, antidisciplinarios, antiautoritarios que dirigían la CNT, incapaces de comprender el valor y la misión histórica de la clase obrera, traficó políticamente con los dirigentes más o menos lerroxistas de siempre, no supieron salir socialmente de las reivindicaciones económicas aisladas una de otras, no vieron otra perspectiva que la de crear unos sindicatos de fortaleza momentánea y condenados a la represión no encontraron otra salida que la del pistolerismo profesional. La burguesía iba a tener el ocio y los militantes suficientes para recobrarse, pasó a la ofensiva rompiendo la ola revolucionaria y desatando la brutal represión económica de los cierres patronales primero, y después la represión física contra una clase obrera hambrienta y desmoralizada. Y los pistoleros profesionales, expresión «revolucionaria» de los anarquistas, se pusieron bajo las órdenes de Martínez Anido y Argueli y asesinados a líderes como Salvado Seguí, que comenzaban a extraer honradamente la experiencia que correspondía de aquella derrota.

Pasó Primo de Rivera. Pasaron Berenguer y Aznar y el 14 de abril de 1931 el pueblo proclamaba la República. Se acostumbra a decir que se había proclamado la República en un país sin republicanos. Eso no es cierto, pues la clase obrera había sido siempre profundamente republicana. Ciertamente era verdad que en el país los partidos republicanos no tenían ni consistencia ni raíces profundas en la clase obrera y las masas populares. Esto quiere decir que teóricamente la clase obrera surgía como la fuerza determinante y dirigente de la República, que esta República debía devenir en República Popular y marchar hacia el socialismo. Frente a la clase obrera había unas castas y una clase capitalista en dispersión y despavorida. En torno a la clase obrera y aceptando su dirección resurgía un campesinado revolucionaria y esperanzada y una pequeña burguesía ganada por la República, dispuesta a aceptar las transformaciones previsibles. Por su volumen, por su homogeneidad, por su tradición revolucionaria, la clase obrera se presentaba como la dirigente indiscutible del nuevo régimen. ¿Y qué ocurrió? En Cataluña dirigida por la FAI, organizada en 1926 –y continuadora del viejo anarquismo–, la clase obrera desorientada además por la demagogia nacionalista y anticlerical, como antes en los tiempos lerrouxistas, lo volvió a ser de la demagogia nacionalista y anticlerical [3], aceptó la dirigencia de la pequeña burguesía dirigida por Francesc Macià y Esquerra Republicana.

En España, los socialistas hicieron la política de los republicanos y los republicanos la política de la reacción y, unos y otros, se conjuraban por una República de trabajadoras de todas las clases, un presidente agente del Vaticano, una Guardia Civil doblada con la Guardia de Asalto, una casta militar reforzada, una legislación social reformista saboteada impunemente por la burguesía, una reforma agraria raquítica, una República que a dos años del inmenso levantamiento popular de 1931 caería en las manos de los filofascistas Alejandro Lerroux y José María Gil Robles.

La represión del bienio negro [periodo de la II República comprendido entre las elecciones generales de noviembre de 1933 y las de febrero de 1936 durante el cual gobernaron los partidos de centro-derecha republicana encabezados por el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, aliados con la derecha católica de la CEDA - Anotación de Bitácora (M-L)] no pudo quebrantar la voluntad popular revolucionaria de la clase obrera y las masas populares. La clase obrera había adquirido ya mucha mayor madurez política. Las experiencias vividas, el revulsivo del Frente Popular, la crisis económica y la represión, la evidencia de los errores y de las traiciones cometidas, radicalizaron a amplios núcleos de la clase obrera, el campesinado, de la masa popular. Al mismo tiempo, el Partido Comunista de España, el partido marxista-leninista avanzaba con paso firme y se convirtió bajo la dirección de José Díaz y la Pasionaria, en un gran partido de masas, en el destacamento de vanguardia de la clase obrera. En Cataluña aleccionados por la experiencia de octubre de 1934 [levantamientos populares instigados sobre todo por el ala izquierda del PSOE como protestas al aumento de la fascistización de la sociedad tras la entrada de la CEDA en el gobierno en 1934 y a la derogación del gobierno radical-cedista de los pocos derechos conseguidos por las masas populares durante 1931-1933, la revolución sólo tuvo éxito en Cataluña, Euskadi, y sobre todo Asturias, donde el PCE estaba a la cabeza de la revuelta, los anarquistas fueron meros espectadores en la mayoría de casos; dicha experiencia sería analizada por los comunistas para extraer las causas de sus errores - Anotación de Bitácora (M-L)] los partidos obreros trabajaban hermanados, preparando la unificación, la creación del partido único, del Partido Socialista Unificado de Cataluña [4]. Por consiguiente, la victoria popular del 16 de febrero de 1936 fue de más volumen, de más contenido revolucionario que la del 14 de abril de 1931. Desgraciadamente los dirigentes faístas y socialistas tenían suficiente fuerza aún para paralizar unas veces, y desorientar otras tantas, la voluntad revolucionaria de la clase obrera y el Estado republicano siguió siendo monopolio de la burguesía. No se realizó la Revolución democrática con rapidez y profundidad que se requería y las castas tradiciones y los capitalistas, propietarios y dirigentes de la economía española, poseedores de los resortes fundamentales del Estado, sirviendo a intereses propios y planes de guerra y dominación mundial del nazi-fascismo, se levantaron contra los pueblos hispánicos, volcaron el Estado «republicano» contra los republicanos, abrieron el nuevo capítulo decisivo de la historia española.

Y bien, queridos camaradas, ¿qué conclusiones podemos sacar de esta larga y dolorosa experiencia?

La clase obrera tenía la fuerza y la entregó a los enemigos

La profunda razón es que la clase obrera, influida por una filosofía reaccionaria y dirigida por grupos anarquistas aventureros o irresponsables no actuó nunca como clase independiente, con propios principios de clase, con objetivos de clase. No se consideró nunca como la clase dirigente de la nación, como la clase irreconciliable con el régimen capitalista con la misión de destruir el Estado burgués, tomar el poder político, liquidar la explotación del hombre por el hombre, crear una sociedad sin explotadores, una nueva civilización: el socialismo. Tenía la fuerza y la entregó a los enemigos. De dirigente que debía de ser, pasó a ser dirigida, y su entusiasmo y abnegación revolucionaria pasó al servicio especulativo del capitalismo y de sus formas reaccionarias. La clase obrera, desorientada por las prédicas antipolíticas y apolíticas, antiestatales y antiautoritarias, se quedó deslumbrada a menudo por fantasmagóricos sentimentalismos que exaltaban su instinto revolucionario y la conducían a explosiones aventureras y sin salida [5], no comprendiendo ella, que como clase independiente, debía de tener una teoría revolucionaria propia, que debía de forjar su propio partido político revolucionario. El anarquismo le había vendado los ojos y le entregó indefensa a las maniobras y todas las trampas de la burguesía. Y fue así como ella no captó que el antipoliticismo y el apolitismo son la política de la reacción; que el apoliticismo le condujo a votar por el leurrouxismo antes, y a la pequeña burguesía nacionalista catalanista después. Así es como tampoco captó que el antiestatismo y el antiautoritarismo consolidaban el monopolio burgués del Estado y la autoridad, y que condenan a la clase obrera a la explotación despiadada, a las represiones brutales, a la desesperanza y a la impotencia.

Es la experiencia a lo largo de este periodo la que estamos analizando. Y esta es muy densa y muy trágica para considerar este análisis suficiente. Tenemos sin embargo, otro volumen inconmensurable que ha de liquidar inevitablemente las dudas de buena fe de los obreros honrados y revolucionarios: la experiencia de la guerra.

Por primera –y única vez– los anarquistas o su degeneración faístas, que para el caso es lo mismo, tuvieron el poder político en Cataluña y la libertad de aplicar los principios, en una situación concreta y momentáneamente dominada. ¿Y qué ocurrió?

La clase obrera, los catalanes progresistas y patriotas y las fuerzas de la Generalitat aplastaron por las calles de Barcelona y las ciudades catalanas sublevadas [a los golpistas fascistas durante el 17 de julio de 1936 - Anotación de Bitácora (M-L)]. En veinticuatro horas se produjo en Cataluña el cambio más radical que haya conocido su historia.

