«Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar». (Karl Marx y Friedrich Engels; «Manifiesto del Partido Comunista», 1848)

viernes, 15 de mayo de 2015

La nueva estrategia imperialista y el surgimiento del revisionismo moderno; Enver Hoxha, 1980

De arriba a abajo: Earl Browder, Nikita Jruschov, Mao Zedong y Josip Broz «Tito»

El oportunismo, aliado permanente de la burguesía


«El surgimiento del revisionismo moderno, al igual que el del viejo revisionismo, constituye un fenómeno social que viene condicionado por diferentes y numerosas causas históricas, económicas, políticas, etc. Considerado en su conjunto, este fenómeno es producto de la presión de la burguesía sobre la clase obrera y su lucha. El oportunismo y el revisionismo han estado desde un comienzo estrechamente vinculados a la lucha de la burguesía y el imperialismo contra el marxismo-leninismo, han sido parte integrante de la gran estrategia capitalista orientada a minar la revolución y perpetuar el orden burgués. A medida que ha ido avanzando la causa de la revolución y el marxismo-leninismo, se ha difundido entre las amplias masas populares, una mayor atención ha dedicado el imperialismo a la utilización del revisionismo como su arma preferida contra la ideología triunfante del proletariado, como herramienta para socavar esta ideología.

Así ocurrió en los comienzos de la segunda mitad del siglo XIX cuando salieron a la luz el «Manifiesto Comunista» y las otras obras de Marx y Engels, y la influencia del marxismo entre las masas trabajadoras de Europa se incrementó. Fue precisamente en aquel momento cuando comienzan a difundirse la corriente reformista de los tradeunionistas en Inglaterra, los puntos de vista pequeñoburgueses de Proudhon en Francia, las concepciones pequeñoburguesas de Lassalle en Alemania, las ideas anarquistas de Bakunin en Rusia y en otros países, etc. Este fenómeno se dio también después de los heroicos acontecimientos de la Comuna de París, cuando, aterrorizada hasta la médula por la propagación de su gran ejemplo, la burguesía instigó la nueva corriente oportunista de Bernstein, que trató de despojar al marxismo de su contenido revolucionario y hacerlo inocuo para la dominación política de la burguesía imperialista.

En los albores del siglo XX, cuando iban madurando las condiciones político-económicas para la revolución y la toma del poder por el proletariado, la burguesía dio todo su apoyo a la corriente oportunista de la II Internacional y la utilizó ampliamente en sus maniobras para la preparación y el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial.

Después de la histórica victoria de la Revolución de Octubre, cuando el socialismo, de teoría y movimiento revolucionario se convirtió en sistema económico-social triunfante en una sexta parte del mundo, el capitalismo se vio obligado a cambiar de estrategias y tácticas. Arreció la violencia y el terror en el interior de cada país, recurrió a los medios más feroces para reforzar su poder, implantando incluso el fascismo.

Intensificó ante todo su demagogia y su propaganda con el fin de denigrar y deformar el marxismo-leninismo, inventando nuevas «teorías» pseudomarxistas, calumniando a la Unión Soviética y preparándole la guerra. El imperialismo, escribía Lenin en ese entonces:

«Siente que el bolchevismo ha pasado a ser una fuerza mundial, y precisamente por eso trata de asfixiarnos con la máxima rapidez, deseando acabar en primer lugar con los bolcheviques rusos para después hacer lo mismo con los propios». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Reunión de Moscú del partido de los trabajadores, 1918)

En 1918, los imperialistas británicos, estadounidenses, franceses y japoneses comenzaron su intervención militar en Rusia. La guerra contra el primer Estado de los obreros y campesinos alineó en un solo campo a todas las fuerzas reaccionarias. Contra la Revolución de Octubre y el poder proletario se abalanzaron también los oportunistas y los renegados del marxismo. Kautsky en Alemania, Otto Bauer y Karl Renner en Austria, Léon Blum y Paul Boncour en Francia, arremetieron furiosamente contra la Revolución de Octubre, contra la estrategia y la táctica leninistas de la revolución. Calificaron la Revolución de Octubre de ilegítima, de desviación del camino del desarrollo histórico, de alejamiento de la teoría marxista. Preconizaban la revolución pacífica, sin violencia y sin sangre, la toma del poder a través de la mayoría en el parlamento; se oponían a la transformación del proletariado en clase dominante. Todos ellos elevaban por las nubes la democracia burguesa y atacaban la dictadura del proletariado.

Cuando la intervención armada contra la Rusia soviética fracasó y la socialdemocracia no pudo evitar la creación de los nuevos partidos comunistas ni contener el gran ímpetu revolucionario de las masas trabajadoras de Europa, la burguesía cifró todas sus esperanzas en:

«La ruptura del frente comunista desde dentro, buscando sus héroes entre los líderes del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; El Partido Comunista de Polonia, 1924)

Los trotskistas salieron de nuevo con la «teoría de la revolución permanente», según la cual la construcción del socialismo en la Unión Soviética era imposible sin el triunfo de la revolución en los otros países. Se fusionaron en un frente único con la burguesía para combatir el socialismo. Por eso Stalin acentuaba con razón que se había creado un frente único hostil que abarcaba desde Chamberlain a Trotski. Contra el socialismo se abalanzaron también los de la «derecha», los bujarinistas, partidarios de la extinción de la lucha de clases, y de la posibilidad de integración del capitalismo en el socialismo.

La estrategia del imperialismo adquirió un carácter contrarrevolucionario y anticomunista más acentuado particularmente después de la Segunda Guerra Mundial como consecuencia del cambio de la correlación de fuerzas a favor del socialismo y la revolución, que estremeció desde sus cimientos a todo el sistema capitalista. Estos cambios colocaron a la orden del día la cuestión de la revolución y del triunfo del socialismo ya no en uno o dos países, sino en regiones y en continentes enteros. El imperialismo, acaudillado por el estadounidense, fundó esta vez sus mayores esperanzas en la militarización de toda su vida, en los bloques y pactos militares, a fin de intervenir por la violencia y desatar una guerra abierta contra el socialismo, contra los movimientos revolucionarios y de liberación de los pueblos. Grandes esperanzas depositó también en la reanimación y activación de todas las fuerzas oportunistas destinadas a minar y hacer degenerar desde dentro a los países socialistas y los partidos comunistas.


La victoria sobre el fascismo y la contraofensiva del imperialismo


Las potencias imperialistas y todo el capitalismo mundial provocaron e hicieron estallar la Segunda Guerra Mundial con el fin de dirigirla contra la Unión Soviética y el socialismo. Mas esta guerra, lejos de destruir el primer Estado socialista, significó para el imperialismo golpes y daños de tal magnitud que pusieron en tela de juicio la existencia de todo su sistema.

En los campos de batalla no sólo fueron derrotados los ejércitos del fascismo, sino también la ideología anticomunista del imperialismo mundial y la política contrarrevolucionaria del oportunismo internacional. Las potencias fascistas: Alemania, Italia, Japón, que constituían la principal fuerza de choque del capitalismo internacional en su ataque al socialismo y al comunismo, fueron desbaratadas. Los imperios británico y francés, que hasta entonces habían hecho la «gran política» mundial, perdieron su poder y su peso y se pusieron a la zaga de la política de los Estados Unidos. El frente anticomunista se rajó de arriba abajo y el «cordón sanitario» impuesto a la Unión Soviética quedó hecho trizas.

La Unión Soviética, que llevo el mayor peso de la guerra y jugó un papel decisivo en la victoria sobre el fascismo y en la liberación de los pueblos subyugados, salió de esta guerra robustecida y con un prestigio internacional indiscutible. En su gran contienda con el imperialismo, el sistema socialista dio la histórica prueba de su superioridad, estabilidad e invencibilidad. Como resultado de las condiciones surgidas y de su lucha antifascista de liberación nacional, una serie de países, bajo la dirección de los partidos comunistas, se desprendieron del sistema capitalista y se encauzaron por la vía del socialismo. Fue creado el campo socialista, que constituyó el acontecimiento más importante después de la Revolución de Octubre.

En todos los países, los partidos comunistas cobraron un desarrollo sin precedentes. Permaneciendo al frente de la lucha contra el fascismo, probaron con la sangre de sus militantes y con sus actitudes que eran la fuerza política más consecuente y fiel a los intereses del pueblo y de la nación, los más resueltos combatientes por la libertad, la democracia y el progreso. El marxismo-leninismo se difundió por todo el mundo, el movimiento comunista internacional extendió su influencia y su autoridad a todos los continentes.

Las grandes ideas de libertad, independencia y liberación nacional, de las que estuvo impregnada la lucha antifascista, no penetraron sólo en Europa sino también en Asia, en África, en Latinoamérica. El triunfo sobre el fascismo y la creación del campo socialista despertaron a los pueblos de los países coloniales. El sistema colonial imperialista se sumió en su más profunda crisis. El poderoso movimiento de liberación nacional en las colonias, que abarcaban casi la mitad de la humanidad, estalló como un volcán. Las retaguardias del sistema capitalista, los regímenes coloniales y semicoloniales, comenzaron a desmoronarse. Debilitado por todas estas derrotas, el sistema imperialista comenzó a estremecerse desde sus cimientos.

Todos estos cambios constituían una gran victoria no sólo de la Unión Soviética, de los países de democracia popular y de los pueblos del mundo, sino también de la inmortal teoría de Marx, Engels, Lenin y Stalin, cuya vitalidad y justeza fueron corroboradas una vez más y con una nueva fuerza en la mayor guerra que la humanidad ha conocido hasta el presente, en el curso de la cual se enfrentaron dos mundos, el socialista y el capitalista. Todos los cambios operados a partir de la Segunda Guerra Mundial confirmaron en la práctica las tesis de Marx y Lenin, según las cuales el mundo capitalista se encontraba en un proceso de putrefacción e iba hacia su hundimiento, mientras que la revolución y el socialismo estaban en ascenso.

Fueron estas grandes victorias del socialismo, de los pueblos y de la teoría marxista-leninista, las que obligaron al imperialismo mundial a elaborar su nueva estrategia defensiva y ofensiva para contener la creciente marejada de la revolución y de la lucha de los pueblos, para reforzar las tambaleantes bases del sistema capitalista.

La línea común elaborada por las potencias imperialistas después de la guerra, apuntaba en dos direcciones fundamentales:

Primera: dichas potencias movilizaron todas sus fuerzas y medios de que disponían para levantar su potencial económico, político y militar afectado por la guerra, para reforzar el sistema capitalista que trepidaba por el poderoso empuje de las luchas revolucionarias y de liberación de los pueblos. Se empeñaron en consolidar las alianzas anticomunistas existentes y establecer otras nuevas, y desplegaron grandes esfuerzos por conservar el colonialismo a través del neocolonialismo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo estadounidense se encontró en posiciones dominantes desde el punto de vista económico, y en cierta medida militar, con respecto a Europa y Asia, arruinadas por la guerra. La economía  estadounidense militarizada era bastante poderosa. Los Estados Unidos pretendían establecer su propia hegemonía político-económico-militar en todo el mundo con el objetivo primordial de cercar y debilitar a la Unión Soviética, la cual había salido victoriosa de la Segunda Guerra Mundial y sin duda alguna iba a restablecerse con rapidez también desde el punto de vista económico, pudiendo contribuir de paso a la consolidación y progreso de los nuevos Estados de democracia popular que se habían creado en Europa y Asia. Con este fin fueron elaboradas las tácticas imperialistas de la lucha político-ideológica, de la lucha económica y las tácticas militares. Estas últimas eran una continuación de los planes  estadounidenses fraguados en el curso mismo de la Segunda Guerra Mundial, de esos planes que habían hecho de los Estados Unidos una gran potencia en la producción de armas modernas, la potencia que había descubierto y producido la bomba atómica, lanzada por primera vez sobre Hiroshima y Nagasaki.

Los Estados Unidos asumieron el liderazgo del mundo capitalista y el papel de su «salvador». Así, las pretensiones del imperialismo estadounidense de dominar el mundo pasaron a colocarse en primer plano. «La victoria en la Segunda Guerra Mundial, declaraba Harry Truman, que sucedió a Franklin Roosevelt en la presidencia de los Estados Unidos, colocó al pueblo  estadounidense ante la necesidad permanente y urgente de convertirse en guía mundial». En esencia se trataba de un llamamiento de guerra contra la revolución y el socialismo, para conquistar nuevas posiciones dominantes en lo económico y militar a nivel mundial, también por supuesto para reanimar a sus socios y salvar el sistema colonial con el cual hacer contrapeso a los países socialistas. En la realización de esta estrategia, recurrieron a la UNRRA, elaboraron el «Plan Marshall», crearon la OTAN y erigieron los otros bloques agresivos del imperialismo estadounidense.

Segunda: la cuestión fundamental para el capital estribaba en desplegar una actividad de zapa frontal contra la ideología marxista-leninista destinada a apartar de su influencia a los sectores más revolucionarios de los trabajadores, y hacer degenerar el socialismo.

A la par de la desenfrenada carrera armamentista, la militarización de la economía, los bloqueos económicos a los países socialistas, el imperialismo movilizó también ingentes medios propagandísticos, filósofos, economistas, sociólogos, escritores e historiadores en su rabiosa campaña contra la revolución y el socialismo, a fin de presentar al capitalismo y al Estado capitalista como reformados, como «capitalismo popular», como «Estado del bienestar general», etc. La burguesía aprovechó asimismo las coyunturas económicas favorables de la posguerra para alardear del «florecimiento del capitalismo», difundir entre las masas la ilusión de la supuesta desaparición de las crisis, la anarquía, el paro forzoso y otras lacras del capitalismo, empezando a hablar de nuevo de la supuesta superioridad del capitalismo sobre el socialismo, siendo este último como un sistema «totalitario» ubicado tras el «telón de acero», etc.

Con el objetivo de obstaculizar la lucha de liberación de los pueblos, sofocar la revolución proletaria, destruir el socialismo, defender y consolidar sus propias posiciones, la burguesía, en momentos de agonía y de crisis general de su sistema capitalista, instiga, alienta y moviliza, además de otros medios, a las diversas corrientes oportunistas y revisionistas. Estos enemigos del proletariado y de la revolución ponen en tensión todas sus fuerzas para golpear ante todo al marxismo-leninismo, ideología que hace consciente a la clase obrera de su estado social y de su misión histórica a fin de deformar esta ideología, hacerla inofensiva para la burguesía e inservible para el proletariado. Este papel infame y traidor asumieron una vez más las nuevas corrientes del revisionismo que aparecieron después de la Segunda Guerra Mundial y que, sumariamente, fueron llamadas «revisionismo moderno».

El revisionismo moderno, continuación de las teorías antimarxistas de los partidos de la II Internacional, de la socialdemocracia europea, se adecuó a los tiempos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Su origen está en la política hegemonista del imperialismo estadounidense. Las variantes y las corrientes del revisionismo moderno tienen las mismas bases y la misma estrategia, y sólo se diferencian por las tácticas que aplican y por las formas de lucha que emplean.


El revisionismo moderno en el poder, nueva arma de la burguesía contra la revolución y el socialismo


La nueva corriente que precedió al revisionismo moderno en el poder fue el browderismo. Esta corriente surgió en los Estados Unidos y tomó ese nombre del ex secretario general del Partido Comunista de los Estados Unidos, Earl Browder.

En 1944, cuando en el horizonte se perfilaba claramente la victoria de los pueblos sobre el fascismo, Browder salió públicamente con un programa totalmente reformista. Fue el primer pregonero de aquella línea ideológica y política de capitulación que el imperialismo estadounidense trataría de imponer a los partidos comunistas y a los movimientos revolucionarios. So pretexto del supuesto cambio de las condiciones históricas del desarrollo del capitalismo y de la situación internacional, Browder declaró «caduco» el marxismo-leninismo y lo calificó de sistema de dogmas y esquemas rígidos.