Los partidos políticos nacionalistas pequeño burgueses, que tenían veinticuatro horas antes todo el poder político en sus manos, se derrumbaron verticalmente. El Partido Socialista Unificado de Cataluña nació tres días después como una promesa. Los faístas tomaron el poder. ¿Qué harían? Tenían el dominio del verdadero Gobierno de Cataluña, el Comité de Milicias, que pudo actuar, dadas las circunstancias, como un poder independizado del Gobierno central. Se apoderaron de los organismos militares, del armamento, y la confiaron a la dirección exclusiva del Comité de Milicias, es decir, a ellos mismos. Se apoderaron de la economía de Cataluña y de la frontera. Establecieron su dominio mediante los controles de carretera y la actuación terrorista de los grupos especiales enviados a comarcas, sobre Cataluña entera. Los faístas tuvieron en sus manos todo el poder político, económico y militar. Y no supieron que hacer con él. No supieron hacer la revolución. No supieron hacer la guerra. Y fueron, junto a los socialdemócratas y trotskistas, los factores principales interiores de la derrota. Eran apolíticos y formaron Gobiernos. Eran antiestatales y crearon un aparato de Estado policial y vengativo. Eran antiautoritarios y organizaban las Patrullas de Control y los Comités de Defensa de barriadas y los Comités de Control de todo tipo. Eran «filósofos sentimentales, adoradores de la personalidad humana y de la libertad individual» y de Trilles a Roldan Cortada, pasando por La Fatarella, se descubrieron como aventureros sanguinarios. Todo se convirtió para ellos en un juego de palabras. Aceptaban el Gobierno, si se llamaba Consejo. Aceptaban ser consejeros, si las Consejerías se llamaban Departamentos. Aceptaban la movilización de levas y la formación del Ejército Popular si a los tenientes se les decía delegados de compañía. A veces hacían ver que quemaban las pesetas e imprimían vales. No tenían otra obsesión que la de cubrir su vació mental y su deshonestidad revolucionaria con cambios formales. Y mientras rehusaban de organizar un verdadero frente, a hacer la guerra de verdad, a desarrollar una economía de guerra, a establecer un orden revolucionario en la retaguardia, a asegurar, dando primacía a las exigencias de la guerra, la unidad combatiente de todos los catalanes patriotas entorno a la clase obrera [6]. Siguieron las huellas de los bakuninistas desenmascarados por Engels y crearon los cantones de Puigcerdà, de Molina, de la Torassa, de barrio, de Aragón, e imitando a los republicanos del siglo pasado decían: «salven los principios aunque se pierda la República», proclamaron: «ganamos la Revolución aunque se pierda la guerra». Y pretendieron «ganar la Revolución» organizando la indisciplina.

Se ha demostrado ampliamente que el anarquismo es una filosofía reaccionaria

Esta contradicción adquirió un relieve excepcional porque a la vez la vida demostraba el contenido reaccionario de la filosofía anarquista, la clase obrera, el campesinado y los sectores más avanzados de la masa popular iban forjando con rapidez increíble el gran partido obrero, el gran partido nacional: el Partido Socialista Unificado de Cataluña. Llevados por su reaccionarismo, los faístas se lanzaron a fondo, no contra Franco, sino contra el Partido Socialista Unificado y sus mejores militantes, con el afán de aniquilarlo. Se aliaron con los burgueses para impedir la formación de un Gobierno dirigido por la clase obrera. Se aliaron con los trotskistas y otros agentes del franco-falangismo para desorientar a la clase obrera e impedir que la teoría victoriosa del marxismo-leninismo penetrara en sus filas. En las proposiciones concretas del PSUC, proposiciones que tendían a asegurar la más rápida victoria militar, condición indispensable para consolidar las primeras conquistas revolucionarias y desarrollarlas después, los faístas contestaron con el insulto, el sabotaje, con la calumnia, el asesinato y tomando parte principal en todas las conspiraciones política que una burguesía despavorida tejía contra el partido de la clase obrera. Enloquecidos por sus propios crímenes, por la comprobación diaria de su propia caída en picado como núcleo dirigente del sector de la clase obrera, los faístas, confabulados con los trotskistas y sirviendo a los planes de Franco y Mussolini, se lanzaron a la criminal aventura de mayo de 1937, abriendo el frente al enemigo y el puerto de Barcelona a la escuadra mussoliniana. El golpe de mayo de 1937 marca el gran cambio en nuestra reciente historia. Faístas y trotskistas fueron batidos por la clase obrera y el pueblo, y su naturaleza contrarrevolucionaria y traidora quedó al desnudo para siempre. Desde entonces el PSUC, en progresión interrumpida, se convirtió en la fuerza más importante de Cataluña durante la guerra [7], y Cataluña tuvo desde entonces una política de guerra que escribirían las páginas militares y económicas más gloriosas de su historia. Por la acción perseverante y abnegada del Partido Comunista de España y el Partido Socialista Unificado de Cataluña, los rasgos fundamentales de la democracia popular tomaron formas definidas y concretas [8], se creó el Ejército Popular Regular, se organizó la economía de guerra y se crearon las condiciones de victoria. Desgraciadamente la acción revolucionaria y traidora de los faístas y trotskistas, la política vacilante y contradictoria de los socialistas y republicanos, agravada por las traiciones sistemáticas de los prietistas, no permitieron ya la realización de un plan metódico y a ritmo acelerado. Así vimos que las directrices fundamentales militares, económicas y políticas, propuestas y popularizadas por el PCE y el PSUC se aceptaban siempre tarde y se aplicaban a menudo con espíritu de derrota y no de victoria.

Perdimos una guerra que teníamos que haber ganado. La habríamos ganado si desde el primer día el esfuerzo de la clase obrera y el pueblo se hubiera concentrado contra el enemigo. La hubiéramos ganado si la línea fundamental del Partido Comunista de España y el Partido Socialista Unificado de Cataluña –que la guerra y las exigencias de la guerra estaban por encima de todo, que la Revolución era ganar la guerra– no hubieran sido saboteadas por los reaccionarios y los traidores faístas, prietistas y trotskistas desde el primer día pasando por el golpe de mayo de 1937 y terminando con la Junta de Casado de 1939.

Pues bien, queridos camaradas, la vida ha demostrado sobradamente que el anarquismo es una filosofía reaccionaria, ajena a la clase obrera, una prolongación de la burguesía hacia el campo obrero. La vida nos ha demostrado sobradamente que los grupos específicos, herederos del bakuninismo y los anarquistas individualistas, han sido un instrumento de la burguesía en el movimiento obrero, fuerza de choque aventurera y amoral de los inconciliables enemigos de la clase obrera y del pueblo.

El deber de un obrero revolucionario es estar en el campo democrático y antiimperialista

Los imperialistas anglosajones, renegando de los Acuerdos de Potsdam de 1945 y de las Naciones Unidas, han ayudado sistemáticamente al régimen franco-falangista. Esta es una verdad tan punzante que no necesita ser demostrada. La Unión Soviética, las nuevas democracias [aquí el término democracia, es según la concepción marxista-leninista, es decir la democracia proletaria, se refiere por tanto a los regímenes de las nuevas democracias populares surgidas tras la Segunda Guerra Mundial - Anotación de Bitácora (M-L)], la clase obrera internacional, las masas progresistas del mundo entero, y a la cabeza de ellas, los partidos comunistas, han permanecido fieles a nuestra causa, han hecho y hacen en cada momento y según la situación todo lo que les es posible para ayudarnos en la lucha a muerte contra el régimen franco-falangista y por el establecimiento de una verdadera democracia. El deber de un obrero revolucionario, comparta o no plenamente nuestra ideología, es claro y categórico: luchar encarnizadamente contra los imperialistas que prolongan la vida del régimen franco-falangista, junto a las fuerzas democráticas que sostienen la causa liberadora de los pueblos hispánicos. ¿Qué hacen los faístas? Son instrumentos asalariados de los imperialistas, son los más groseros y cínicos calumniadores y enemigo de la Unión Soviética y de las nuevas democracias [9]. Los faístas sostienen la causa de los imperialistas, y por tanto, son también responsables de la prolongación de la vida del régimen franco-falangista.

En el mundo existen dos campos: el campo imperialista, dirigido por los monopolios estadounidenses y el campo democrático y antiimperialista, dirigido por la Unión Soviética. Los imperialistas revitalizan allí donde pueden y como pueden las fuerzas reaccionarias, pretender establecer los siniestros regímenes coloniales, han entregado el poder a los militares y a señores feudales en Corea del Sur y Japón, en Filipinas y Turquía. Han hecho todo lo que han podido para mantener en China al fascista Chiang Kai-shek. Atentan a la independencia y soberanía de las naciones americanas y occidentales europeas. Hunden en la miseria a la clase obrera, al campesinado y al conjunto de las masas trabajadoras a las cuales paralizan mediante una política represiva cada vez más acentuada. La Unión Soviética ha libertado a la humanidad de la pesadilla nazi-fascista. La Unión Soviética, venciendo a las fuerzas más agresivas e inhumanas del imperialismo, exaltó la confianza en las propias fuerzas y en la invencibilidad de las inmensas masas de los países coloniales en la lucha de hoy por su independencia y por la soberanía de sus patrias, por el derecho inalienable a construir la democracia popular. Ha hecho posible que en los países directamente liberados por el Ejército Soviético se realizará la democracia popular dirigida por la clase obrera; ha impedido que los imperialistas arrebataran la independencia y la soberanía del país, que la entregaran de vuelta al poder político de los aristócratas y terratenientes expropiados, los monopolistas, de una burguesía y bienes que han sido nacionalizados, así como de los jerarcas vaticanistas; ha ayudado fraternalmente a las nuevas democracias a vencer las gigantescas dificultades de la reconstrucción, a ejecutar los planes de desarrollo de la economía nacional, a crear todas las condiciones de una vida de bienestar progresivo, a construir los cimientos del socialismo. Y el ejemplo glorioso de la Unión Soviética restableciendo a un ritmo inigualable las espantosas destrucciones de la guerra, desarrollando la economía nacional y sobrepasando la producción de antes de la guerra, marchando al comunismo, a pesar de los boicots, las infamias, las maniobras de todo orden de los imperialistas, es la fuerza tranquila que acelera la madurez política de la clase obrera internacional, de las masas progresivas de cada país, que las moviliza en la lucha por la independencia y la democracia, mediatizada y ahogada por los imperialistas y sus agentes: que asegura la victoria de los partidos de la clase obrera y las masas populares. El campo imperialista es sometimiento nacional, es colonización, es miseria, es neofascismo. El campo democrático es independencia nacional recobrada, es liberación social y nacional de los países coloniales, es la clase obrera dirigiendo la construcción de la nueva vida, es trabajo, bienestar y libertad. Puesto ante este dilema de acero, el deber de un obrero revolucionario, comparta o no plenamente nuestra ideología, es claro y categórico: estar en el campo democrático y antiimperialista, junto a la Unión Soviética y las nuevas democracias, la clase obrera internacional y las masas progresistas. ¿Qué hacen los faístas? Son los perros rabiosos del imperialismo, y como Franco, se especializan en el antisovietismo y en el anticomunismo y cada victoria de la clase obrera y de las masas populares, sean en China, en Grecia, donde quiera que sea, provoca en ellos explosiones histéricas de odio y rencor.