Browder predicaba la renuncia a la lucha de clases, la conciliación de clases a nivel nacional e internacional. Juzgaba que el capitalismo  estadounidense ya no era reaccionario, que podía remediar los males de la sociedad burguesa y desarrollarse siguiendo la vía democrática, en pro del bienestar de los trabajadores. Ya no veía el socialismo ni como ideal, ni como objetivo a alcanzar. De su campo de miras había desaparecido totalmente el imperialismo estadounidense, su estrategia y su política. Los grandes monopolios, pilares de este imperialismo, constituían para Browder una fuerza impulsora del desarrollo económico, social y democrático del país. Browder negaba el carácter de clase del Estado capitalista y consideraba la sociedad estadounidense como una sociedad única y armónica, sin antagonismos sociales, como una sociedad en la que reina la comprensión y la colaboración de clases. Sobre la base de estas concepciones, Browder rechazaba igualmente la necesidad de la propia existencia del partido revolucionario de la clase obrera. Browder pasó a ser asimismo el promotor de la disolución del Partido Comunista de los Estados Unidos en 1944:

«Los comunistas prevén que sus objetivos políticos prácticos serán por un largo tiempo y en todas las cuestiones fundamentales, idénticos a los objetivos de una mayor masa de no comunistas, por tanto nuestros actos políticos se fundirán en movimientos de mayor envergadura. Es por esto que la existencia de un partido político específico de los comunistas ya no sirve a un objetivo práctico, sino que por el contrario, podría convertirse en un obstáculo para conseguir una más amplia unidad. Por eso, los comunistas disolverán su propio partido político y encontrarán una forma organizativa diferente y nueva, y un nuevo nombre que se adapte mejor a las tareas del día y a la estructura política a través de la cual deben llevarse a cabo dichas tareas». (Earl Browder; Teherán: nuestro camino en la guerra y la paz, 1944)

Como punto de partida para justificar la formulación de sus teorías burguesas liquidacionistas, Browder tomó la conferencia de las potencias aliadas celebrada en Teherán en 1943, de cuyos resultados hizo un análisis y una interpretación antimarxistas y totalmente tergiversados.

Browder consideró el acuerdo de los aliados antifascistas para llevar hasta el fin la guerra contra Alemania fascista, como el inicio de una nueva época histórica, donde el socialismo y el capitalismo habían encontrado la vía de colaboración en «un mundo único e idéntico», como él se expresaba. Browder planteó como tarea que el espíritu de colaboración y coexistencia pacífica entre las potencias aliadas que surgió de Teherán, debía aplicarse no sólo entre el Estado socialista soviético y los Estados capitalistas, sino también en el interior de cada país capitalista, en las relaciones entre las clases antagónicas. Las diferencias de clase y los grupos políticos no tienen ya, «ninguna importancia», declaraba Browder. Como único objetivo que debían fijarse los comunistas, postulaba la «unidad nacional» llevada a cabo sin incidentes, en un ambiente de paz de clases, esa unidad que concebía como un bloque que acoge a los grupos del capital financiero, a las organizaciones de los monopolistas, a los partidos republicanos, una forma organizativa diferente y nueva, y unidas a los movimientos sindicales, a los que sin excepción alguna consideraba como fuerzas «democráticas y patrióticas».

En aras de esta unidad, Browder declaraba que los comunistas deben estar dispuestos a sacrificar incluso sus propias convicciones, su ideología y sus intereses particulares, que, en lo que a los comunistas  estadounidenses concierne, han tenido una observancia primordial en cuanto a esta regla:

«Nuestros objetivos políticos, que son idénticos a los de la mayoría de los  estadounidenses, trataremos de presentarlos a través de la estructura existente de los partidos de nuestro país, que es, en su conjunto, el «sistema bipartito» específicamente  estadounidense». (Earl Browder; Teherán: nuestro camino en la guerra y la paz, 1944)

Impresionado por el desarrollo relativamente pacífico del  capitalismo estadounidense, después de las conocidas reformas emprendidas por el presidente  estadounidense Roosevelt para salir de la crisis económica de principios de los años treinta, así como por el vertiginoso ascenso de la producción y la creación de puestos de trabajo durante el período de guerra, Browder extrajo la conclusión de que el capitalismo  estadounidense se había renovado, iba a desarrollarse sin crisis, iba a elevar el bienestar general, etc.

Consideró el sistema económico  estadounidense como un sistema en condiciones de resolver todas las contradicciones y problemas de la sociedad, de satisfacer todas las exigencias de las masas. Puso en un plano de igualdad el comunismo y el americanismo, declaró que «el comunismo es el americanismo del siglo XX». Todos los países capitalistas desarrollados, según Browder, utilizando la democracia burguesa, cuyo modelo debería ser la democracia  estadounidense, podrán resolver cualquier conflicto y pasar gradualmente al socialismo.

Por eso Browder consideraba como tarea de los comunistas  estadounidenses asegurar el funcionamiento normal del régimen capitalista y declaraba abiertamente que estaban dispuestos a colaborar para asegurar el funcionamiento eficaz del régimen capitalista en el período de posguerra, para «aliviar al máximo las cargas que recaen sobre el pueblo». Estos alivios, según él, serían obra de los capitalistas  estadounidenses «razonables», a quienes los comunistas debían ofrecer su amistad.

De acuerdo con sus concepciones ultraderechistas y sometiéndose a las presiones de la burguesía, Browder, después de disolver el partido comunista, proclamó en mayo de 1944 la creación de una sociedad cultural ilustrada, denominada «Asociación Política Comunista», que vino a sustituir al partido, justificando este paso con el argumento de que supuestamente la tradición  estadounidense requería la existencia de dos únicos partidos. Esta asociación, organizada como una red de clubs, se ocuparía principalmente de «actividades educativas y políticas a nivel nacional, regional y local».

En los estatutos de dicha asociación se decía: 

«La asociación política comunista es una organización de los estadounidenses que no tiene carácter de partido y que, apoyándose en la clase obrera, lleva adelante las tradiciones de Washington, Jefferson, Payne, Jackson y Lincoln, en las condiciones diferentes de la sociedad industrial moderna»; que esta asociación «defiende la Declaración de Independencia, la Constitución de los Estados Unidos y la Carta de Derechos, así como las realizaciones de la democracia  estadounidense contra todos los enemigos de las libertades populares». (Earl Browder; Teherán: nuestro camino en la guerra y la paz, 1944)

Browder borró todos los objetivos del movimiento comunista. En el programa de la asociación no se hacía mención ni del marxismo-leninismo, ni de la hegemonía del proletariado, ni de la lucha de clases, ni de la revolución, ni del socialismo. Sus únicos objetivos pasaron a ser la unidad nacional, la paz social, la defensa de la constitución burguesa y el incremento de la producción capitalista.

De ese modo Browder pasó, de la revisión abierta de las cuestiones fundamentales del marxismo-leninismo, de la estrategia y la táctica revolucionarias, a la liquidación organizativa del movimiento comunista en los Estados Unidos. A pesar de que en junio de 1945, en su XIIIº Congreso, el partido fue reconstruido y se rechazó formalmente la línea oportunista de Browder, jamás desaparecería la influencia de esta figura dentro Partido Comunista de los Estados Unidos. Más tarde, especialmente a partir de 1956, las ideas de Browder florecieron de nuevo y John Hays, en su artículo titulado «Llegó el momento de cambios» de 1956, donde se  exigía, en el espíritu del browderismo, que el Partido Comunista de los Estados Unidos se transformase una vez más en una asociación cultural, de propaganda. Y así es de hecho el actual Partido Comunista de los Estados Unidos, organización donde rige el revisionismo browderiano en simbiosis con el revisionismo jruschovista.

Con sus ideas revisionistas acerca de la revolución y el socialismo, Browder prestó una directa ayuda al capitalismo mundial. Según Browder, el socialismo surge únicamente de una gran calamidad, de alguna catástrofe y no como resultado inevitable del desarrollo histórico. «Nosotros no deseamos ninguna catástrofe para los Estados Unidos, aunque dicha catástrofe conduzca al socialismo». Presentando la perspectiva del triunfo del socialismo como algo muy lejano, abogaba por la colaboración de clases en la sociedad estadounidense y en todo el mundo. La única alternativa, según él, era el desarrollo evolucionista, a través de reformas y con la ayuda de los Estados Unidos.