El campo imperialista prepara celosamente la Tercera Guerra Mundial. Los imperialistas sueñan en bombas atómicas y organizan ejércitos mercenarios, rodean a la Unión Soviética de bases estratégicas, movilizan a la granujería de los nazis supervivientes y de los desclasados. Quieren hacer la guerra a la Unión Soviética, quieren aniquilar el mundo socialista, quieren prolongar su dominio aunque sea sobre una tierra llena de escombros y empapada de sangre. En los planes criminales imperialistas, la España franquista juega un papel esencial: España es rica en materias primas estratégicas, es una base militar importante dada su situación geográfica, es una masa humana abundante y barata, es un país «de orden asegurado» por la dictadura fascista. En los planes imperialistas el régimen de clase franco-falangista es clave. Por eso lo sostienen, por eso le ayuden, por eso intervienen para debilitar las fuerzas democráticas alimentando en su seno elementos de corrupción y traición. En los planes de guerra de los imperialistas España es un cojín atómico «ideal» y los españoles son carne de cañón barata. En el campo democrático y antiimperialista, la Unión Soviética es el baluarte de la paz, es la vanguardia de las fuerzas democráticas que no consideran inevitable la guerra, que sostienen la posibilidad de coexistencia por un largo tiempo de los dos mundos, que hacen frente con serenidad y energía a las provocaciones belicosas de los imperialistas, que deshacen las intrigas y que, sin embargo, mantienen la paz. El campo imperialista es la guerra, es el régimen de clase franco-falangista. El campo democrático y antiimperialista es la paz, es el aniquilamiento del franco-falangismo y de sus derivados, es una España independiente recobrada, es la República, es Cataluña libre en una España libre. Ante este dilema de acero, el deber de un obrero revolucionario comparte o no plenamente nuestra ideología, claro y categórico: estar en el campo democrático y antiimperialista; en el campo de la paz, en el campo de los pueblos hispánicos en lucha por la independencia y la libertad, en lucha por la Revolución democrático. ¿Qué hacen los faístas? Como instrumentos asalariados del campo imperialista han pactado con Franco, con el pretendiente, con los Indalecio Prieto, Josep Tarradellas y José Antonio Aguirre, han pactado con las fuerzas más caracterizadas de la reacción española y junto a ellas y de acuerdo con ellas llevan el combate, no contra el régimen de clase franco-falangista, sino contra los partidos incorruptibles de la clase obrera, contra los partidos dirigentes de la lucha de los pueblos hispánicos: el Partido Comunista de España y el Partido Socialista Unificado de Cataluña.

La clase obrera debe liquidar un pasado de divisiones

Pues bien, queridos camaradas, la vida ha puesto de manifiesto ampliamente que los faístas, que los grupos específicos, no son ya una tendencia ideológica en el movimiento obrero. Los faístas, los grupos específicos, los denominados libertarios, comunistas libertarios, socialistas libertarios, socialistas democráticos, socialistas sindicalistas, libertarios existencialistas, apolíticos o políticos, anarco-sindicalistas o anarquistas a secas, sean aduladores del pretendiente Don Juan o admiradores de Harry Truman y de sus dólares, aliados de Indalecio Prieto o miembro de la jauría antisoviéticos y anticomunistas, no son más que una panda de traidores y saboteadores, de espías y delatores, de asalariados del imperialismo y del franco-falangismo y sus derivados. Son un cuerpo extraño en el movimiento obrero que debemos apartar sin contemplaciones ni paliativos sentimentalistas. Este es un deber imperativo para toda la clase obrera, y muy particularmente, para aquellos obreros que, como vosotros, han servido de masa de maniobra de aquellos desclasados, pese conservar viva y pura la tradición de combatividad inquebrantable que como clase obrera se ha caracterizado a todo lo largo de lo trágico y aleccionador de nuestra historia.

Esta limpieza del movimiento obrero no presenta hoy ya grandes dificultades. Vosotros sabéis tan bien como yo que el proceso de esclarecimiento ideológico y de reestructura orgánica del movimiento obrero comenzó con la proclamación de la República en 1931 y se acentuó después de octubre de 1934 y en vísperas de la guerra, que siguió su curso durante la guerra y sus dramáticas experiencias, que ha llegado al último estadio bajo el terrorismo franco-falangista. En el primer período de la República los desatinos aventureros de la FAI contribuyeron fuertemente al resurgimiento ofensivo de la reacción. Cuando los sucesos de octubre de 1934, mientras los obreros, campesinos y los demócratas y patriotas de Cataluña sufrían ya la represión, mientras los mineros asturianos sostenían aislados combates heroicos, los faístas –que ya habían saboteado al movimiento revolucionario– ordenaron desde la Capitanía General de Cataluña la reanudación inmediata del trabajo, con lo que empujaban a nuestra gloriosa clase obrera a cometer un acto de traición. Cuando la campaña del 16 de febrero de 1936, cuando la clase obrera y los demócratas hispánicos reanudaban el combate con más vigor que nunca, los faístas –que ya habían boicoteado las elecciones de la República de 1931, el Estatuto y las elecciones republicanas de 1933– predicaron la abstención electoral y hacían el juego así a la reacción. No es, pues, de extrañar que esta acumulación de traiciones de los faístas, que para mantener brillante su dictadura sobre la CNT habían liquidado previamente la democracia sindical, determinara el estallido de una crisis profunda que se caracterizó por un reforzamiento de la UGT, para la creación de la UGSO, y por la declaración de autonomía sindical de muchos poderosos sindicatos y federaciones, y por la formación en el curso de la guerra, de una UGT más fuerte que la CNT. Y ahora, la claridad es absoluta, pues vosotros sabéis, por propia experiencia que los faístas, aunque en el interior de Cataluña todavía tienen la osadía de llamarse vuestros dirigentes, han saboteado sistemáticamente la lucha de la clase obrera y el pueblo, que están llenos de delatores y provocadores y conjuran con los jerarcas del Sindicato Vertical los planes de un largo sometimiento de la clase obrera por las castas y los capitalistas, y por supuesto, el régimen franco-falangista.

La clase obrera de Cataluña ha alcanzado ya la madurez política necesaria para comprender su misión histórica y tomar, por tanto, la dirección de la lucha de nuestro pueblo. Para llevar a buen puerto esta transcendental misión, para acelerar y asegurar la victoria, la clase obrera debe liquidar un pasado de divisiones, se agrupará en cada fábrica y taller, mina y comercio, y cualquier otro puesto de trabajo nacional en torno al destacamento de vanguardia: el Partido Socialista Unificado de Cataluña, el partido que posee la teoría victoriosa marxista-leninista. Los obreros de Cataluña no deben invertir esfuerzos, no han de agotar su energía, pretendiendo reorganizar los sindicatos clandestinos de la UGT o de la CNT. No sólo porque el combate más eficaz no es éste, sino porque los que hemos sido ugestistas o cenetistas debemos dar por terminada y enterrada la vieja guerra de anagramas y, juntos fraternalmente con la nueva generación, tenemos que querer la unidad combatiente de hoy que nos hermanará mañana en las filas invencibles de una Central Sindical única. Nada podría justificar un retorno a las viejas historias, a la repetición de errores que, tanto ugestistas como cenetistas, cometimos. Por el contrario, todos los elementos en presencia nos llevan a la conclusión opuesta. Los falangistas han podido corromper algunos obreros, pero su ideología fascista no ha penetrado en las filas de la clase obrera. Los excombatientes llevados por el régimen a Cataluña con la intención siniestra de descomponer y dispersar al movimiento obrero, han sido en lo esencial, asimilados por la clase obrera. Las nuevas generaciones crecidas bajo el régimen terrorista han heredado la combatividad de sus padres y son hoy una fuerza de choque fundamental, sedientas de odio contra los verdugos de la patria y de su clase, empapadas de entusiasmo por nuestra causa nacional y revolucionaria. La clase obrera, en su conjunto, siente una admiración profunda y cada más dinámica por la Unión Soviética y las nuevas democracias. Reacciona con violencia creciente contra los imperialistas sostenedores del franco-falangismo, del régimen que le tiene esclavizado y sometido a una vida de humillación, de hambre y de miseria, como nunca había conocido. La clase obrera en su conjunto ha comprendido ya que el marxismo-leninismo es su teoría, que asimilando el marxismo-leninismo forja la victoria, que sólo la dirección sensata y consecuentemente revolucionaria de los partidos comunistas, los partidos marxista-leninistas, aniquilará por siempre el pasado, vencerá a los imperialistas y sus instrumentos, restablecerá la República y las libertades nacionales de Cataluña, Euzkadi y Galicia, realizará la revolución democrática, abrirá el camino venturoso del socialismo. ¿Qué puede pues, separar hoy a los obreros que fueron ugetistas o cenetistas en la lucha contra el enemigo común y mañana en el esfuerzo para consolidar y desarrollar la revolución democrática?

Los faístas, aunque hablan mucho por descontado, pero nunca podrán hacer la Revolución

¿Qué os puede separar del Partido Socialista Unificado de Cataluña a vosotros, queridos camaradas, que muchas veces habéis sido víctimas de las venenosas propagandas de los enemigo de la clase obrera, de los agentes del franco-falangismo y del imperialismo; que alguna vez os han inducido a luchar contra nosotros como partido y como dirigentes? Si nos referimos a las conductas y a la consecuencia combatida y revolucionaria, el pleito está ya juzgado y pronunciado, puesto que la vida ha puesto a la vista de todos y a vosotros antes que a ningún otro, que son los militantes del PSUC, los comunistas, los combatientes de vanguardia inflexibles e incorruptibles de la clase obrera de Cataluña, del pueblo catalán. ¿El apolitismo? La vida ha liquidado tal equivoco. ¿El autoritarismo? La vida ha puesto de manifiesto su inconsistencia. ¿La disciplina? La vida nos dice que es primera virtud de los revolucionarios. ¿Qué os puede pues, separar? ¿La concepción de Estado? He aquí la última trinchera camaradas. Una trinchera, pero enterrada ya por la experiencia y la vida.

La Revolución es un asunto serio. Pero más serio es aún el asunto de consolidarla y desarrollarla. En este asunto no hay cabida desde luego para habladurías sentimentales, los alaridos de un rencor pequeño burgués y negativo, las filosofías baratas sobre el bien y el mal, los moralismos de secano. Y es evidente que no pueden hacer una revolución, aunque hablen por descocido, todos aquellos que, como los faístas, proclaman que «la clase obrera es un mito», que «el Cristo proletario nos ha salido rana», justamente cuando la clase obrera dirige ya la vida de media humanidad y acumula la fuerza necesaria para hacerlo en el resto del mundo; cuando la clase obrera es la vanguardia combatiente, dirigente de los pueblos hispánicos contra el franco-falangismo.

La Revolución plantea a la clase obrera el problema del poder político. El Estado está en manos de las castas y de la gran burguesía. El primer paso de la Revolución es enjuagarla, aniquilar el Estado de los capitalistas. Una vez realizada esta tarea, ¿qué debe hacer la clase obrera? ¿Alguien puede creer que la burguesía derrocada aplicara la máxima cristiana de poner la otra mejilla? La experiencia nos dice que una clase que tiene en manos el Estado se defiende hasta el último extremo y que la nueva clase ascensional debe llevar este combate también, si quiere triunfar, hasta el último extremo. Esto es lo que en España no se ha sabido hacer nunca. En España no se ha podido consolidar y desarrollar la Revolución democrática: por lo que las castas y la burguesía expulsadas del poder regresaron, ya que la clase obrera y las masas populares, conseguida la primera victoria, no tomaron el poder político y lo dejaron en manos enemigas. Una vez conquistado el poder político, no supieron conservarlo. Si no se quiere, pues, repetir de nuevo la trágica experiencia española, es necesario que la clase obrera asimile y realice esta primera verdad: conquistar y conservar en sus manos el poder político, aniquilar el Estado de los capitalistas y construir su propio Estado, el Estado de los proletarios y de las masas populares.

Conservar el poder es también un asunto muy serio. No es una tarea fácil. Ni es tarea que se ha de confiar en charlatanes del «idealismo» y del «humanismo» que acaban por encontrarse como pez en el agua en compañía de los carniceros provocadores de una Tercera Guerra Mundial. No es asunto que se pueda resolver con tartufismos sentimentales. Es un asunto muy serio, porque justamente en el periodo de transición es cuando la lucha de clases se agudiza al máximo y se plantea el dilema de vida o muerte. Esta exigencia histórica, la hemos experimentado.

Si la clase obrera no toma el poder político y no organiza con severidad y rapidez el Estado de los proletarios y las masas populares, podrá lanzarse a acciones más o menos violentas, más o menos heroicas y gloriosas, pero así no hará jamás la Revolución. Será siempre vencida. De un estado de explotación pasará a otro de esclavitud.

El Estado socialista se extinguirá en la medida en que, realizado el socialismo, se avance en la construcción de la civilización superior comunista

Nosotros sin embargo, queridos camaradas, no somos estatistas como han pretendido hacerles creer para crear un espíritu de oposición y de enemistad los aventureros faístas. Nosotros somos marxista-leninistas y decimos: el Estado burgués, debemos aniquilar, el Estado socialista se extinguirá en la medida, en que realizado el socialismo, se avance en la construcción de la civilización superior comunista. Nosotros no queremos empezar la casa por el tejado. Nosotros empezamos la casa por los cimientos y estos fundamentos, los queremos sólidos para que sostengan una casa que ni los terremotos más violentos puedan derribar. Para nosotros pues, el Estado no es un fin, es un medio. Y el medio desaparecerá a lo largo de un proceso y en el momento que la estructura social y la condición humana consientan prescindir de las formas inferiores como los son el Estado, la democracia y la nación. Pero esta es una cuestión de gran lejanía que a nosotros, los comunistas, no nos hace perder el tiempo hoy.

Este es el camino de la victoria y no hay otros senderos: una clase obrera unida y marchando al combate bajo la dirección de su destacamento de vanguardia, el Partido Socialista Unificado de Cataluña, el partido de toda la clase obrera y no de un sector de ella, el partido que ha heredado y desarrolla todo lo que de sano, positivo y revolucionario contiene la historia de nuestro movimiento obrero. Hay pues que en cada fábrica de Cataluña los obreros más combatientes, los obreros revolucionarios, sin distinción de viejas afiliaciones junten, refuercen y creen el núcleo poderoso y dinámico del PSUC. Hay que hacer que la clase obrera, dirigida por su partido, comprenda definitivamente que el problema central no es el de las mejoras raquíticas, económicas, si bien la lucha económica debe ser llevada con energía: sino que el problema central es que bajo este régimen no hay solución posible y que debemos aniquilarlo empleando todos los medios y todos los elementos, los que el mismo régimen con sus contradicciones ofrece y los que tiene y conoce la clase obrera en virtud de su vieja experiencia revolucionaria, que el problema central es realizar el programa de la Revolución democrática española. Con su ejemplo de unidad y de acción la clase obrera se ganará la firme y necesaria alianzas de las capas populares: del campesinado, de los artesanos, de la pequeña burguesía, los intelectuales. Y la clase obrera columna vertebral de la nación, alma y fuerza viva de la nación, ganará esta batalla histórica sin dejar detrás de ella ninguna posibilidad de retorno de las castas y los capitalistas, a la reacción interior y los imperialistas.

La unidad de la clase obrera y del pueblo catalán, la unidad de los obreros de Cataluña con los obreros del resto de España, la unidad de Cataluña con todos los pueblos hispánicos, bajo la dirección de los Partidos Comunista de España y el Partido Socialista Unificado de Cataluña, la unidad inquebrantable de los cuales es un ejemplo, nos aseguran la liquidación efectiva y acelerada del régimen franco-falangista y reconquista de la independencia de España y de nuestras libertades nacionales, el restablecimiento de la República, la realización completa y definitiva del programa de la Revolución democrática, dando vía libre hacia el socialismo.

Con ferviente admiración por sus hazañas combatientes, le saluda muy cordialmente su camarada:

Joan Comorera, enero de 1949

Anotaciones de «Bitácora (M-L)»

[1] Una de las críticas del marxismo hacia los anarquistas es la concepción de la toma de poder, la lucha contra la contrarrevolución y la organización del poder revolucionario. Los acontecimientos de la revolución española de 1873 y el actuar de los bakuninistas españoles que comenta Joan Comorera, fueron analizados por Engels, y repasados por Lenin: quién repasaría la transcendencia histórica de tal crítica de Engels:

«Sus reproches más amargos son para los bakuninistas por haber elevado a la categoría de principio «lo que en la guerra de los campesinos alemanes y en las insurrecciones alemanas de mayo de 1849 había sido un mal inevitable: la atomización y el aislamiento de las fuerzas revolucionarias, que permitió a unas y las mismas tropas del Gobierno ir aplastando un alzamiento tras otro». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Anarquismo y socialismo, 1917)

[2] La falta de claridad ideológica en el propio anarquismo, sus variadas tendencias, la no clarificación de unos axiomas científicos e indudablemente definidos, mezclado con su apoliticismo, ha devenido en las siguientes consecuencias:

«¿Qué ha dado el anarquismo, dominante en otros tiempos en los países latinos, en la historia contemporánea de Europa? Ninguna doctrina, ninguna enseñanza revolucionaria, ninguna teoría. División del movimiento obrero. Fiasco completo en las experiencias del movimiento revolucionario –el proudhonismo en 1871, el bakuninismo en 1873–. Subordinación de la clase obrera a la política burguesa bajo la apariencia de negación de la política». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Anarquismo y socialismo, 1917)

De ahí la calificación de Joan Comorera de «esterilidad revolucionaria» del anarquismo en la historia del movimiento obrero.