Según Browder, los Estados Unidos, que disponían de un poder económico colosal, de un gran potencial científico y técnico, debían ayudar a los pueblos del mundo, incluyendo a la Unión Soviética en su «desarrollo». Esa «ayuda», decía Browder, serviría para que los Estados Unidos mantuviese elevados ritmos de producción también en la posguerra, lo que garantizaría el pleno empleo y salvaguardara la unidad nacional por muchos años. Con este fin, Browder aconsejaba que los magnates de Washington creasen:

«Una serie de corporaciones industriales gigantes para el desarrollo de diversas regiones atrasadas y arruinadas del mundo, en Europa, África, Asia y América Latina». (Earl Browder; Teherán: nuestro camino en la guerra y la paz, 1944) 

No contento con tal demostración de sumisión añadía:

«Si es que podemos enfrentar la realidad sin vacilar y hacer renacer en el sentido moderno de la palabra las grandes tradiciones de Jefferson, Paytie y Lincoln, entonces los Estados Unidos podrá presentarse unido ante el mundo, asumiendo un papel de guía para salvar a la humanidad». (Earl Browder; Teherán: nuestro camino en la guerra y la paz, 1944) 

De esta manera Browder pasó a ser el portavoz y propagandista de la gran estrategia del imperialismo estadounidense, de sus teorías y sus planes neo colonialistas y expansionistas.

El browderismo prestaba un servicio directo al «Plan Marshall», mediante el cual los Estados Unidos trataban de establecer su hegemonía económica en los diversos países de Europa devastados por la guerra, en los países de Asia, de África, etc. Browder sostenía que los países del mundo y en particular los países de democracia popular y la Unión Soviética debían ablandar su política marxista-leninista y aceptar la ayuda «altruista» de los Estados Unidos, país, que según él contaba con una gran economía y disponía de grandes excedentes que podían y debían servir a todos los pueblos.

Browder trató de presentar sus puntos de vista antimarxistas y contrarrevolucionarios, como línea general para el movimiento comunista internacional. Al igual que todos los revisionistas anteriores, so pretexto del desarrollo creador del marxismo y de la lucha contra el dogmatismo, trató de argumentar que la nueva época surgida después de la Segunda Guerra Mundial exigía que el movimiento comunista revisara sus anteriores convicciones ideológicas, debiéndose renunciar a las «fórmulas y prejuicios caducos», que, según él, «no van a ayudarnos en absoluto a encontrar nuestro camino en el mundo nuevo». Este era un llamamiento a abandonar los principios del marxismo-leninismo.

Los puntos de vista de Browder chocaron con la oposición de los partidos comunistas de muchos países, y con la de los propios comunistas revolucionarios estadounidenses. El browderismo fue desenmascarado con relativa rapidez como un revisionismo sin máscara, como una abierta corriente liquidacionista, como agencia ideológica directa del imperialismo estadounidense.

El browderismo ocasionó un grave daño al movimiento obrero y comunista en los Estados Unidos y en algunos países de América Latina. En el seno de algunos viejos partidos comunistas de América Latina se produjeron conmociones y escisiones que tuvieron su origen en la actividad de los elementos oportunistas, los cuales, cansados de la lucha revolucionaria, se aferraron a las ramas que les tendía el imperialismo estadounidense para sofocar las revueltas populares, la revolución y carcomer a los partidos que educaban y preparaban a los pueblos para la revolución.

En Europa, el browderismo no obtuvo el éxito de América del Sur, mas esta semilla del imperialismo estadounidense no quedó sin germinar en los elementos reformistas, antimarxistas y antileninistas enmascarados que esperaban o preparaban los momentos propicios para desviarse abiertamente de la ideología científica marxista-leninista.

Aunque en su tiempo el browderismo no pudo convertirse en una corriente revisionista de grandes proporciones internacionales, sus puntos de vista fueron reanimados y asimilados por los demás revisionistas modernos que le sucedieron. Estos puntos de vista, bajo diversas formas, permanecen en la base de las plataformas políticas e ideológicas de los revisionistas chinos y yugoslavos, así como de los partidos eurocomunistas de Europa Occidental.

A la estrategia estadounidense de «frenar el comunismo» y establecer la hegemonía de los Estados Unidos en el mundo capitalista de posguerra no sólo se ajustaba el browderismo, sino también el pensamiento Mao Zedong, pensamiento que tendía las líneas y las teorías a las que se atenía la dirección china.

A comienzos del año 1945, cuando Browder apareció en escena, y cuando con Truman tomaba plena forma la nueva estrategia  estadounidense, tuvo lugar el VIIº Congreso del Partido Comunista de China. En los estatutos aprobados en este congreso se decía: 

«El Partido Comunista de China se guía en toda su actividad por las ideas de Mao Zedong». (Partido Comunista de China; Estatutos del VIIº Congreso del Partido Comunista de China, 1945)

Comentando esta decisión en su informe que presentó al congreso, Liu Shao-chi declaraba que Mao Zedong había rechazado muchos conceptos caducos de la teoría marxista y los había sustituido con nuevas tesis y conclusiones. Según Liu Shao-chi, Mao Zedong había realizado la «chinificación» del marxismo, y que:

«El comunismo chino es el pensamiento Mao Zedong». (Liu Shao-chi; Informe en el VIIº Congreso del Partido Comunista de China, 14 de mayo de 1945)

Estas «tesis y conclusiones nuevas», esta «chinificación» del marxismo no tenían nada que ver con la aplicación creadora del marxismo-leninismo en las condiciones concretas de China, sino con la negación de sus leyes universales básicas. Mao Zedong y sus secuaces tenían una visión de demócratas burgueses en cuanto al desarrollo de la revolución en China. No estaban por la transformación de ésta en revolución socialista. Un modelo para ellos lo constituía la «democracia estadounidense» y en la edificación de la nueva China. 
Las ideas de Mao Zedong tenían mucha afinidad con los puntos de vista oportunistas de Browder, el cual, hay que decir, había estudiado y comprendido bien las concepciones antimarxistas de los dirigentes chinos:

«El que se denomina campo «comunista» en China, porque está dirigido por miembros destacados del Partido Comunista de China está más próximo a la noción estadounidense de la democracia, que el denominado campo del Kuomintang. Está más próximo desde cualquier punto de vista, incluso en el de dar mayor campo de acción a la «libre iniciativa» en la vida económica». (Earl Browder; Teherán: nuestro camino en la guerra y la paz, 1944)

Mao Zedong era partidario de un desarrollo libre del capitalismo en China en el período del Estado de tipo de «nueva democracia», que es como denominaba al régimen que se establecería después de la retirada de los japoneses:

«Hay quienes sospechan que los comunistas chinos nos oponemos al desarrollo de la iniciativa individual, al desarrollo del capital privado y a la protección de la propiedad privada; pero están equivocados. Son la opresión extranjera y la feudal las que obstaculizan sin piedad el desarrollo de la iniciativa individual del pueblo chino, obstruyen el desarrollo del capital privado y destruyen la propiedad de las amplias masas populares. La misión del sistema de nueva democracia, que preconizamos, consiste precisamente en eliminar esos obstáculos y detener esa destrucción, garantizar a las amplias masas populares la posibilidad de desarrollar libremente su iniciativa individual dentro de los marcos de la vida en la sociedad, garantizar el libre desarrollo de una economía privada capitalista». (Mao Zedong; Sobre el gobierno de coalición, 1945) 

De esta manera Mao Zedong hace suyo el concepto antimarxista de Kautsky, según el cual en los países atrasados no puede realizarse la transición al socialismo sin pasar por un largo período de libre desarrollo del capitalismo que prepare las condiciones para una transición posterior al socialismo. De hecho, el denominado régimen socialista que Mao Zedong y su grupo instauraron en China, era y continuó siendo un régimen democrático-burgués.

La línea que comenzó a seguir la dirección china con Mao Zedong al frente para frenar la revolución en China y cortar su perspectiva socialista, en la práctica ayudaba al imperialismo estadounidense, que buscaba extender su dominación, y a las otras potencias imperialistas que trataban de conservar sus antiguos dominios. Mismo pensamiento que Browder tenía sobre las relaciones políticas entre los dos bloques; capitalista y socialista.