Todos estos errores a lo largo de la historia respondían precisamente a lo que Iósif Stalin describía como la naturaleza inherente del anarquismo pequeño burgués:

«La piedra angular del anarquismo es el individuo, cuya emancipación es, a juicio de los anarquistas, la condición principal de la emancipación de la masa, de la colectividad. A juicio del anarquismo, la emancipación de la masa es imposible hasta que se emancipe el individuo, debido a lo cual su consigna es: «Todo para el individuo». En cambio, la piedra angular del marxismo es la masa, cuya emancipación es, a juicio de él, la condición principal de la emancipación del individuo. Es decir, a juicio del marxismo, la emancipación del individuo es imposible hasta que se emancipe la masa, debido a lo cual su consigna es: «Todo para la masa». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Anarquismo o socialismo, 1906)

[3] Los anarquistas españoles, tras la proclamación de la República en 1931, vociferaron que con el fin de la dictadura de Primo de Rivera no cambiaba nada la situación, no comprendiendo que la República, suponía un cambio cualitativo para la situación de las masas trabajadoras y sus posibilidades para desarrollar su lucha, siendo la República, el mejor y último estadio para la próxima revolución proletaria. Pero el anarquismo, no comprendía de etapas, por tanto, la lucha por la revolución democrática para ellos no tenía sentido ni en el siglo XIX, ni en el siglo XX con el fin de la dictadura de Primo de Rivera y la llegada de la República. Veamos lo que piensan los marxistas:

«Al analizar las lecciones del acontecimiento, Engels subraya en primer lugar que la lucha por la República no era ni podía ser en España la lucha por la revolución socialista. «España –dice Engels–, es un país muy atrasado industrialmente, y, por lo tanto, no puede hablarse aún de una emancipación inmediata y completa de la clase obrera. Antes de esto, España tiene que pasar por varias etapas previas de desarrollo y quitar de en medio toda una serie de obstáculos. La República brindaba la ocasión para acortar en lo posible esas etapas y para barrer rápidamente estos obstáculos. Pero esta ocasión sólo podía aprovecharse mediante la intervención política activa de la clase obrera española. La masa obrera lo sentía así; en todas partes presionaba para que se interviniese en los acontecimientos, para que se aprovechase la ocasión de actuar, en vez de dejar a las clases poseedoras el campo libre para la acción y para las intrigas, como se había hecho hasta entonces». Así pues, se trataba de luchar por la República, de una revolución democrática, y no de una revolución socialista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Anarquismo y socialismo, 1917)

Pero como decíamos, esta no era la posición de los anarquistas:

«Negaban la actuación política, la participación en las elecciones, etc. Por otro lado, eran contrarios a sumarse a una revolución que no persiguiese la emancipación completa e inmediata de la clase obrera; eran contrarios a participar en el gobierno revolucionario. Y este último aspecto de la cuestión es lo que para nosotros ofrece interés particular desde el punto de vista que debatimos. Este aspecto de la cuestión es lo que, entre otras cosas, dio motivos para formular la diferencia de principios. «Los bakuninistas –dice Engels–, habían venido predicando durante muchos años que toda acción revolucionaria de arriba abajo era perniciosa y que todo debía organizarse y llevarse a cabo de abajo arriba». Así pues, el principio «solo desde abajo» es un principio anarquista. Engels señala el gran absurdo que significa este principio en la época de la revolución democrática. De él se desprende, como algo natural e inevitable, la conclusión práctica de que la instauración de gobiernos revolucionarios es una traición a la clase obrera». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Anarquismo y socialismo, 1917)

Los anarquistas por tanto, renegaron de participar en la revolución democrática tanto a todo lo largo del siglo XIX, como la presentada ante ellos en 1931. Los comunistas españoles agrupados en el Partido Comunista de España, inicialmente habían caído en concepciones de este tipo cercanas al anarquismo bajo la dirección de Bullejos-Adame durante los años 1931-1932:

«En 1930 se hunde la dictadura de Primo de Rivera, y, en 1931, es derrumbada la monarquía e instaurada la República. Los cambios operados en la correlación de fuerzas en España no fueron comprendidos por la dirección del partido. No alcanzó a ver que las masas que se lanzaron a la calle veían en la República la mejora de su situación económica y de libertad, y que este era un momento precioso para que el Partido Comunista en España se ligase a las masas y que planteara la forma de conquistar sus mejoras de carácter económico y político que el momento exigía, como la toma de la tierra, aumento de los salarios, etc., el armamento de los obreros y de los campesinos, la cuestión nacional, acabar con el poderío de la Iglesia, etcétera, etcétera. Pero los dirigentes de entonces, Bullejos, Adame y compañía, no comprendieron nada respecto a lo que había cambiado la situación. En lugar de plantearse estas consignas propias del momento, se pronuncian contra la República, en la cual los obreros y las masas populares habían puesto toda su ilusión, dando la consigna de: «¡Abajo la República burguesa!», «¡Vivan los soviets y la dictadura del proletariado!». Los obreros, que buscaban a los comunistas al implantarse la República para que les orientaran en las luchas por las conquistas democráticas, cuando los comunistas les hablaban contra la República eran señalados como aliados de los monárquicos y, en algunos sitios –como Sevilla o Madrid–, las masas buscaban a nuestros camaradas para lincharlos». (José Díaz; Las luchas del proletariado español y las tareas del Partido Comunista de España; Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 1935)

Finalmente, Bullejos-Adame sería criticados tanto por los comunistas españoles como por los comunistas del exterior integrados en la Komintern, sería bajo la nueva dirección encabezada José Díaz que se rectificaría tal línea semianarquista, apostando a partir desde ese momento por liderar y llevar a cabo la revolución democrática, la cual los partidos republicanos y socialistas ni mucho menos los radicales-cedistas no habían llevado a cabo durante los años en el gobierno, 1931-1936, existiendo aún tareas pendientes como las antifeudales propias de la revolución democrática:

«Pues bien, camaradas, si analizamos la situación de España, vemos que la revolución democrático-burguesa aún no se ha desarrollado y que es necesario desarrollarla hasta el fin. La estrategia y la táctica que haya de seguir el Partido del proletariado dependen del carácter de la revolución. Pero, aunque el carácter de la revolución en España, sea el de la revolución democrático-burguesa, ya hoy la burguesía no puede, como los hechos han demostrado, llevar hasta el fin nuestra revolución. Ha de ser el proletariado el que lo haga. ¿Sabéis por qué? Porque el proletariado es una clase homogénea, revolucionaria, consecuente, y como tal clase no se queda a mitad de camino, no vacila, como le ocurre a la pequeña burguesía. Y si no, ved el ejemplo de la Unión Soviética. Allí se llegó al socialismo después de haber realizado la revolución democrático-burguesa; pero quien realizó esta revolución, quien la llevó a la práctica, no fue Kérenski, no fue la burguesía, sino que fue el proletariado. El proletariado, aliado con los campesinos y dirigido por el Partido Bolchevique al asumir el Poder, llevó a término la revolución democrático-burguesa y la transformó en revolución socialista». (José Díaz; Los obreros unidos; Discurso pronunciado en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, 11 de febrero de 1936)

El paralelismo con Rusia era innegable, la revolución que acabó con la caída de la monarquía tanto en Rusia como en España cayó en manos de partidos socialdemócratas, republicanos, etc. en vez de en manos comunistas, esto sucedió así no porque los comunistas lo quisieran, sino por lo que acertadamente dijo Lenin:

«Por carecer el proletariado del grado necesario de conciencia y de organización». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Las tareas del proletariado en la presente revolución; Tesis de Abril, 4 y 5 de abril de 1917)

Estos partidos pese a sus promesas, no llevaron a cabo el programa de la revolución democrática. Como ya hemos visto con la cita de José Díaz, en Rusia serían los comunistas, allí conocidos como bolcheviques, los que al alcanzar el poder, resolverían las tareas democrático-burguesas que la propia burguesía y sus partidos no habían resuelto. En España sería ya en 1936-1939 durante la guerra civil y bajo el liderazgo del PCE de José Díaz, donde se lograrían acabar dichas tareas pendientes, y fue debido a que los comunistas ganaron la hegemonía como la fuerza política más importante del bando republicano antifascista, logrando vanguardizar e institucionalizar estas medidas. Y al igual que en el caso ruso, la revolución democrática, sólo era el primer paso para los marxista-leninistas españoles, el segundo, ineludible, era la transformación de la revolución democrática-burguesa en revolución socialista:

«Yo decía en el mitin del domingo y repito hoy que el Partido Comunista cumplirá el compromiso contraído con el Bloque Popular. Pero al mismo tiempo decimos que sin realizar el programa del Gobierno Obrero y Campesino no es posible liquidar la base material de la contrarrevolución y llevar a término la revolución democrático-burguesa en España. Y téngase en cuenta que el Gobierno Obrero y Campesino no es todavía la dictadura del proletariado ni el socialismo, a cuya plena consecución hay que llegar. Pero, aunque el Gobierno Obrero y Campesino, la dictadura democrática de los obreros y campesinos, y la dictadura del proletariado sean cosas distintas, entre una y otra no hay ninguna muralla china. No se puede precisar el tiempo, pues esto sería hacer profecías, pero sí puedo asegurar que la transformación de la revolución democrático-burguesa en revolución proletaria no será larga, si es que la clase obrera se organiza bajo la dirección de un solo partido revolucionario del proletariado, como lo queremos los comunistas. (Muy bien) Además, los campesinos, la pequeña burguesía, las capas sociales aliadas del proletariado en el desarrollo de la revolución democrático-burguesa, tendrán confianza absoluta en el proletariado y llegarán a comprender que el, que los ha llevado a la lucha y a la victoria, a través de las diversas etapas de desarrollo de la revolución, asegurará también su bienestar en el régimen socialista, en un régimen como el que existe en la Unión Soviética y que nosotros queremos implantar también en España». (Muy bien. Grandes aplausos y vivas a la Unión Soviética) (José Díaz; Los obreros unidos; Discurso pronunciado en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, 11 de febrero de 1936)