En los años de la posguerra cobró un gran ímpetu el movimiento de liberación nacional anticolonialista en todos los continentes. Los imperios coloniales inglés, francés, italiano, holandés, belga se iban desmoronando uno tras otro bajo los embates de las insurrecciones populares en las colonias. Las revoluciones en estos países eran en su mayoría democrático-burguesas. Pero en algunos de ellos existían posibilidades objetivas para que la revolución evolucionara y tomase carácter socialista. Con sus puntos de vista y sus acciones, Mao Zedong preconizaba la desviación de las revoluciones antiimperialistas de su justo camino de desarrollo, buscaba que éstas se quedasen a mitad de camino, que no se salieran del marco burgués, que se perpetuara el sistema capitalista. Las «teorías» de Mao Zedong ocasionaban un gran daño, más si tenemos en cuenta la importancia de la revolución china y su influencia en los países coloniales.

La línea de Mao fijada en aquel congreso propugnaba que China y, como ella, Indochina, Birmania, Indonesia, la India, etc., se apoyaran en los Estados Unidos, en el capital y la ayuda estadounidense, para promover su desarrollo. Esto significaba aceptar la nueva estrategia que se había formulado en los departamentos de Washington y que también Browder había comenzado a predicarla a su manera.

Los puntos de vista, actitudes, acciones y demandas de Mao Zedong hacia los Estados Unidos los han descrito minuciosamente los enviados de este país al estado mayor de Mao Zedong en los años 1944-1949. Uno de éstos es John Service, consejero político del comandante de las fuerzas militares  estadounidenses en el frente birmano-chino y posteriormente secretario de la embajada  estadounidense adjunta a Chiang Kai-shek en Chunchi. Este era uno de los primeros agentes estadounidenses de espionaje que tomó contacto oficial con la dirección del Partido Comunista de China, mientras que sus contactos no oficiales los había tenido desde siempre.

Hablando de los dirigentes chinos, Service afirma: 

«Su concepción del mundo te da la impresión de que es una concepción moderna. Su manera de comprender las cuestiones económicas, por ejemplo, es muy similar a la nuestras». (John Service; La oportunidad perdida en China, 1974)

Prosigue:

«No es ninguna sorpresa, que los chinos hayan dejado una impresión positiva en muchos o en todos los estadounidenses que se han entrevistado con ellos en los últimos siete años; su comportamiento, su forma de pensar y su planteamiento directo de los problemas, parece más bien estadounidense que oriental». (John Service; La oportunidad perdida en China, 1974)

Las concepciones liquidacionistas de Browder sobre el partido, en esencia se encuentran también en las teorías de Mao Zedong. Al igual que el comunismo chino era un comunismo incoloro, también el Partido Comunista de China, de comunista sólo tenía el nombre. Mao Zedong no se ha molestado en hacer de su partido un auténtico partido proletario, marxista-leninista. Por su composición de clase, su estructura y su construcción organizativa y por la ideología que lo inspiraba, el Partido Comunista de China no ha sido un partido de tipo leninista. Y ni siquiera ese partido contaba para Mao Zedong. Este actuaba a su antojo, y durante la llamada Revolución Cultural lo disolvió por completo, concentrando todo el poder en sus manos y colocando al ejército al frente de todos los asuntos.

Tal como Browder, que presentaba el «americanismo» como modelo ideal de la sociedad futura, Mao Zedong consideraba la democracia estadounidense como el más alto ejemplo de organización estatal y social para China. Mao Zedong le confesaba a Service:

«Por encima de todo, los chinos les consideramos a ustedes, los  estadounidenses, como el ideal de la democracias». (John Service; La oportunidad perdida en China, 1974)

Al mismo tiempo que aceptaban la democracia  estadounidense, los dirigentes chinos buscaban estrechos y directos lazos con el capital  estadounidense, solicitaban la ayuda económica  estadounidense. John Service escribe que Mao Zedong le había dicho:

«Las políticas del Partido Comunista de China son más que liberales. Incluso los más conservadores hombres de negocios estadounidenses no podrán encontrar nada en nuestro programa que les pueda ofender. China debe industrializarse. Esto sólo se podrá lograr a través de la iniciativa privada y la ayuda del capital extranjero. Los intereses estadounidenses y chinos están entrelazados y son similares». (John Service; La oportunidad perdida en China, 1974)

Por si fuera poco descaro de intenciones, volvió a aclararle a su amigo su intención:

«Los Estados Unidos encontrarán en nosotros un mayor espíritu de colaboración que en el Kuomintang. No nos asusta la influencia de la democracia estadounidense, la aceptamos de buen grado. (…) Los Estados Unidos no debe dudar de nuestra disposición a colaborar. Debemos colaborar y precisamos la ayuda estadounidense». (John Service; La oportunidad perdida en China, 1974)

Estas declaraciones y demandas las estamos oyendo a diario de boca de los discípulos y colaboradores de Mao Zedong como Deng Xiaoping, Hua Kuo-feng y otros, que están materializando los vínculos multilaterales con el imperialismo estadounidense, vínculos con que Mao Zedong había soñado y había comenzado a establecer. Ahora la estrategia china está orientada por completo hacia la colaboración general y particular con los Estados Unidos y el capitalismo mundial, los cuales comenzaron a respaldar políticamente a China, a influirle ideológicamente para que eliminase toda huella de marxismo-leninismo de la mente y el corazón de las gentes sencillas y emprendiera de este modo profundas transformaciones político-organizativas hacia el sistema capitalista, ya fuesen en el terreno económico, en el de la organización estatal o en el del partido.

Objetivamente, toda la línea de Mao Zedong en relación con la edificación de China y su concepción del desarrollo de los países liberados del colonialismo redundaba en favor de la orientación estratégica del imperialismo estadounidense y se atenían a ella. Si entre China y los Estados Unidos no se estableció desde un comienzo una estrecha colaboración, fue debido a que en los Estados Unidos de los años de posguerra había triunfado el lobby Chiang Kai-shek. En aquella época la «guerra fría» estaba en su apogeo y en los Estados Unidos dominaba el macarthismo. Por otro lado los Estados Unidos, nada más acabada la guerra, dieron prioridad a Japón, pensando que un primer paso debía ser el ayudar o someter a este país, y esto desde cualquier punto de vista, hacerlo su aliado poderoso y obediente, restaurar su economía y transformarlo en un gran bastión contra la Unión Soviética y, eventualmente, contra la China de Mao Zedong. Según parece, en los Estados Unidos no se sentían tan sobrados como para atender en ayudas a todos los países del mundo y prepararlos contra la Unión Soviética, contra el sistema socialista, por eso se inclinaron por Europa y Japón, donde las destrucciones eran considerables y el socialismo constituía una amenaza de primer orden para el capital mundial.

Indudablemente, estos factores han hecho que los cabecillas del imperialismo estadounidense no estrecharan de inmediato la mano que les había tendido Mao Zedong. Debía transcurrir bastante tiempo, los dirigentes revisionistas chinos debían dar nuevas pruebas de «amor» por Estados Unidos, para que Nixon viajara a Beijing y los estadounidenses y todos los demás comprendiesen que China nada tenía que ver con el socialismo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, en la gran campaña del imperialismo estadounidense y las demás fuerzas reaccionarias agrupadas en torno suyo para combatir al socialismo y la revolución, se unieron también los revisionistas yugoslavos. La corriente yugoslava, que representaba el revisionismo en el poder, apareció en un momento crucial de la lucha entre el socialismo y el imperialismo.

El período posterior a la Segunda Guerra Mundial no podía ser un período de calma, y no sólo para el imperialismo sino tampoco para el socialismo. En las nuevas condiciones creadas, el imperialismo tenía que afrontar situaciones fatales para su existencia, mientras que el socialismo debía consolidarse, irradiar y conceder su ayuda en un justo camino a la liberación y al progreso de los pueblos del mundo. Era el momento no sólo de curar las heridas de la guerra, sino también de desplegar correctamente la lucha de clases, tanto en los países donde el proletariado había tomado el poder, como en la arena internacional. La victoria sobre el fascismo se había alcanzado, pero la paz era relativa, la guerra proseguía por otros medios.

Los países socialistas y sus partidos comunistas se planteaban la tarea de consolidar las victorias en la vía marxista-leninista, convertirse en ejemplo y modelo para los pueblos y los demás partidos comunistas que no estaban en el poder. Los partidos comunistas de los países socialistas debían, asimismo, templarse ulteriormente en la ideología marxista-leninista, procurando que ésta no se convirtiera en un dogma, sino que siguiera siendo, tal como es en efecto, una teoría revolucionaria para la acción, un instrumento para lograr profundas transformaciones sociales. Después de la histórica victoria sobre la coalición fascista, los países socialistas y los partidos comunistas en particular, no debían envanecerse, creerse infalibles y olvidar o debilitar la lucha de clases. Stalin tenía presente este importante momento cuando subrayaba la necesidad de proseguir la lucha de clases en el socialismo.

Precisamente en estas circunstancias fue cuando los titoistas salieron contra el marxismo-leninismo. El titoismo no se quitó desde un comienzo la máscara en su lucha contra la revolución, contra el socialismo, por el contrario trató de seguir enmascarado en su obra de preparar el terreno para desviar Yugoslavia hacia el camino capitalista y transformarla en un instrumento del imperialismo mundial.

Es un hecho conocido que el titoismo se inclinaba en lo espiritual, ideológico y político hacia Occidente, hacia los Estados Unidos, que desde el principio mantenía numerosos contactos políticos y realizaba combinaciones secretas con los ingleses y otros representantes del capitalismo mundial. Los dirigentes yugoslavos abrieron de par en par las puertas a la UNRRA, a través de la cual y so pretexto de la ayuda que les daba en trapos y alimentos, almacenados como stocks desde la época de la guerra, los imperialistas  estadounidenses e ingleses trataban de infiltrarse en muchos países del mundo y especialmente en los países de democracia popular. Los imperialistas querían preparar un terreno más o menos apropiado con vistas a emprender acciones futuras de mayor envergadura. Los yugoslavos se aprovecharon bien de los regalos de la UNRRA, pero ésta a su vez logró ejercer su influencia sobre los mecanismos estatales no bien consolidados del Estado yugoslavo recién constituido.

El imperialismo estadounidense y toda la reacción internacional apoyaron sin reservas al titoismo desde un primer momento ya que vieron en él, la vía, la ideología y la política que conducían a la degeneración de los países del campo socialista, a escindirlos y romper su unidad con la Unión Soviética. La actividad del titoismo coincidía enteramente con el objetivo del imperialismo estadounidense de socavar el socialismo desde dentro. Mas el titoismo serviría a la estrategia del imperialismo también para paralizar las luchas de liberación y aislar del movimiento revolucionario a los nuevos Estados que acababan de sacudirse el yugo colonial.

Desde un primer momento, los revisionistas yugoslavos se opusieron a la teoría y la práctica del verdadero socialismo de Lenin y Stalin en todas las cuestiones y en todos los campos. Tito y su grupo ligaron Yugoslavia al mundo capitalista y asumieron la tarea de transformarlo todo en este país. La política, la ideología, la organización estatal, la organización de la economía, la organización del ejército, se implementó al estilo de los Estados capitalistas occidentales. Se proponían transformar Yugoslavia lo antes posible en un país burgués-capitalista. Las ideas de Browder, que eran las del capitalismo  estadounidense, encajaron en la plataforma político-ideológica del titoismo.

En primer lugar, los titoistas revisaron los principios fundamentales del marxismo-leninismo acerca del papel y la misión del poder revolucionario y del partido comunista en la sociedad socialista. Atacaron la tesis marxista sobre el papel dirigente del partido comunista en todos los campos de la vida en el sistema de dictadura del proletariado. Siguiendo el ejemplo de Browder en los Estados Unidos, los titoistas liquidaron prácticamente el partido y no sólo por cambiarle de nombre, al que calificaron de Liga de los Comunistas, sino por modificar sus objetivos, sus funciones, la organización y el papel que este partido debía desempeñar en la revolución y en la edificación del socialismo. Los titoistas transformaron el partido en una asociación de educación y de propaganda. Despojaron al Partido Comunista de Yugoslavia de su espíritu revolucionario y, de tacto, llegaron al extremo de hacer desaparecer la influencia del partido, elevando por encima de éste el papel del frente popular. Tito declaró: 

«¿Tiene el Partido Comunista de Yugoslavia otro programa además de él del Frente Popular? ¡No! El Partido Comunista no tiene ningún otro programa. El programa del Frente Popular es el programa del partido, también». (Josip Broz; «Tito»; Discurso en el IIº Congreso del frente popular, 1947)

En la cuestión cardinal del partido, el factor de dirección en la revolución y en la construcción del socialismo, entre el browderismo y el titoismo existe una comunidad de puntos de vista políticos, ideológicos y organizativos. Dado que el titoismo, al igual que el browderismo, es liquidacionista y antimarxista en el terreno decisivo del papel de vanguardia del partido de la clase obrera en la revolución y en la edificación del socialismo, lo es también en los demás terrenos.

La semejanza de los puntos de vista de los titoistas con los de Browder aparece también en la actitud hacia la «democracia  estadounidense», la cual tomaron como modelo para edificar el sistema político en Yugoslavia. El propio Kardelj ha admitido que este sistema:

«Podríamos decir que este sistema es más similar a la organización del poder ejecutivo en los Estados Unidos que al de la Europa Occidental». (Edvard Kardelj; Direcciones del desarrollo del sistema político socialista de autogestión, 1977)

Después de liquidar el partido y romper con la Unión Soviética y los países de democracia popular, Yugoslavia se debatió en un caos de actividades económicas y organizativas. Los titoistas proclamaron la propiedad estatal como «social» y para ello y siempre bajo la consigna anarcosindicalista: «las fábricas a los obreros», camuflaron las relaciones capitalistas de producción y pusieron los destacamentos de la clase obrera unos contra otros. A la colectivización de los pequeños productores que se le denominó el «modelo ruso», opusieron el «modelo  estadounidense» de la creación de las granjas capitalistas y el fomento de las haciendas campesinas privadas.

Esta transformación en los terrenos económico, político e ideológico traería aparejada, naturalmente, como de hecho ocurrió, la transformación continua de la organización estatal, de la organización del ejército, de la organización de la enseñanza y la cultura. En los años 50 proclamaron el llamado «socialismo de autogestión», que fue utilizado para disfrazar el régimen capitalista. Este «socialismo específico», según ellos, se construiría apoyándose, no en el Estado socialista, sino en los productores directos. Diciendo basar sus tesis en la realidad de la sociedad yugoslava, propugnaron sobre esta base irreal la extinción del Estado durante el socialismo –que tampoco alcanzaron nunca–, negando la fundamental tesis marxista leninista sobre la necesidad de la existencia de la dictadura del proletariado durante todo el período que media entre el capitalismo y el comunismo.

Para justificar su vía de traición y tratando de engañar a la gente, los titoistas se presentaron como «marxistas creadores» que se oponían sólo al «stalinismo», pero que «admiraban y aplicaban» al marxismo-leninismo. Así, se confirmó una vez más que la consigna del «desarrollo creador del marxismo» y de la lucha contra el «dogmatismo» es la consigna preferida y común a toda variante del revisionismo.

Los Estados Unidos, Inglaterra, la socialdemocracia europea, etc., dieron a la Yugoslavia titoista una múltiple ayuda política, económica, militar y la mantuvieron en pie. La burguesía no se oponía a que Yugoslavia conservara su apariencia socialista, incluso estaba interesada en ello. Solamente que este tipo de «socialismo» debía diferir fundamentalmente del socialismo previsto y edificado por Lenin y Stalin, al que los revisionistas yugoslavos comenzaron a atacar, a calificarlo de «forma inferior del socialismo», de «socialismo estatista», «burocrático» y «antidemocrático». El «socialismo» yugoslavo debía ser una sociedad híbrida capitalista-revisionista, pero esencialmente debía ser burgués-capitalista. Debía ser un «caballo de Troya» para introducirse también en los demás países socialistas, con el fin de alejarlos del camino del socialismo y ligarlos al imperialismo.

Efectivamente, el titoismo pasó a ser el inspirador de los elementos revisionistas y oportunistas en los países antaño socialistas. Los revisionistas yugoslavos desplegaron en esos países una vasta actividad de subversión y de zapa. Basta citar los acontecimientos de Hungría de 1956, en los que los titoistas yugoslavos jugaron un papel muy activo para abrirle el camino a la contrarrevolución y hacer pasar este país al campo del imperialismo.