[4] José Díaz comprendió la necesidad para España de la unificación de los diferentes partidos en los que estaba disgregada la clase obrera hispana. Él, en sus contactos antes, durante y después de la guerra civil de 1936-1939, intento abrir comunicaciones con el ala izquierda del Partido Socialista Obrero Español –los cuales estaban rechazando las posturas del ala centrista y derechista de su partido, y superando sus desviaciones notablemente desde la revolución fallida de octubre de 1934– para realizar el frente popular, y por lo tanto para llevar a cabo acciones reales conjuntas contra el peligro fascista, pero también para preparar el terreno para una futura unificación de los dos partidos en un único y genuino partido proletario marxista-leninista, para tal trabajo se basaba en los escritos de Georgi Dimitrov, para que esta unificación no fuera mecánica, sino bajo un componente revolucionario, bajo un marco que significara el reconocimiento por este ala izquierda socialista de los principios revolucionarios básicos de la ideología del proletariado; es decir: del marxismo-leninismo:

«El partido único que nosotros queremos y que la revolución necesita exige una claridad completa en cuanto a los principios que han de informarle y una unidad absoluta de ideas respecto a los problemas fundamentales de programa y de táctica. Estos problemas fundamentales son los que se condensan en los cinco puntos de la unificación destacados por nuestro gran Dimitrov en el VIIº Congreso de la Komintern de 1935 y que son conocidos de todos». (José Díaz; Nuestro camino; Artículos publicados en «Mundo Obrero» en los días 6 y siguientes de junio de 1936)

Los puntos a los que se refiere José Díaz, tan conocidos por entonces, son estos –recomendamos ver la explicación de cada uno de Georgi Dimitrov en su informe–:

«Pero, si para establecer el frente único de los partidos comunista y partidos socialdemócratas basta con llegar a un acuerdo sobre la lucha contra el fascismo, contra la ofensiva del capital y contra la guerra, la creación de la unidad política sólo es posible sobre la base de una serie de condiciones concretas que tienen un carácter de principio. Esta unificación sólo será posible: Primero, a condición de independizarse completamente de la burguesía y romper completamente el bloque de la socialdemocracia con la burguesía; Segundo, a condición de que se realice previamente la unidad de acción; Tercero, a condición de que se reconozca la necesidad del derrocamiento revolucionario de la dominación de la burguesía y de la instauración de la dictadura del proletariado en forma de soviets; Cuarto, a condición de que se renuncie a apoyar a la propia burguesía en una guerra imperialista; Quinto, a condición de que se erija el partido sobre la base de centralismo democrático, que asegura la unidad de voluntad y de acción y que ha sido constatado ya por la experiencia de los bolcheviques rusos. Tenemos que aclarar a los obreros socialdemócratas, con paciencia y camaradería, por qué la unidad política de la clase obrera es irrealizable sin estas condiciones. Con ellos debemos enjuiciar el sentido y la importancia de estas condiciones». (Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo; Informe en el VIIº Congreso de la Komintern, 2 de agosto de 1935)

Tan sólo en Cataluña estas intenciones avanzaron positivamente, por ello al inicio de la guerra se hizo realidad la fusión de estos dos partidos como eran la Federación Catalana del PSOE y el Partit Comunista de Catalunya, a estos se les unió también la Unió Socialista de Catalunya y el Partit Català Proletari, dejando fuera como se había demostrado con las jornadas del 1934, y como exigían los puntos de Dimitrov, a cualquier partido de influencia trotskista:

«Las representaciones de los partidos abajo firmantes, componentes del Comité de Enlace, han llegado a un completo acuerdo sobre los puntos en que debe basarse el partido único del proletariado de Cataluña, y que son los siguientes: Primero. El partido único del proletariado de Cataluña, resultante de la fusión de los cuatro Partidos abajo firmantes, basará su estructura sobre los principios del centralismo democrático, convirtiéndose así en un partido de una sola voluntad y una sola línea de acción. Segundo. Frente a la burguesía y sus partidos, el partido resultante de la fusión mantendrá en todo momento su independencia, en tanto que el partido de clase al servicio del proletariado y los campesinos. Tercero. Pronunciándose decididamente por la defensa de la Unión Soviética y apoyando su justa política de paz, el partido resultante de la fusión luchará contra la guerra imperialista y contra sus propugnadores dentro y fuera del propio país. Cuarto. El partido único del proletariado de Cataluña, resultante de la fusión, recogerá las ansias de emancipación nacional del pueblo catalán y se convertirá en su más fiel propulsor y organizador para llegar a la completa emancipación nacional y social de nuestro pueblo. Quinto. Para realizar todo su programa, que será elaborado y acordado por el Congreso de fusión de los cuatro partidos, el partido resultante de la fusión propugna la toma revolucionaria del poder, derribando el poder de la burguesía y estableciendo la dictadura del proletariado. Sexto. El Comité de enlace reconoce que es la Komintern la única Internacional que interpreta justamente los anhelos del proletariado mundial y guía la realización del socialismo triunfante en la sexta parte del mundo, como se ve en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas». (Partido Socialista Unificado de Cataluña; Documento fundacional del PSUC, 23 de julio de 1936)

[5] Años después, ya en los años 70, el marxista-leninista albanés Enver Hoxha refutó las teorías y prácticas pequeño burguesas de los grupos anarquistas y de grupos derivados del anarquismo o con puntos de vista muy cercanos –guevaristas, luxemburguistas, maoístas, trotskistas, etc.– que estaban causando los mismos problemas que en su día el anarquismo en el siglo XIX o principios del XX en el movimiento obrero –y en el caso del revisionismo de tendencias anarquistas, en el movimiento comunista–: entre ellas primaban las teorías del estilo: 1) que «la historia la hacen los héroes» –negando el papel de las masas en la revolución–, 2) que el «motor pequeño» –el foco de la guerrilla– ponía en funcionamiento al «gran motor» –eludiendo las condiciones objetivas y subjetivas de la revolución–, ó 3) que «para preparar la revolución sólo es importante el trabajo clandestino» –negando el trabajo legal en la sociedad burguesa y en las organizaciones de masas–; ó 4) la negación de la hegemonía del proletariado, argumentando que «todos los trabajadores eran iguales», o que incluso el campesinado u otras capas sociales eran más «progresistas» o «estaban más oprimidas» y debían por ello liderar la revolución:

«Mucha gente, entre la cual se cuentan revolucionarios sinceros, al haber rechazado el camino reformista de los revisionistas y haberlo criticado, han abrazado otros conceptos erróneos sobre la revolución y sus vías de desarrollo. Esto se relaciona con su posición de clase pequeño burguesa, con la ausencia de la debida formación ideológica marxista-leninista y con las influencias que ejercen sobre ellos los puntos de vista anarquistas, trotskistas y golpistas. Algunos de ellos conciben la revolución como un golpe militar, como obra de unos cuantos «héroes». Sobrestiman y absolutizan el papel de la «actividad subjetiva», y piensan que la situación revolucionaria, como condición para el estallido de la revolución, puede ser creada artificialmente por las «acciones enérgicas» de un grupo de combatientes que sirve como «pequeño motor» que pone en movimiento al «gran motor» de las masas. Según ellos el potencial revolucionario de las masas en la sociedad capitalista está en todo momento a punto de estallar, basta un impulso exterior, basta que se cree un foco guerrillero para que las masas lo sigan automáticamente. La lucha armada de un grupo de revolucionarios profesionales sólo puede ejercer influencia en el ímpetu de las masas cuando se coordina con otros objetivos políticos, sociales, psicológicos que determinan el surgimiento de la situación revolucionaria y cuando se apoya en las amplias masas del pueblo y goza de su simpatía y respaldo activos. De lo contrario, como demuestra la dolorosa experiencia en algunos países de Latinoamérica, la acción de la minoría armada, por heroica y abnegada que sea, choca con la incomprensión de las masas, se aísla de ellas y sufre derrotas. Las revoluciones maduran en la situación misma, en tanto que su victoria o su derrota depende, de la situación y del papel del factor subjetivo. Este factor no puede representarlo un solo grupo, por más consciente que sea de la necesidad de la revolución. La revolución es obra de las masas. Sin su convencimiento, preparación, movilización y organización, ninguna revolución podrá triunfar. El factor subjetivo no se prepara únicamente mediante las acciones de un «foco» guerrillero, ni tampoco tan sólo con agitación y propaganda. Para ello, como nos enseña Lenin y la vida misma, es indispensable que las masas se convenzan a través de su experiencia práctica. El concepto sobre el papel decisivo de la minoría armada va acompañado también de los puntos de vista de que la lucha debe desarrollarse únicamente en el campo o sólo en la ciudad, de que se debe atener únicamente a la lucha armada y a la actividad clandestina. Ha adquirido también una amplia difusión la tesis trotskista que considera la revolución como un acto repentino y la huelga general política como la única forma de llevarla a cabo. El orientarse por la lucha armada no significa en lo más mínimo renunciar a todas las demás formas de lucha, no quiere decir concentrarse en el campo y abandonar la lucha en la ciudad y viceversa, tampoco significa proponerse conseguir el objetivo final –la toma del poder– abandonando la «lucha pequeña» por las reivindicaciones inmediatas, económicas, políticas y sociales de los trabajadores, no quiere decir velar sólo por la organización de las fuerzas armadas y descuidar el trabajo entre las masas y dentro de sus organizaciones, trabajar y luchar únicamente en la clandestinidad y renunciar a aprovechar las posibilidades de actividad legal y semilegal etc. Preparar la revolución no es cuestión de un día es una labor multilateral y compleja. Para ello se ha de trabajar y luchar en todas las direcciones y con todas las formas, combinándolas correctamente y cambiándolas a tenor de los cambios de la situación, pero siempre supeditándolas al logro del objetivo final». (Enver Hoxha; Informe en el VIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1 de noviembre de 1971)