El lugar que ocupó el titoismo en la estrategia general del imperialismo con vistas a minar desde dentro los países socialistas, lo ha explicado clara y abiertamente el propio Tito en su conocido discurso de Pula de 1956. Ya en aquel entonces declaró que el modelo yugoslavo del «socialismo» no es válido únicamente para Yugoslavia, sino que también lo debían seguir y aplicar los demás países socialistas.

También los conceptos y las teorías titoistas sobre el desarrollo mundial y las relaciones internacionales se acomodaron a la estrategia del imperialismo estadounidense. El principal teórico del revisionismo yugoslavo, Edvard Kardelj, en su discurso de Oslo de octubre de 1954, salió abiertamente en contra de la teoría de la revolución, voceando las «nuevas» soluciones que habría encontrado el capitalismo. Tergiversando la esencia del capitalismo monopolista de Estado, que acabada la Segunda Guerra Mundial adquirió vastas proporciones en bastantes países capitalistas, lo proclamó como un elemento del socialismo, al mismo tiempo que calificaba la clásica democracia burguesa de «reguladora de las contradicciones sociales en el sentido del reforzamiento gradual de los elementos socialistas». Declaró que estaba en curso una «evolución gradual hacia el socialismo». Y calificó este fenómeno de «hecho histórico» en una serie de Estados capitalistas. Estos conceptos revisionistas, en esencia idénticos a los de Browder, fueron incluidos en el programa de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia y se convirtieron en un instrumento de subversión ideológica y política contra el movimiento revolucionario y libertador del proletariado y de los pueblos.

Sobre esta base, los revisionistas yugoslavos elaboraron sus teorías y prácticas del «no alineamiento», las cuales iban en ayuda de la estrategia del imperialismo estadounidense para contener el ímpetu de la lucha antiimperialista de los pueblos del llamado «tercer mundo» para socavar sus esfuerzos en defensa de la libertad, la independencia y la soberanía. Los titoistas les dicen a estos pueblos que sus aspiraciones podrán alcanzarse aplicando la política del «no alineamiento», es decir, de la no oposición al imperialismo. Según los titoistas la vía para el desarrollo de estos países se debe buscar en la «colaboración activa», en la «cooperación cada vez más amplia» con los imperialistas y con el gran capital mundial, en la ayuda y los créditos que deben obtener de los países capitalistas desarrollados.

El saber a dónde conduce el camino que preconizan los revisionistas de Belgrado, se encarga de demostrarlo la propia realidad de la actual Yugoslavia. Debido a su colaboración con el imperialismo estadounidense, con el socialimperialismo soviético y los demás grandes Estados capitalistas, a las cuantiosas ayudas y créditos que ha recibido de ellos, Yugoslavia se ha transformado en un país dependiente del capitalismo mundial en todos los terrenos, en un país con independencia y soberanía cercenadas.

La aparición en la escena mundial del revisionismo jruschovista aportó una ayuda muy grande y muy deseada a la estrategia del imperialismo estadounidense y a toda la lucha de la burguesía internacional contra la revolución y el socialismo. La traición jruschovista supuso para el socialismo y el movimiento revolucionario y de liberación de los pueblos el golpe más duro y peligroso que hasta entonces habían conocido. Convirtió el primer país socialista y el gran centro de la revolución mundial en un país imperialista y en foco de la contrarrevolución. Las repercusiones de esta traición a nivel nacional e internacional han sido verdaderamente trágicas.

Sus consecuencias no sólo las han sufrido y las sufren todavía los movimientos revolucionarios y de liberación de los pueblos, sino que también hacen correr un gran riesgo a la paz y seguridad internacionales.

Como corriente ideológica y política, el jruschovismo no tiene gran diferencia con las otras corrientes del revisionismo moderno. Es resultado de la misma presión externa e interna de la burguesía, del mismo alejamiento de los principios del marxismo-leninismo, del mismo objetivo de oponerse a la revolución y al socialismo y de salvaguardar y consolidar el sistema capitalista.

Su diferencia concierne únicamente al peligro que representan. El revisionismo jruschovista sigue siendo hasta ahora el revisionismo más peligroso, más diabólico, más amenazador. Esto obedece a dos razones: primero; porque se trata de un revisionismo enmascarado, que conserva su apariencia socialista, y para engañar al pueblo y hacerlo caer en sus trampas utiliza ampliamente la terminología marxista y, según el caso y la necesidad, también las consignas revolucionarias. A través de esta demagogia trata de levantar una densa niebla para que no se vea la actual realidad capitalista de la Unión Soviética y, por encima de todo, ocultar sus fines expansionistas, hacer caer en el error a los movimientos revolucionarios y de liberación y convertirlos en instrumentos de su política, y segundo; y esto reviste una gran importancia, el revisionismo jruschovista se ha convertido en la ideología dominante en un Estado que representa una gran potencia imperialista, lo que le da numerosos medios y posibilidades para maniobrar en vastos terrenos y en grandes proporciones.

El jruschovismo y las otras corrientes revisionistas se identifican en su objetivo de liquidar al partido comunista y transformarlo en una fuerza política al servicio de la burguesía. Caso concreto es el de la Unión Soviética, donde fue liquidado el Partido Comunista de Lenin y Stalin. Cierto que no se le cambió el nombre al partido, como ocurrió en Yugoslavia, sin embargo ese partido fue despojado de su esencia y su espíritu revolucionarios. Cambió el papel del Partido Comunista de la Unión Soviética, y su trabajo para robustecer la ideología marxista-leninista fue suplantado por la deformación de la teoría marxista-leninista, valiéndose de diversas máscaras, de fraseología huera, de demagogia. El organismo político del partido se transformó, al igual que el ejército, la policía y los demás órganos de la dictadura de la nueva burguesía, en un organismo para reprimir a las masas, sin mencionar el hecho de su transformación en vehículo de la ideología y la política de opresión y explotación. El Partido Comunista de la Unión Soviética se degradó, perdió su fuerza y se convirtió en «partido de todo el pueblo», es decir, ya no era el partido de vanguardia de la clase obrera que lleva adelante la revolución y edifica el socialismo, sino el partido de la nueva burguesía revisionista, que hace degenerar el socialismo y promueve la restauración del capitalismo.

Al igual que Browder, Tito, Togliatti y otros que predicaron la transformación de sus partidos en asociaciones, ligas, partidos de masas, supuestamente para ajustarse a los nuevos cambios sociales que se habían operado como consecuencia del desarrollo del capitalismo, al crecimiento de la clase obrera y de su influencia política e ideológica, etc., Jruschov también como ellos justificó el cambio del carácter del partido para adaptarse supuestamente a las situaciones creadas en la Unión Soviética, donde habría concluido la edificación del socialismo y se habría iniciado la construcción del comunismo. Según Jruschov, la composición del partido, su estructuración, su papel y su lugar en la sociedad y en el Estado debían cambiar en concordancia con esta «época nueva».

Cuando Jruschov comenzó a preconizar estas tesis, no sólo el comunismo no había comenzado a edificarse en la Unión Soviética, sino la misma construcción del socialismo no había terminado completamente. Cierto que las clases explotadoras habían desaparecido como clases, más sus vestigios, incluso físicos, y con mayor motivo ideológicos, todavía existían. La Segunda Guerra Mundial había obstaculizado la vasta emancipación de las relaciones de producción, y las fuerzas productivas, que constituyen la base necesaria e indispensable para ello, habían sido gravemente afectadas. La ideología marxista-leninista era la ideología dominante, pero no puede decirse que las viejas ideologías habían sido erradicadas enteramente de la conciencia de las masas. La Unión Soviética había ganado la guerra contra el fascismo, pero una guerra por otros medios y no menos peligrosa se había desatado en su contra. El imperialismo, con el  estadounidense a la cabeza, había declarado la «guerra fría» al comunismo y de nuevo todas las flechas venenosas del capitalismo mundial estaban dirigidas ante todo contra la Unión Soviética. Sobre el Estado soviético y la gente de este país se venía ejerciendo una gran presión, a fin de infundirles el temor a la guerra, reprimir su ímpetu revolucionario, contener su espíritu internacionalista y de oposición al imperialismo.