[6] Los anarquistas españoles –de toda tendencia– de los años, 30, y en especial los catalanes, a la llegada del alzamiento fascista de julio de 1936, demostraron que todo su mensaje exaltado antiestatal, antigubernamental, antiautoritario, era un bluf, como ha explicado Comorera. Y aún se veía más penosa su actitud, cuando se veían las prácticas del gobierno, del Estado, de las fuerzas del Estado anarquistas que llevaban al traste toda posibilidad de mantener la revolución y profundizarla. Dicha actitud hipócrita, no era la primera vez que se veía en la historia del anarquismo: era la repetición de las actitudes y actividades anarquistas en la revolución de 1873:

«Haciendo un balance de las enseñanzas de la revolución española. Engels señalaba ante todo que «en cuanto se enfrentaron con una situación revolucionaria seria, los bakuninistas se vieron obligados a echar por la borda todo el programa que hasta entonces habían mantenido». Concretamente «en primer lugar, sacrificaron su dogma del abstencionismo político y, sobre todo, del abstencionismo electoral. Luego, le llegó el turno a la anarquía, a la abolición del Estado». En segundo lugar «abandonaron su principio de que los obreros no debían participar en ninguna revolución que no persiguiese la inmediata y completa emancipación del proletariado, y participaron en un movimiento cuyo carácter puramente burgués era evidente». En tercer lugar –y esta conclusión da respuesta precisamente al problema objeto de nuestra polémica– «pisotearon el principio que acababan de proclamar ellos mismos, principio según el cual la instauración de un gobierno revolucionario no es más que un nuevo engaño y una nueva traición a la clase obrera, instalándose cómodamente en las juntas gubernamentales de las distintas ciudades, y además casi siempre como una minoría impotente, neutralizada y políticamente explotada por los burgueses». Con su incapacidad para dirigir la revolución, al dispersar las fuerzas revolucionarias en lugar de centralizarlas, al ceder la dirección a los señores burgueses, al disolver la sólida y fuerte organización de la Internacional, «los bakuninistas españoles nos han dado un ejemplo insuperable de cómo no debe hacerse una revolución». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Anarquismo y socialismo, 1917)

[7] Para 1937, el PSUC era la fuerza política antifascista indiscutible en Cataluña, algo no cuestionado ni por sus enemigos:

«El proceso de fusión, impulsado por las exigencias del conflicto bélico, es relativamente rápido y permite al PSUC, tras los Hechos de mayo de 1937, convertirse en el partido hegemónico de la izquierda catalana –en buena parte, con la ayuda imprescindible de la URSS-. Los 6.000 militantes de julio de 1936 se convierten en 60.000 al final de la Guerra Civil española, y el partido se consolidará como la principal fuerza de oposición durante la larga dictadura franquista». (La Vanguardia; Se funda el PSUC, 23 de julio de 2013)

Veamos unos datos de la vastísima e increíble evolución del partido:

«Los cuatro partidos que se fusionaron en el PSUC representaban en ese momento de la fusión una membrecía total de alrededor de 6.000 militantes. Hoy, 18 meses después de su formación, el PSUC consta con unos números de más de 60.000 militantes y ejerce una influencia decisiva en la UGT de Cataluña, una organización que agrupa actualmente a más de medio millón de trabajadores. La enorme mayoría de los militantes del PSUC son de nacionalidad catalana». (Joan Comorera; El Partido Socialista Unificado de Cataluña, 1938)

Nos interesa, comparar al anarquismo con el comunismo en este punto sobre la afiliación. Mientras los anarquistas no exigen en sus militantes realmente ninguna afinidad ideológica real –basta con que te digas anarquista–, ni se preocupan por una composición social sana –para empezar ni consideran al proletariado como vanguardia de la revolución–, a diferencia de todo ello, los comunistas piensan que es necesaria la máxima unión ideológica y la sana composición social de sus militantes. Esta fue la labor que práctico el PSUC en Cataluña, teniendo más mérito por solucionar dicha labor de forma increíble y rápida, siendo un partido que tan sólo hacía un año acaba de nacer de la unificación de varios partidos obreros que se liberaban tanto del socialdemocratismo, del nacionalismo, como del anarquismo tan influyente en Cataluña por entonces, partido que además por su justa política recibía precisamente a militantes de esas organizaciones nacionalistas, socialdemócratas y anarquistas conforme ganaba prestigio:

«Esta voluntad de bolchevización en el ámbito social sería el resultado de una apuesta personal de la dirección del PSUC alineada con Joan Comorera, quienes veían así una forma suplementaria para dar muestras a la Komintern de la fidelidad del PSUC a este organismo internacional. El germen de esta opción ya se recogía abiertamente en el informe presentado por el secretario general del PSUC a la dirección de la Komintern el 20 de febrero de 1938, en el cual mostraba su descontento con la composición social del partido e, implícitamente, apostaba por incrementar la presencia obrera». (José Luis Ramos; La afiliación del PSUC durante la guerra civil (1936-1939): volumen, distribución territorio y composición social, 2007)

En el propio escrito de Comorera ante la Komintern se reflejaría esto que acabamos de ver:

«Durante su crecimiento el partido se está liberando de las debilidades de todo partido joven. Su composición social es un 65% de obreros industriales, un 20% de campesinos y el resto funcionarios, gentes de profesiones liberales y pequeña burguesía. Esta composición social no nos satisface. Su formación ideológica es débil. El partido es joven y entre sus elementos absorbe a elementos procedentes de partidos republicanos y, en menor medida, de la Confederación Nacional del Trabajo, todos ellos con una pobre cultura marxista. El partido se esfuerza por corregir estas debilidades multiplicando las reuniones de activistas, perfeccionando su prensa, preparando la edición de una revista teórica, popularizando las enseñanzas de nuestros maestros y fortaleciendo nuestros cuadros». (Joan Comorera; Informe en la Komintern, 20 de febrero de 1938)

Esto supondría que según el principio marxista-leninista de que:

«El Partido se fortalece depurándose de los elementos oportunistas». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Fundamentos del leninismo, 1924)

O en otros términos, barrer del partido con escoba de hierro a quién no acatara sus estatutos, el PSUC reflejaría tal labor expulsando del partido a quienes no cumplían tales requisitos:

«Las expulsiones que se habían llevado a cabo en el PSUC durante septiembre de 1937, teniendo como blanco a aquellos militantes sospechosos de actos de indisciplina y/o manifestaciones de infidelidad a la causa y a la política del partido, que permitían apreciar en ellas a expulsiones con matiz político-ideológico que en un futuro cercano deberían aumentarse notablemente. De hecho, éstas eran las primeras expulsiones de militantes de base de las que tenemos constancia, y que afectaron a un total de seis militantes. (...) Entre abril y junio 1938 se llevaron a cabo un conjunto de expulsiones de contenido esencialmente ideológico. (...) Se expulsaba a militantes de base, pero también a algunos cuadros locales y comarcales, que no se acoplaban a esa conversión y que, además, no eran capaces de asumir los valores y los principios que requería todo buen militante comunista: disciplina, plena dedicación al partido». (José Luis Ramos; La afiliación del PSUC durante la guerra civil (1936-1939): volumen, distribución territorio y composición social, 2007)

Dichas medidas en el PSUC correspondían a la máxima de:

«El partido debe ser purgado de bribones, de los comunistas burocráticos, deshonestos o vacilantes, y de los mencheviques que han repintado su «fachada», pero que siguen siendo mencheviques en el fondo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Purgando el partido, 1918)

Y si miramos dicho ejercicio en el contexto del partido catalán, y relacionándolo a la vez con las palabras de Lenin, significaba: eliminar a los arribistas que habían aprovechado el carnet del partido para sus fines personales en medio de la guerra civil, los que no habían comprendido las exigencias y normas que como militante de un partido comunista se exige, o los elementos de diversas índoles que habían entrado en el partido: anarquistas, reformistas o nacionalistas, que pese aparentar o haber intentado su conversión en buenos marxista-leninistas, no se desligaban de sus pensamientos y costumbres pasadas.

[8] La práctica político-económica llevada a cabo en la España Republicana y antifascista durante 1936-1939, tiene gran relación con las particularidades dadas en otras experiencias a posteriori. Si analizamos la primera etapa de las llamadas democracias populares de Europa del Este, es decir, las medidas económicas lideradas por los partidos comunistas en alianza con otros partidos antifascistas que resolvían las tareas antifeudales, antimonopólicas, antiimperialistas, antifascistas, y que abrían paso para la posterior revolución socialista; dichas medidas, tienen estrecha relación con lo sucedido en la España Republicana durante la guerra civil, donde se liquidó a gran parte de las clases explotadoras en su territorio gracias a la guerra antifascista y al liderazgo alcanzado a mediados de la guerra por el partido comunista:

«En la España republicana ya no hay terratenientes, ni grandes capitalistas. (...) Una república que no es al modo de las repúblicas anquilosadas que conocemos de otros países, sino una república de nuevo tipo, erigida sobre la base de liquidar lo que ha sido liquidado ya en nuestro territorio: los grandes terratenientes, los grandes capitalistas, los banqueros y los fascistas. Lo que hace falta es consolidar estas conquistas de carácter democrático, y lo primero que necesitamos para consolidar esta situación es ganar la guerra». (José Díaz; Lo que España enseña a Europa y América; Conferencia pronunciada en Barcelona, en la tribuna de la Unión Iberoamericana, noviembre de 1938)

Como punto siguiente a la victoria en la guerra, se consolidaría por el momento una República con un carácter antifascista muy parecido al de los países de Europa del Este tras la Segunda Guerra Mundial. Por todo ello se diría:

«El frente popular constituyó una forma adecuada del desarrollo de la revolución durante este período. España, que en los comienzos de la lucha era una república de tipo democrático-burgués, se desarrolló en el curso de la guerra hasta convertirse en una república popular, una república donde no existían grandes capitalistas, terratenientes y reaccionarios, una república apoyada por las masas populares y por un ejército regular del pueblo». (José Díaz; Lecciones de la guerra del pueblo español (1936-1939), 1940)

[9] Al llegar la llamada Guerra Fría, o simplemente los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial, el anarquismo sería una ideología que ya había perdido prácticamente toda credibilidad ante la clase obrera mundial; la clase obrera en su mayoría había virado definitivamente en favor del marxismo-leninismo y no sólo lo demostraba el extenso número de países socialistas que conformaban el nuevo campo socialista, sino el fortalecimiento de las organizaciones comunistas en detrimento del anarquismo, organizaciones comunistas que estaban al frente de muchas de las luchas de todo tipo: tanto por contener al fascismo, por la revolución proletaria como por las luchas de liberación nacional en las colonias, cayendo las organizaciones anarquistas en la marginalidad y el ostracismo político. De hecho, muchas organizaciones anarquistas, y miembros anarquistas a título individual, se convirtieron en abiertos seguidores de la política del imperialismo estadounidense, otros equiparaban por rencor al comunismo tanto al mundo socialista de la Unión Soviética como al mundo capitalista de los Estados Unidos, lo que les hacia colocarse en una posición contrarrevolucionaria y cercana al trotskismo. Quizás por las sucesivas derrotas ante el marxismo –y de forma agudizada antes del inicio de la Guerra Fría– se explique su posición totalmente reaccionaria, donde desde el anarquismo aumentó el odio hacia la Unión Soviética y al marxismo-leninismo en general. Los anarquistas que habían bajado su nivel de argumentación teórico a sus momentos más bajos, llegaron a críticas, objeciones, expresiones, y calumnias sobre el comunismo y sus líderes muy variopintas:

Declaraban a Iósif Stalin de ni más ni menos, que ¡de ser el más grande tirano desde el siglo XVI!:

«Desde el siglo dieciséis a nuestros días, con toda seguridad se puede afirmar que no hubo un tirano tan implacable como Stalin. Este aborto del marxismo, enemigo irreductible de la Humanidad que pugna por ser libre en todos los órdenes, ha enmascarado su actuación criminal bajo un falso redentorismo de las clases jornaleras. Cuando en realidad es, su política, un mosaico de ruindades y vilezas, adobada con traiciones a sus propios camaradas. Mató por matar. Injurió, difamó, calumnió a sus enemigos personales, a quienes hizo apurar hasta los últimos momentos de la vida de sus víctimas, el cáliz de la amargura». (CNT: Órgano Oficial del Comité Nacional del M.L.E. en Francia, 6 de noviembre de 1955)

Los anarquistas de esta época serían uno de los propulsores de una acusación muy rumiada tiempo después por los revisionistas contra los marxista-leninistas: crear la idea de que los comunistas no se mueven por ideales científicos sino por ideales del todo idealistas; que tratan, en base a tal ideología sin sentido, de conservar como fanáticos religiosos su pureza ideológica contrarrevolucionaria, los anarquistas además ironizaban que para los comunistas sus textos eran como la Biblia con sus dogmas religiosos:

«No podría ser de otra manera, dándose el caso que ha salido de los mismos Libros Santos, esos libros, de los que procede la propia autoridad de la Iglesia. Todo está contenido en el Libro de Dios; sobre todas las cuestiones se encuentra respuesta –si no se encuentra explícitamente, el intérprete oficial: la Iglesia, sabrá descubrirla–, y, por tanto, es impío cualquiera que signifique, sobre no importa qué, la pretensión de tener una opinión personal. (...) En esto también coinciden el cristianismo y el «comunismo» y, a diferencia de las potencias temporales y del Estado, no se conforman con castigar, sino que quieren, sobre todo, que se haga una retractación. La «confesión de las faltas» ha sido siempre el principal objetivo de la Inquisición, tanto como lo es el de la Gepeú y de las gentes del Komintern, ya se trate de Zinóviev o de Tito. (…) Y es también en un libro, en un Libro Santo, que la Iglesia comunista pretende encontrar él manantial de su autoridad. Refiriéndose constantemente a Marx, que enseña lo que hay que creer, no sólo en materia social, sino en todo cuanto se relaciona con el arte, la eliminación de los herejes; será útil o no a la extensión de la dominación rusa? Si la respuesta es afirmativa, el acto es moral, pues su «fin» es bueno; si negativa, es inmoral, pues su «fin» es malo». (Solidaridad Obrera; A. I. T., Órgano del movimiento libertario español en Francia, 15 de octubre de 1949)

Se acusaba al movimiento comunista internacional de ser un instrumento de Stalin para promover su particular «imperialismo»:

«La Revolución mundial, que esgrimen como bandera de emancipación del proletariado, es un fraude a la clase trabajadora. Es un engaño manifiesto para conseguir la adhesión de ésta a los planes imperialistas de los tiranos del pueblo eslavo». (CNT: Órgano Oficial del Comité Nacional del M.L.E. en Francia, 6 de noviembre de 1955)

Consideraban también a Lenin como un «falseador del marxismo», como un ser inhumano por estar exiliado y que por ello, no podía crear una ideología emancipadora, creando en cambio una nueva doctrina con «sabor a zarismo»:

«El bolchevismo no es marxismo. De este ideario no tiene más que una capa. Lenin, su Pontífice, ha extraído del doctrinarismo de Karl Marx, lo que le pareció para confeccionar su propia ideología. Una ideología impregnada de sabor zarista. Del zarismo del medioevo. Del jefazo bolchevique, proscripto en Suiza y viviendo una parte considerable de su vida completamente amargado y rencoroso, no podía salir de su cerebro un programa emancipador de la especie humana. Su ilusión no era otra que adueñarse del Poder fuera como fuera, inclusive empleando todos los medios indignos. Desde la traición a sus afines –los mencheviques, por ejemplo– hasta el soborno y la adulación rastrera, sin olvidar la injuria y la calumnia –el caso del revolucionario anarquista Nestor Majnó– aplicada pródigamente a sus antagonistas. Lenin tenía seca la fuente de los sentimientos humanos». (CNT: Órgano Oficial del Comité Nacional del M.L.E. en Francia, 9 de diciembre de 1956)

Por supuesto los anarquistas españoles serían los primeros en celebrar las mentiras de Nikita Jruschov en el XXº Congreso del PCUS de 1956, ya que se ajustaba al dedillo de todos su desvaríos e historietas con que combatían al comunismo a falta de argumentos. Y añadían como también ellos venían diciendo desde siempre, que las «pruebas» que daba ahora Jruschov, corroboraba la teoría cenetista de que Stalin como Lenin eran unos tiranos, carniceros y contrarrevolucionarios:

«Que Stalin ha sido un tirano sanguinario. (...) Hace muchos años que eso mismo lo venimos diciendo los anarquistas, especialmente españoles. (...) Stalin, que bebió en estas fuentes ideológicas, no podía producirse de otra forma. Hizo honor a las lecciones recibidas de su amo y señor. Si Lenin fue como fue, ¿podía esperarse otra cosa de Stalin? ¡De tal maestro, tales discípulos! ¡De tal señor, tales criados! El bonapartismo bolchevique actual, no puede engañar a ninguna persona medianamente equilibrada, que haya seguido paso a paso la política staliniana en estos últimos veinte años. Esto, sin remontarnos a la fecha de la toma del Poder. Este viraje de ahora, censurando con acritud al individuo que ayer tanto endiosaron y reverenciaron lacayunamente, es consecuencia del desfile de una parte del proletariado, que hasta aquí ha permanecido en sus filas, y que, desengañados de los saltos y cabriolas bolcheviques, toma otros derroteros». (CNT: Órgano Oficial del Comité Nacional del M.L.E. en Francia, 9 de diciembre de 1956)

El anarquismo llegó incluso a apoyar la insurrección fascista húngara sólo por su carácter antistalinista, también se llegaba tan lejos como para comparar a Franco con Stalin:

«No ha sido menos la que le han infligido a Stalin, después de muerto, los valerosos luchadores de Budapest en la más céntrica y hermosa plaza de esta invicta ciudad. Allí se erigía una gigantesca estatua del dictador fundida en bronce. (...) Leyendo los relatos y contemplando las fotografías que publica la prensa respecto al grandioso drama húngaro, siente uno la añoranza de los buenos tiempos obreristas en España, y ¡porque no decirlo! hasta una pizca de vergüenza al ver cómo Franco, un tirano de la misma calaña que el moscovita, aún permanece en pie». (CNT: Órgano Oficial del Comité Nacional del M.L.E. en Francia, 9 de diciembre de 1956)

Las estupideces que el anarquismo y sus corrientes escribirían durante aquellos años, no estaban muy lejos de la propaganda contenida en las campañas anticomunista escritas por hitlerianos, franquistas o trotskistas.

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