Frente a estas presiones del interior y del exterior, Jruschov se rindió y capituló. Comenzó a presentar la situación de color de rosa, con el objetivo de disimular sus ilusiones pacifistas. Sus tesis sobre la «edificación del comunismo», la «finalización de la lucha de clases», el «triunfo definitivo del socialismo» parecían como innovadoras, pero en realidad eran reaccionarias. Tendían a ocultar una nueva realidad en gestación, el surgimiento y desarrollo de la nueva capa burguesa y sus pretensiones de instaurar su poder en la Unión Soviética.

La línea y el programa que Jruschov presentó ante el XXº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, no sólo constituían la línea de la restauración del capitalismo en la Unión Soviética, sino también una línea de zapa de la revolución, de sumisión de los pueblos al imperialismo, de la clase obrera a la burguesía.

Los jruschovistas preconizaron que en la etapa actual, la principal vía de transición al socialismo era la vía pacífica. Recomendaron a los partidos comunistas que siguieran la política de reconciliación de clases, de colaboración con la socialdemocracia y otras fuerzas políticas de la burguesía. Esta vía coadyuvaba a la consecución de los objetivos por los que el imperialismo y el capital venían luchando desde hacía tiempo y utilizando todos los medios, desde por las armas a la subversión ideológica. Dicho informe abrió vastos caminos al reformismo burgués y dio al capital la posibilidad de maniobrar en las difíciles situaciones económicas, políticas y militares que se le crearon después de la Segunda Guerra Mundial. Esto explica toda esa gran publicidad que la burguesía dedicó por todas partes al XXº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, llamando a Jruschov el «hombre de la paz», el que «comprende las situaciones», opuestamente a Stalin que era partidario de la «ortodoxia comunista», de la «irreconciliabilidad» con el mundo capitalista», etc.

Con sus prédicas sobre la vía pacífica al socialismo, los jruschovistas pretendían que los comunistas y los revolucionarios del mundo no se preparasen ni llevaran a efecto la revolución, sino que toda su actividad la redujesen a la propaganda, los debates y las maniobras electoreras, a las manifestaciones sindicales y las reivindicaciones inmediatas.

Esta era la vía típicamente socialdemócrata, combatida con tanto ardor por Lenin y desbaratada por la Revolución de Octubre. Los puntos de vista jruschovistas, que habían sido extraídos del arsenal de los cabecillas de la II Internacional suscitaban peligrosas ilusiones y desacreditaba la propia idea de la revolución. No preparaban a la clase obrera y demás masas trabajadoras a permanecer vigilantes y oponerse a la violencia burguesa; sino a resignarse ante ésta y sometérsele. Esto lo confirmaron igualmente los acontecimientos de Indonesia, Chile, etc., donde los comunistas y los pueblos pagaron muy caro las ilusiones revisionistas sobre la vía pacífica al socialismo.

No menos beneficiosa al imperialismo y la burguesía, y perjudicial a la revolución, era la otra tesis del XXº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, la de la «coexistencia pacífica» que los jruschovistas pretendieron imponer a todo el movimiento comunista, extendiéndola hasta las relaciones entre las clases, entre los pueblos y sus opresores imperialistas. Al plantearse el problema en los términos «o coexistencia pacífica, o guerra destructora», los pueblos y el proletariado mundial, según los jruschovistas, no tenían otra alternativa que doblar el espinazo, renunciar a la lucha de clases, a la revolución y a todo acto «que pudiera enojar» al imperialismo y provocar el estallido de la guerra.

Los puntos de vista jruschovistas sobre la «coexistencia pacífica», que se enlazaban estrechamente con los relativos al «cambio de naturaleza del imperialismo», se ajustaban de hecho a las prédicas de Browder de que el capitalismo y el imperialismo estadounidense se han convertido en un factor de progreso para el mundo de posguerra. Embelleciendo al imperialismo estadounidense y creando una falsa imagen de él, se relajaba la vigilancia de los pueblos frente a la política hegemonista y expansionista de los Estados Unidos y se saboteaban sus luchas de liberación y antiimperialistas. La «coexistencia pacífica» jruschovista, no sólo como ideología, sino también como línea política práctica, incitaba a los pueblos y en particular a los nuevos Estados de Asia, África y América Latina, etc., a apagar los «focos de guerra», a buscar su acercamiento y conciliación con el imperialismo, a aprovechar la «colaboración internacional» para «desarrollar en paz» su economía, etc. Esta línea, con otras expresiones, términos y fórmulas era la línea que recomendaba Browder al afirmar que los ricos Estados Unidos en las condiciones de la «coexistencia pacífica» entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, podía ayudar a todo el mundo a restablecerse y progresar. Era la línea difundida y aplicada en Yugoslavia por Tito, que había abierto las puertas del país a las ayudas, los créditos y los capitales  estadounidense. Era el deseo de Mao Zedong y de los otros dirigentes maoístas de edificar China con las ayudas  estadounidenses, cosa que hasta ese momento les había sido imposible debido a las circunstancias y los diversos acontecimientos pero que décadas después reintrodujeron. Pero, al igual que los titoistas, y ahora los maoístas, tampoco la Unión Soviética podía evitar las ayudas  estadounidense y de los otros países occidentales, era la desembocadura normal de su política oportunista y su incomprensión de las leyes para la construcción del socialismo. La integración de la Unión Soviética y de los otros países revisionistas, atados a ella, en la economía mundial capitalista ha adquirido vastas proporciones. Estos países se alinean entre los mayores importadores de capital occidental. Sus deudas, por lo menos las que se han hecho públicas, se calculan en decenas de miles de millones de dólares. En algunas ocasiones y a causa de las coyunturas creadas, como ahora con los acontecimientos en Afganistán, este proceso aminora su marcha, pero nunca se detiene. Los intereses capitalistas de ambas partes son tan inmensos que, en situaciones particulares, se sobreponen a todas las fricciones, las rivalidades y los choques.

Los revisionistas soviéticos utilizaron la tesis de la «coexistencia pacífica» no sólo para justificar su política de concesiones al imperialismo estadounidense y de compromisos con él. Esta línea les ha servido y les sirve también de máscara para encubrir la política expansionista del socialimperialismo soviético, para relajar la vigilancia y la resistencia de los pueblos frente a los planes imperialistas y hegemonistas de los dirigentes revisionistas soviéticos. La tesis sobre la «coexistencia pacífica», era un llamamiento que los revisionistas soviéticos hacían a los imperialistas  estadounidenses para repartirse y dominar conjuntamente el mundo.

La línea revisionista jruschovista allanó el camino al imperialismo y a la reacción para aprovecharse de las situaciones y desatar una ofensiva general contra el comunismo. En particular esta nueva campaña contra la revolución y el socialismo fue coadyuvada por los ataques y las calumnias de los revisionistas jruschovistas contra Stalin y su obra.

La guerra contra Stalin fue emprendida por los revisionistas jruschovistas para justificar el curso antimarxista que tomaron tanto dentro como fuera del país. No podían renegar de la dictadura del proletariado y transformar la Unión Soviética en Estado burgués capitalista, ni tampoco realizar regateos con el imperialismo, sin renegar de la obra de Stalin. Por esta razón la campaña de guerra contra Stalin se llevó a cabo bajo acusaciones extraídas del arsenal de la propaganda imperialista y trotskista, que presentaba el pasado de la Unión Soviética como un período de «represalias en masa» y el sistema socialista como «represión de la democracia», como «dictadura a estilo Iván el Terrible», etc.

Pero, a pesar de los ataques y calumnias de los imperialistas, de los revisionistas y demás enemigos de la revolución, el nombre y la obra de Stalin son y seguirán siendo inmortales. Stalin fue un gran revolucionario, un eminente teórico que se coloca al lado de Marx, Engels y Lenin.

La vida ha confirmado y confirma a diario la justeza de los análisis y de las posiciones del Partido del Trabajo de Albania hacia el revisionismo jruschovista. En la Unión Soviética fue destruido el socialismo y se restauró el capitalismo. Mientras que en la arena internacional, las posiciones y los actos de la dirección soviética pusieron cada vez más al descubierto el carácter socialimperialista de la Unión Soviética, su ideología reaccionaria de gran potencia. De esta forma, el revisionismo jruschovista se convirtió no sólo en ideología de la restauración del capitalismo  y del sabotaje de la revolución y de la lucha de liberación de los pueblos, sino también en ideología de la agresión socialimperialista». (Enver HoxhaEurocomunismo es anticomunismo, 1980)

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